Punto de encuentro

Uruguay: a la izquierda late el corazón

Marielos Monzón @MarielosMonzon

En el medio de una América Latina en llamas, en la que la represión de las fuerzas policiales y militares va en aumento y en donde los golpes de Estado —blandos o duros— vuelven a la escena política bajo la tutela de los norteamericanos. En un continente donde líderes mesiánicos —arropados por las viejas estructuras militares y las iglesias neopentecostales— se hacen del poder político y las oligarquías siguen vigentes como factor central del poder, lo ocurrido en el proceso electoral uruguayo es un signo de esperanza.

Uruguay, un país pequeño en extensión territorial cuando se le compara con Argentina y Brasil y del que tenemos tan pocas noticias en Guatemala, ha dado al mundo —otra vez— una lección política de enorme trascendencia.

Veamos. La fuerza política de izquierda, el Frente Amplio (FA), que ha gobernado durante los últimos 15 años y ha transformado para mejor la vida de miles de uruguayos y uruguayas, ganándose el puesto como el país más igualitario de América Latina, porque, entre otras razones, ha redistribuido mejor la riqueza y ha impulsado políticas sociales y una agenda de derechos en beneficio de los sectores más vulnerables, está a punto de alcanzar un cuarto gobierno. Y si no lo consiguiera, sigue siendo la primera fuerza política, con un apoyo popular que alcanza el 47% del electorado.

Tras una primera vuelta, en la que el FA obtuvo el 40% de los votos y su más cercano competidor, el derechista Partido Nacional, un 28%, se instaló una narrativa —sí, allá también la mayoría de los medios son cajas de resonancia del poder— que auguraba un Frente Amplio derrotado y sin ninguna posibilidad real de triunfo en el balotaje.

La derecha uruguaya pensó que un acuerdo electoral entre los cinco candidatos presidenciales derrotados en primera vuelta —pero cuyo porcentaje de votos sumados daba 53%— sería suficiente para hacerse del gobierno sin problemas. Y en una jugada, de esas tan típicas del oportunismo electorero que conocemos muy bien en Guatemala, lanzó la “coalición multicolor”, una especie de Frankenstein político cuya única coincidencia real era “sacar al gobierno de izquierda”.

Así, los dos partidos tradicionales de la derecha uruguaya, el Nacional y el Colorado —que tienen diferencias históricas aunque coinciden en una visión neoliberal— se sumaron al recién fundado “Cabildo Abierto”, liderado por un militar nostálgico de la dictadura Guido Manini Ríos —un personaje muy parecido al presidente brasileño, Jair Bolsonaro—, quien hasta hace pocos meses fue el comandante en jefe del Ejército, cesado por el presidente Tabaré Vázquez luego de que le ocultara información sobre la implicación de militares en gravísimas violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.

En lugar de bajar la guardia y darse por derrotada, la militancia frenteamplista lanzó la iniciativa “voto a voto”, que consistió en conversar “mano a mano” con vecinos, amigos, familiares que no votaron por el Frente Amplio, escuchar sus razones y dialogar sobre lo que significaría para su país una restauración conservadora. Y así, el triunfo llegó de la mano de la gente y de la unidad. Porque no me cansaré de repetirlo, el gran valor y el aporte de la izquierda uruguaya ha sido demostrar que la unidad es un factor decisivo para que la izquierda tenga la oportunidad de disputar el poder.

Está pendiente el escrutinio final, hoy la diferencia es menos de un punto y favorece a la derecha. Sin embargo, y aunque no se dé vuelta el resultado del balotaje, hay muchas formas de ganar y muchas de perder. Y el FA —aun saliendo del gobierno— ganó porque demostró que está vigente como herramienta política, que tiene una militancia impresionante y que la izquierda puede gobernar exitosamente a favor de las grandes mayorías, buscando la pública felicidad.