VENTANA

Desperdicio fatal

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

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Juan es arquitecto y Sofía trabaja como ejecutiva en una empresa. Los dos son guatemaltecos. Viven a una cuadra de Central Park, en la calle 90 y avenida Columbus, en Manhattan, NY. Su apartamento no supera los 100 m2. La sala, el comedor y la cocina son parte de un mismo ambiente. El dormitorio se encuentra en un mezzanine. Los muebles son flexibles. Por ejemplo, la mesa del comedor tiene rodos para ajustarse a la cocina y ser utilizada como isla de trabajo. Las sillas se acoplan a la sala, que consta de un moderno sofá blanco de cuero, con cojines de colores. El apartamento es cálido, eficiente y se limpia con facilidad. Juan y Sofía reconocen que no necesitan más.

La mayoría de sus amigos son jóvenes como ellos. Todos comparten la misma visión: “La humanidad sobrevivirá en este siglo si aprende ‘el arte de cuidar’”, de no malgastar el agua, la energía, los alimentos. “Es la nueva economía inteligente,” susurró el Clarinero. Es por eso que la eficiencia culinaria es parte de su cotidianidad. Durante la semana guardan los residuos orgánicos como las cáscaras de frutas, de verduras, de huevos, de pan, residuos de café, en un depósito en su refrigerador. Los domingos compran sus alimentos en un mercado de productos orgánicos que una comunidad de agricultores instala frente al Museo de Historia Natural. A estos granjeros les entregan sus desechos biodegradables, que usarán como compostaje o abono orgánico en los suelos que cultivan.

Estos jóvenes tienen la conciencia de que en el mundo el 30 por ciento de los productos alimenticios se desperdician en las mismas cosechas, en los hogares, en los supermercados, restaurantes, hoteles. ¡Millones de toneladas de alimentos son tirados a la basura anualmente sin consumirse! Este desperdicio fatal afecta a millones de personas y al planeta. Léase: menos agua, menos bosques, menos biodiversidad. Además, los costos sociales que provocan los conflictos por la presión de los recursos naturales también son muy altos.

Esta nueva mentalidad, donde el desperdicio está mal visto, es una tendencia que crece poco a poco. En la ciudad más grande del Estado de Washington, Seattle, se ha iniciado un programa de “compostaje”. Kim Severson escribió un interesante artículo en el New York Times, donde comenta que este programa se basa en el “factor vergüenza”. Si los empleados que recolectan la basura encuentran en los cubos de basura restos de pizza, verduras marchitas, carne, pegan etiquetas rojas en los basureros para indicarles a las familias y al vecindario que están violando la ley del compostaje. Seattle es la primera ciudad en Estados Unidos que multa a las personas que no reciclan.

Así como en varias ciudades de California, hace más de 15 años, se inició la prohibición de fumar en espacios públicos, la tendencia a no desperdiciar cobrará fuerza en el próximo decenio y será un mal hábito, penalizado y mal visto. La pregunta del millón es, ¿cuándo empezaremos en Guatemala? ¿Cuándo dejaremos de convertir en basureros nuestros ríos? ¿Cuándo separaremos la basura en nuestros hogares, como el primer paso responsable para evitar el desperdicio fatal?

P.S. #CICIGSI