Aleph

Y esta no es una democracia

Carolina Escobar

La democracia nos queda cada vez más lejos. Para describir a Guatemala sirven mejor palabras como cleptocracia (dominio de los ladrones), plutocracia (el poder en las manos de los más ricos), narcoestado (las instituciones políticas están cooptadas por el narcotráfico), cacoracia (el gobierno de los peores), adesectatio (el poderoso camina seguido por una fila de incondicionales, a quienes él protege dándoles a cambio ayudas económicas o intervenciones políticas) y la dieftarmenocracia o corruptocracia (el gobierno de los corruptos).

Decir que Guatemala es una democracia es una mentira consensuada. Aquí, la libertad individual es coartada cuando no le gusta al poder, y para contener la libertad de asociación y beligerancia política se han generado, arbitrariamente, estados de Excepción o Calamidad. Incluso, al inicio de su gobierno Giammattei lanzó una iniciativa para suspender a las ONG que “alteraran el orden público”. Esto lo hizo con la venia de sus socios en la patronal y el Congreso, pero la Corte de Constitucionalidad (CC) los detuvo. ¿Podemos hablar de respeto a los derechos humanos en un “país” donde la educación, la salud, el bienestar, la seguridad, el empleo, el alimento, la vivienda, el agua potable y las oportunidades no llegan a una inmensa mayoría? ¿No son todas estas características inherentes a una democracia? Tal como lo es la existencia de diversos partidos políticos; sin embargo, aquí lo que hay, con honrosas excepciones, son solo corporaciones mercantilistas.

La equitativa distribución del poder entre actores sociales es otra característica democrática, y en Guatemala esto es imposible frente a un sostenido abuso de poder. Por otra parte, la plena representatividad sigue siendo un horizonte lejano. El sufragio universal, mecanismo idóneo de la democracia, es aquí un instrumento que nos permite votar, pero no elegir. Y ni siquiera la alternancia en el poder funciona, porque solo cambian las caras, para que en el fondo nada cambie. La libertad de prensa y opinión que debería estar en el centro de toda democracia, la entiende la mayoría de los políticos guatemaltecos como sinónimo de la frase “se le paga o se le pega”. Si no, que lo digan las y los periodistas guatemaltecos independientes que han sido amenazados, acosados y violentados recientemente. ¿Y qué decimos de la igualdad ante la ley? Esta va de la mano de la independencia judicial, de un estado de Derecho y de una igualdad real. Ninguna de las tres existen en Guatemala. ¿Hemos podido, como pueblo, limitar el poder de nuestros gobernantes? Tampoco. Y el apego al estado de Derecho consagrado en nuestra Constitución aquí no se cumple, con lo cual se confirma el gran engaño.

Aún así, decimos que nuestra “democracia” ha retrocedido. Estamos en la era de la posverdad y el engaño, donde se desprecia la verdad, que no es lo mismo que decir una mentira. Quien miente, sabe cuál es la verdad y la oculta; quien desprecia la verdad, la ignora por completo. Esto abre las puertas a nuevos totalitarismos, donde una arrogante ignorancia desconoce todos los repositorios de verdad. Es un hecho que en los últimos años hemos retrocedido en nuestra intención democrática, pero en lo que tengo de vida no he conocido una democracia guatemalteca real, plena y participativa, así que no gastemos las palabras. En este contexto de crisis y pandemia, y ante la lamentable pérdida del magistrado de la CC Bonerge Mejía, llegamos a una fallida elección de Cortes que se viene retrasando maliciosamente desde el Congreso, con apoyos —otra vez— de la patronal, de los corruptos que manejan los hilos desde las prisiones y de sus cómplices en el resto del Estado. Es tiempo de ir a los repositorios de verdad y construir, entre fake news, ignorancia, desinformación y charlatanería, la democracia que queremos. O de seguir subiendo por la escalera del engaño.