Tiempo y destino

El asesinato de las hermanas Mirabal

Luis Morales Chúa

El 25 de noviembre recién pasado —domingo para más señas— fue destacado en casi todo el mundo el Día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer.

Uno de los compromisos adquiridos por el Gobierno de Guatemala, por ser miembro de la Organización de las Naciones Unidas, es utilizar esa fecha como motivo para adoptar medidas de protección a las mujeres guatemaltecas, cualquiera sea su edad, cultura o condición social.

Por su parte la sociedad civil debería hacer de ese día una jornada de acciones cívicas, políticas y educativas, en todo el país y sin embargo, en Guatemala, la fecha pasó inadvertida, excepto por una declaración de la fiscal general de la República publicada en medios de comunicación social.

“Hasta que las mujeres y las niñas, que constituyen la mitad de la humanidad, vivan sin miedo, sin violencia y sin inseguridad diaria, no podremos afirmar realmente que vivimos en un mundo justo y equitativo”, ha dicho António Guterrez, actual Secretario General de la ONU.

Y si en algún lugar del mundo esa falta de protección se da, es en Guatemala. Una enorme cantidad de niñas y niños desaparece anualmente y el Estado no se conmueve.

La decisión de escoger el 25 de noviembre como día de eliminación de la violencia contra la mujer se ha hecho en homenaje a tres valientes dominicanas que fueron secuestradas, torturadas y finalmente asesinadas por miembros de las fuerzas armadas de la República Dominicana durante la dictadura de generalísimo Rafael Leonidas Trujillo, en 1960.

En Internet figuran docenas de relatos acerca de ese múltiple crimen. Las víctimas eran Patria, Minerva y María Teresa. Junto con ellas fue asesinado Rufino de la Cruz, conductor del automóvil en el que viajaban al momento de ser detenidas por los matones oficiales.

La cuarta hermana, Bélgica Adela, sobrevivió porque no participaba en acciones políticas.

Entre los que dejaron testimonio de la oficialidad del crimen figura Joaquín Balaguer, quien figuró como presidente títere por un período, en medio de las constantes reelecciones de Trujillo que sumaron treinta años. Y todos los historiadores coinciden en que Trujillo ordenó ejecutar el crimen a uno de los militares que le eran obedientemente fieles y este no vaciló en cumplir la orden.

Los asesinos oficiales interceptaron en una carretera a las tres hermanas y al chofer. Las arrastraron hasta unos matorrales cercanos. Cada matón escogió a una de ellas, luego se separaron para que ninguna viera cómo asesinaban a sus hermanas.

Las mataron a palos, después metieron los cadáveres en el vehículo en que viajaban y lo echaron en un barranco para simular un accidente de tránsito.

En los escritos acerca de ese caso, los autores —que son muchos— no olvidan el intento fallido perpetrado por sicarios de Trujillo de dar muerte al presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt.

Finalmente, Trujillo fue ejecutado en plena vía pública la noche del 30 de mayo de 1961. Un grupo de hombres armados, entre ellos varios militares, le tendió una emboscada que se convirtió en tiroteo intenso. Trujillo recibió siete balazos. Salió tambaleándose del vehículo oficial y se desplomó. Uno de los conspiradores se arrastró hacia él para ver si había muerto. Notó que todavía respiraba y entonces le dio un balazo en la nariz, y el dictador murió. Hay otras versiones acerca de cuáles fueron los tiros que lo mataron. Pero, da lo mismo: él ya no ordenaría más asesinatos.

Algunos historiadores consideran ese hecho como un día glorioso de la libertad y lo celebran.