Sin fronteras

US$100 mil millones

Desde que los dineritos que envían los paisanos desde el extranjero empezaron a ser relevantes, el Banco de Guatemala publica mes a mes los totales que ingresan en ese concepto. Hace 20 años, al inicio del siglo, el Banco publicaba que ingresaban cantidades cercanas a los 100 millones de dólares al mes. Pero conforme fue consolidándose el “sueño americano” como la mejor forma para salir del abandono guatemalteco, más paisanos se fueron a aquel país. Allá a donde distintas y particulares industrias empezaron a normalizar el hecho de “contratar guatemalteco”, por ser rendidor, económico y poco exigente en sus derechos. A grandes rasgos, del principio al fin de la primera década del siglo, esa cantidad se triplicó. Ya en 2010 eran normales los US$300 millones mensuales. En ese entonces, recuerdo que se cuestionaba si ese ingreso se mantendría, por el riesgo de esa población de ser deportada. Pero vino la década adolescente del siglo XXI, esa que ahora terminamos, y ahí se dio un cambio exponencial.

Particularmente, de 2014, vale la pena señalar dos cosas. Una fue noticia mundial: los genuinos mares de menores de edad no acompañados que arribaron a la frontera en el Norte. Un indicador de lo que estaba pasando. La gente de Guatemala se estaba yendo a bocanadas. La otra, un fenómeno cuyo efecto no se vería en las gráficas sino hasta años más tarde. Fue el inicio, precisamente ese año, de una tendencia de crecimiento exponencial de las remesas que se ha sostenido hasta la actualidad. Ese año, cada mes, el ingreso mensual ya estuvo alrededor de los US$400 millones. En 2015 fueron 500. Luego 600, en 2016. Y así, de cien en cien, llegamos a 2020, donde los mil millones es la nueva normalidad de cada mes. A veces la gente busca explicaciones de por qué este año alcanzamos esas cantidades. Que si fue la pandemia, que si fue el miedo a Trump o cualquier otra cosa de la corta actualidad. Buscan en el corto plazo una respuesta que solo se explica en un plazo más largo.

La cifra que publicó el Banco de Guatemala de remesas para este mes de octubre fue extraordinaria. Con ella se completaron US$100 mil millones en el acumulado, desde enero de 2001. Es decir, cien millardos de dólares desde que inició el siglo. Es una cantidad que cuesta dimensionar. Casi 800 mil millones de quetzales. Asombrosamente, la mitad de eso se recibió del año 2015 para la fecha. Es decir, 14 años para los primeros 50, y tan solo seis años para los segundos. Una muestra clara del crecimiento exponencial que antes mencioné. Sin embargo, más que una celebración, vale resaltar motivos para una necesaria reflexión. Entendemos que la mayoría de la población migrante vive en estado de irregularidad. Quiere decir que la actividad que genera ese dinero es considerada ilegal por el gobierno donde se genera. Su inseguridad en el futuro, entonces, es ineludible, y su destino, su uso, entonces se hace una emergencia. No se sabe si se tendrá esa oportunidad en el futuro.

Guatemala, como país, no ha aprovechado esos recursos adecuadamente. En el mismo período de 20 años, por ejemplo, en el informe anual sobre desarrollo humano del PNUD, hemos caído seis posiciones. Eso, a pesar de que el capital ingresa directamente a las regiones más abandonadas, y con bajo costo de intermediación. Lo que pudo ser apreciado como un capital semilla para un crecimiento colectivo, se ha quedado como una dependencia nociva y peligrosa, debido a la imposibilidad de conservarlo en el tiempo. Si la tendencia actual continuara, en los próximos seis o siete años tendríamos los próximos US$100 mil millones. La pregunta es si continuará. Y en un caso positivo, si hará algo diferente el país para evitar que a la par de esa afluencia caigamos otros seis peldaños en el índice de bienestar común.