ALEPH

De Cicerón a la Filgua

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Allá por el año 90 a. C., Cicerón exclamó muy alarmado: “Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros”. Hoy, veintiún siglos después, del otro lado del mundo, en este país de apenas 108 mil quilómetros cuadrados, hasta celebramos una Feria Internacional del Libro (Filgua). Y no es un hecho aislado, porque este evento forma parte de un circuito de ferias en Centro y Sudamérica.

Cicerón temblaría hoy si supiera que no solo se escriben más libros, sino que se lee más. Lo de la desobediencia, que cada quien lo acomode a su experiencia. No creo que él haya imaginado la revolución tecnológica que hemos atestiguado, ni lo que la tecnología y el internet han provocado en términos de la información y el conocimiento. Esta edición número 12 de la Filgua reafirma que nuestra necesidad de contar y contarnos es tan fuerte, que desde las cuevas de Altamira hasta los libros actuales (en papel y virtuales), pasando por Gutenberg, se ha trazado un hilo irreductible entre los seres humanos de todas las épocas y lugares.

Alrededor de nuestra curiosidad, de nuestro deseo de pertenecer y nuestra capacidad de asombro se siguen escribiendo miles de relatos, se siguen tejiendo infinidad de ideas, seguimos queriendo ser humanos. El mismo Cicerón, gracias a sus famosas cartas, fue muy reconocido en la literatura europea. En su pulcro estilo epistolar escribió “acerca de las inclinaciones de los líderes, los vicios de los comandantes y las revoluciones estatales” (según dijo Cornelio Nepote), a tal punto que hizo que cientos de lectores de todos los tiempos se transportaran a aquella época.

Lo que ha cambiado es que desde Cicerón hasta hoy, más gente puede acercarse a la palabra, a la idea, al conocimiento. Por siglos, esto estuvo reservado para la aristocracia o la teocracia, y aun dentro de este pequeño círculo, quedaban excluidas las mujeres y los niños. Pero en la Filgua del año pasado, de los 39 mil 982 visitantes que acudieron, 15 mil 962 fueron niñas y niños. Es más, ese mismo año la Filgua organizó visitas para escuelas públicas y privadas, llegando a más de 275. También es cierto que más mujeres leemos, opinamos y escribimos; que en cada edición de la Filgua participamos más; que nuestras voces ya han abierto surcos en la piel de este país y el mundo. Y vamos por más.

Esos indicadores hablan de una ciudadanía inclusiva que precisa forjarse desde la niñez e incluir todas las voces de una sociedad. No es regla general, pero los procesos sostenidos de lectura pueden llegarnos a definir como seres más cuestionadores, más dialogantes, más conscientes, más informados, más responsables del mundo que habitamos y, ojalá, más libres. De allí que desde distintos dogmas se niegue el acceso a la lectura a miles de personas. Frente a una persona sin argumentos, cualquiera con unos pocos, puede convencerlo de cualquier cosa. Y todo lo contrario.

En esta edición de la Filgua, el invitado de honor es México. Interesante, reconociendo los lazos culturales que nos unen, algunas de nuestras problemáticas comunes, y lo imbricadas que están nuestras historias. Mi formación habría sido incompleta sin los ecos del Balún Canán de Rosario Castellanos, de la Piedra de Sol de Octavio Paz, de la Tinísima de Elena Poniatowska, y de los lapidarios versos de Sor Juana Inés de la Cruz, entre muchos más como Monsiváis, Fuentes, Rulfo, Cristina Rivera Garza y Eraclio Zepeda. Deudora soy de esas voces ineludibles. Y en esta feria tendré el placer de conversar con Ana García Bergua.

Todas las personas somos libros. Unos más abiertos, otros más cerrados. De allí que haya gente que se pasa la vida leyendo a otros, en papel o en la piel. Por eso nos gustan tanto las historias que cuentan de otros tiempos, de otras vidas, de otros lugares, de otras formas de pensar. Es la argamasa que nos une como especie. En medio de esta crisis política que enfrentamos en Guatemala, escaparse a la Filgua en el Parque de la Industria, no solo es un buen plan, sino hasta un alivio.

cescobarsarti@gmail.com

ESCRITO POR:

Carolina Escobar Sarti

Doctora en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Salamanca. Escritora, profesora universitaria, activista de DDHH por la niñez, adolescencia y juventud, especialmente por las niñas.