Con otra mirada

Vivencias del emblemático 1954

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

Mañana se cumplen y festejan 75 años de la Revolución de Octubre de 1944, que puso fin a la dictadura del general Jorge Ubico Castañeda (1931-44), que Federico Ponce, integrante de la terna designada para sucederle, quiso perpetuar.

Hacia junio de 1944, la paciencia popular llegaba a su límite, pues el régimen fascista suspendió las garantías ciudadanas. Los vecinos manifestaban y eran reprimidos. El día 22, 311 ciudadanos enviaron una carta a Ubico, solicitando volver a la normalidad. Durante la manifestación del 25, encabezada por los maestros, cuyas demandas salariales no fueron atendidas, fue abatida la profesora María Chinchilla Recinos. Tal exceso de violencia y no tener respuesta a la carta anterior, hizo que el día 26 los vecinos dirigieran otra nota al dictador, pidiendo su renuncia, firmada por algunos amigos suyos. Renunció el 1 de julio, dejando en su lugar un triunvirato militar de inocuos miembros de su plana mayor: Eduardo Villagrán, Buenaventura Pineda y Federico Ponce, quien se quiso eternizar.

El 1 de octubre fue asesinado el periodista Alejandro Córdova, fundador y director del diario El Imparcial, crítico del aprendiz de tirano, lo que exacerbó los ánimos populares, dando lugar al levantamiento del 20. Participaron abogados, maestros, obreros, estudiantes y militares, provocando la caída de Ponce, quien se asiló en la Embajada de México. El control del Gobierno lo tomaron los líderes Jorge Toriello Garrido, Francisco Javier Arana y Jacobo Árbenz Guzmán, que luego integraron la Junta Revolucionaria.

Del gobierno del educador, escritor y político Juan José Arévalo (1945-51) no tengo ninguna vivencia, pues nací en 1947. Sé que impulsó numerosas reformas para integrar a las clases más pobres de la sociedad guatemalteca, basado en el New Deal del presidente Franklin D. Roosevelt. Sé también que quienes mandan desde siempre lo tildaron de comunista, porque las reformas propuestas eran novedosas.

De Jacobo Árbenz (presidente 1951-1954), en cambio, sí las tengo, pues lo unió a mi padre una sólida amistad gestada mientras Jacobo estudiaba en la Escuela Politécnica y él llegó a jugar futbol, llamado por su director, el mayor (EE. UU.) John Considine 1935-45 —plena II Guerra Mundial—, con el fin de elevar el rendimiento del equipo, al que elevó a primera división.

De ese aprecio, al ser electo presidente, le pidió atender sus asuntos personales, en tanto doña María Cristina Vilanova lo contrató para hacerse cargo del manejo, mantenimiento y producción de las máquinas traganíqueles que la Unidad Comedores Infantiles tenía a su cargo para generar sus propios fondos de operación. Así, en más de una oportunidad, luego del colegio, pasé horas jugando con “Jacobito” en los jardines de la Casa Presidencial, en tanto llegaba la hora de irnos a casa. En época de corte del algodón, cada quincena acompañaba a mi padre a la finca El Cajón, pues debía pagar la planilla, que sobrepasaba los mil trabajadores, ocasiones en que encontrábamos a la pareja recorriendo la plantación, él manejando un jeep descapotado y ella a su lado.

En 1954, mi padre vio realizado un sueño, su casa propia en el agreste barrio Tívoli, con lagunetas y aves migratorias. Se bendijo en el mes de abril y como regalo personal de Jacobo llegó una caja de Champagne. En mayo, para mi Primera Comunión, un juego para experimentos de química, que en su calidad de profesor de esa materia en la Escuela Politécnica pensó que me entusiasmaría, cosa que, debo confesar, no logró. Un mes después, el 27 de junio, ante la traición del Ejército, renunció al cargo.