Con otra mirada

Vivencias octubrinas

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

Octubre trae a mi memoria tres hechos que van del recuerdo de mi madre, nacida el 24 de 1911, a la Revolución del 20 de 1944 y la ventosa y fría época de fin de año, con la hechura de barriletes y su intento porque remontaran, las ansiadas vacaciones escolares plenas de juegos en la calle, más allá del ocaso; quema del diablo, posadas, Navidad y, sobre todo, la sensación de plena libertad.

Del primero subsisten algunas estrofas de la canción Luna de octubre, de José Antonio Michel, que mi madre cantaba cuando desde la ventana de la cocina veía aparecer nuestro hermoso satélite: “De las lunas, la de octubre es más hermosa / Porque en ella se refleja la quietud de dos almas / Que han querido ser dichosas al arrullo de su plena juventud…”

Del segundo me queda, por contagio familiar, la efervescencia social, ética y política del movimiento popular que derrocó al general Jorge Ubico, luego de 14 años de dictadura. La corriente fue liderada por jóvenes a cuya generación pertenecieron mis padres, de ahí el contacto y amistad con tantos de ellos: Jorge Toriello, Jacobo Árbenz, Miguel Ángel Asturias, José Rölz Bennet, Ricardo Asturias, Mario y Julio César Montenegro, nombres presentes en las pláticas de sobremesa y personajes de carne y hueso presentes en cada aniversario de la hazaña celebrada en casa de Jorge Toriello, en la zona 10 capitalina, a donde acompañé a mi padre hasta el final de sus días.

Entre los aportes de la Revolución están los decretos relativos a la Educación emitidos por la Junta Revolucionaria integrada por el capitán Jacobo Árbenz Guzmán, el ciudadano Jorge Toriello Garrido y el mayor Francisco Javier Arana, que propiciaron la dignificación del maestro, libertad de cátedra, democratización de la enseñanza, desmilitarización de los centros educativos y la autonomía universitaria.

Se fundó el Comité Nacional de Alfabetización, con jurisdicción en toda la República, y durante el período presidencial del doctor Juan José Arévalo fueron creadas las escuelas Tipo Federación, que fueron algo más que una simple planificación arquitectónica. Para satisfacer las necesidades de la población escolar de cada jurisdicción, fueron concebidas cuatro tipos: la circular, de ocho aulas dobles; la semicircular, de seis; la cuadrante, de cuatro; y la mínima, de tres. Según el tipo, se construyeron en la ciudad capital, en las cabeceras departamentales, en los principales municipios, en los pueblos pequeños y en las aldeas.

Durante la década de la llamada Primavera Democrática (44-54) se empezó a incorporar el arte a la arquitectura, predominando los motivos nacionalistas, la exaltación de las artes, el trabajo, la industria y aquellos relativos a los logros de la Revolución. Destacaron los artistas Rafael Yela Gunther, Guillermo Grajeda Mena y Rodolfo Galeotti Torres. De este último es el Monumento a la Revolución, frente a la Escuela Tipo Federación de Pamplona. Su abandono refleja el actual desprecio al movimiento, así como el irrespeto a la esencia del arte como reflejo de su importancia.

El movimiento por integrar plenamente las artes plásticas a la arquitectura se desarrolló más adelante, en la década de los años 50-60, cuando se planificó el Centro Cívico de la ciudad de Guatemala. Fue entonces cuando el arte tuvo escala urbana, alcanzando su cota más alta. A esa etapa pertenecen los murales de la Municipalidad, Crédito Hipotecario Nacional, Banco de Guatemala e IGSS; otros edificios y casas privadas, de los maestros Roberto González Goyri, Guillermo Grajeda Mena, Carlos Mérida, Efraín Recinos y Dagoberto Vásquez.