Persistencia

El arte y lo verdadero oculto

Dentro de la postura de Nietzsche diremos que el arte es “apariencia”, fantasma desbordante de gozo y de dolor, demonio (del griego daimon: ser que participa de lo humano y de lo divino) que presenta mil facetas aparentemente engañosas y, sin embargo, totalmente verídicas.

Su génesis se encuentra dentro del mundo instintivo, que para la gloria y perdición del hombre ha sido relegado a la represión y al olvido.

El humano, inmerso en su desamparada soledad, nacido para morir, en un mundo delirantemente absurdo en donde se combina de manera caprichosa la impotencia y la plenitud vital, en donde los contrastes se funden en un eterno reto a ese ser inmensamente débil e inmensamente poderoso, ha acudido, a través de la historia (o de su “historia”, que posiblemente es otro sueño más, otra apariencia que él mismo necesita inventarse), a la búsqueda de algo que lo ampare y proteja. Y así suceden las diversas religiones e ideas de distinta índole que le proporcionan, cierta paz, cierto bienestar, al creerse o sentirse bajo el amparo de algo todopoderoso o de alguien todopoderoso que vela por su diminuto paso por la vida, ofreciéndole (como mayor compensación) un más allá de dicha y de paz.

De manera más exacta: lo que busca el humano es su redención. ¿Redención de qué? Del simple hecho de haber nacido sin saber por qué ni para qué, dentro de un voraz universo en donde prevalece lo contradictorio. Redención, también, que le libere de la culpa por haber transgredido su situación animal para convertirse en humano, relegando, reprimiendo, rechazando aquellos imperiosos instintos que lo retornan a su primigenio y deleitoso mundo.

El arte es otro camino que puede conducir al hombre a la añorada redención. Por medio de él logra la catarsis, la purificación. A través de “apariencias”, fantasmas, figuras, colores, palabras, música… plasma lo verdadero oculto dentro de sí: sus pasiones, deseos prohibidos, anhelos inalcanzables; pero ante todo, su sentimiento de poder que lo convierte en un pequeño dios ante sí mismo y quienes lo rodean.

Así, el origen del arte se halla oculto dentro del mundo instintivo, manifestado a través de los sueños. Por medio de ellos el artista llega a la sabiduría que estos encierran: “La apariencia es la contradicción eterna, madre de las cosas”.

Pero para entrar en esa apariencia que oculta la verdad, es indispensable el tormento, el descenso a los propios infiernos, el conocimiento de los instintos más voraces que hacen perder el juicio. Caer en la locura o en la delincuencia.

A la par del tormento es indispensable para el artista el sufrimiento de plenitud o sobreplenitud que lo hacen encontrar dentro de sí mismo, su capacidad creadora.

Bajo los auspicios del tormento y la sobreplenitud que el humano logra al enfrentarse con lo verdadero oculto de sus instintos, nace la obra de arte, que en última instancia es “apariencia” que encierra redención, vida, alegría en el dolor, dolor en la alegría, mesura y autoconocimiento que no tiene contacto alguno con la autopresunción y desmesura (o pérdida de conciencia de nuestra angustiante finitud).

Porque la existencia en el mundo artístico descansa sobre un indiscutible sustrato de sufrimiento y sabiduría (esta última implica entrar en el campo del pavor).

El creador, como el místico ante su divina visión, se siente en suspenso frente a su obra de arte. A través de ella ha salvado los abismos que separan a un hombre de otro; y no por creencias religiosas o por ideas doctrinales, sino por algo mágico y real (propio del inmenso poder del Universo), en que se constituyen esas “apariencias”, que no únicamente penetran el mundo de la belleza, sino también el de la verdad.