A contraluz

Una voz que clama en el desierto

Haroldo Shetemul @hshetemul

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La investidura de monseñor Álvaro Ramazzini como cardenal ha desatado las más variadas pasiones de los extremos políticos. Desde la ultraderecha se le acusa de azuzar la violencia, promover la destrucción de la propiedad privada e incentivar a grupos que atacan la minería y las hidroeléctricas. Del extremo izquierdo, se le señala de haber abandonado la lucha en favor de los campesinos y haberse vendido a las mineras por promover el diálogo entre los sectores enfrentados. Quizá el ejemplo más truculento de estos extremos lo encarna el diputado ultraderechista Fernando Linares Beltranena que le pide al Vaticano revocar el nombramiento de Ramazzini porque a él no le gusta que hayan nombrado cardenal a alguien que, según él, es activista de ultraizquierda, defiende a quienes bloquean carreteras y se opone a la minería. Este abogado medieval, defensor de corruptos y narcotraficantes, como católico que dice ser debería recordar el dogma de la infalibilidad pontificia, que no admite discusión sobre las decisiones papales.

¿Por qué Ramazzini genera tanta polémica? La respuesta estaría en su trabajo pastoral. El prelado ha dicho que cuando fue ordenado obispo de San Marcos recorrió toda la diócesis para tener contacto con la realidad y pudo observar la miseria en que vivía la gente. Por esa razón desarrolló una pastoral social para buscar solución al hambre, falta de educación, desempleo y defender los derechos humanos de indígenas y campesinos. También señala que vio cómo las mineras ponían en peligro las fuentes de agua y destruían el medio ambiente. Por ello alzó la voz contra esa industria extractiva que se lleva la riqueza, sin dejar beneficios a las comunidades. Esa labor le ha valido amenazas de muerte y que las élites lo tachen de comunista. Sin embargo, cuando fue trasladado a Huehuetenango mostró su faceta conciliadora y exhortó a que no se utilizaran acciones violentas para resolver el diferendo entre comunitarios de San Mateo Ixtatán y una hidroeléctrica. Medió para alcanzar un acuerdo entre las partes enfrentadas. Esa mediación lo convirtió en un apestado para grupos de izquierda radical que lo califican de vendido a los empresarios.

Pese al malestar de tirios y troyanos, Ramazzini recibió la dignidad cardenalicia el 5 de octubre, el título honorífico más alto que concede el papa Francisco, precisamente por su labor social. Esta semana, el sitio web Vatican News, dio a conocer las tres prioridades de trabajo del nuevo cardenal. La primera es atender la problemática de los migrantes que sufren deportación y persecución en EE. UU. por buscar un mejor futuro para sus familias. Su labor se enfocará en el apoyo a las familias que han sido separadas por las autoridades norteamericanas y el dramático retorno a un país sin oportunidades. La segunda, según el cardenal, es la búsqueda de la erradicación de la pobreza estructural del país, que ocasiona el éxodo migratorio. “Ahora en Guatemala ya no hablamos de la violencia del conflicto armado, pero seguimos hablando de lo que el papa Pablo VI llamó ‘la violencia de la pobreza’, de una pobreza estructural”, indica.

La tercera prioridad de Ramazzini es la búsqueda del diálogo porque, agrega, la polarización que existe en el país tiene razones históricas. Para salir adelante, considera, es necesario que se sienten a conversar todos los sectores que quieren un verdadero cambio en el país. Este pensamiento, que desagrada a los poderosos y sus políticos serviles, es el que convenció al papa Francisco de convertir al obispo de Huehuetenango en miembro del colegio cardenalicio, un cuerpo de alto nivel que lo asesora. Yo no soy religioso, pero considero que este nombramiento es un justo reconocimiento a la labor que este obispo ha hecho en favor de los pobres y lo celebro porque ahora su voz tendrá más alcance para denunciar las injusticias que se cometen en el país.