De mis notas

Uribe como ejemplo

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

La historia se repite una y otra vez, como si esta fuera una grabadora de video, en un eterno vaivén de record, play y rewind. Ese comentario lo escribí hace unos años, al enterarme de las detenciones de militares acusados por el delito de genocidio.

Me indignó ese hecho, que ya venía desarrollándose años después de la firma de la paz, empujado a nivel internacional y con los tambores de resonancia afines, por exsubversivos disfrazados de defensores de los derechos humanos. Ellos, que secuestraron, que robaron, que asesinaron a empresarios, a diplomáticos, soldados y muchos civiles de toda clase, rango y distinción, que extorsionaron, que destruyeron infraestructura pública, que quemaron registros en municipalidades, que detonaron bombas en lugares públicos con cauda de muchos muertos y heridos… ellos. Que cuando estaban derrotados militarmente y en plena huida hacia los campamentos de México, y ante un horizonte de largo plazo oscuro y complicado con el derrumbe del socialismo, decidieron que a lo mejor tomar en serio las conversaciones de paz era para ellos la única opción viable para salir de la clandestinidad y la vida subterránea y conservar su activismo político. Una buena opción para que, una vez amnistiados y libres de todo pecado, pudiesen salir a la calle a embellecerles la vida de nuevo a los guatemaltecos, confirmando la conocida afirmación de Clausewits de que, si bien la “guerra es la política continuada por otros medios”, para efectos prácticos lo que estaban haciendo estaba más apegado a la afirmación de Focault invirtiendo a Clausewits: “La política es la guerra por otros medios”. Y en eso están. Cooptando las cortes, los sindicatos, la fiscalía -en tiempos de Paz y Paz y la Cámara Penal dirigida por Barrientos QEPD-, el tribunal de alto riesgo con la heroína Barrios de saludo alto y sonriente para la tribuna afín; y medios y periodistas vistiendo el mismo tafetán rosadín. Toda una penetración que llega hasta el procurador de Derechos humanos, más afín a los movimientos LGTB que con los propietarios de fincas invadidas.

Y ahora con los demócratas estadounidenses más socialistoides que el eje soviético en sus mejores tiempos, esperan ansiosamente la derrota del odiado Trump con la ayuda de la mayoría de la academia (una encuesta de las 60 mejores universidades estadounidenses revela que una proporción mayoritaria de los profesores son demócratas).

Y es que son una especie con un distintivo ADN que también se repite en otros países, otras regiones, con el mismo código zoopolítico. Es lo que le acontece al expresidente Uribe a quien le han dictado arresto domiciliario por supuestos delitos que por falta de espacio no abordaré en esta columna, solo para subrayar la parcialidad de una corte que al negarle a un respetado expresidente, la libertad para defenderse ante los tribunales y dictarle arresto domiciliario, habla más alto que todas las posibles aseveraciones de imparcialidad proferidas por dicha corte a la hora de justificar la denegatoria de ese derecho ganado a pulso con el respeto de la mayoría de colombianos.

Ahí está el ADN en los acuerdos de paz colombianos, con los mismos síntomas de cáncer invasivo enquistados en los estamentos políticos. Con guerrilleros secuestradores, asesinos, narcotraficantes libres, algunos gozando sus curules ganados con el peso de la pluma muerta de los acuerdos de paz, versus Uribe agachando la cabeza ante un gobierno de jueces (lawfare) émulos de nuestro sistema también impregnado del código genético infame.

Mientras tanto, los octogenarios militares que cumplieron con su deber y el mandato constitucional, acusados de genocidio y otras invenciones de los querellantes adhesivos vividores del conflicto, siguen guardando prisión.

Es solo otro día más.