Con otra mirada

El hombre y su circunstancia

Edelberto Torres Rivas nos dejó junto al tormentoso 2018. Fue un ciudadano ejemplar e ilustre profesional de las ciencias sociales, cuyo influjo latinoamericano ha sido, es y sigue siendo objeto de comentarios, análisis y reconocimientos por quienes le conocieron desde siempre, compañeros de estudios y trabajo, con quienes intercambió experiencias profesionales, alumnos, y por quienes compartieron mesa y barra. Yo pertenezco al último grupo.

Su nombre, por ser el mismo que el de su padre, el nicaragüense Edelberto Torres Espinoza, profesor de Literatura e Historia y luchador revolucionario en contra del gobierno dictatorial de Anastasio Somoza García, estuvo presente en la casa de mi niñez.

En los años 80, estando a cargo de la conservación de Antigua Guatemala, junto al doctor Mario Dary, rector de la Universidad de San Carlos, hicimos un convenio para restaurar el Colegio Mayor Santo Tomás de Aquino. El ímpetu imperante por la conservación y desarrollo de la histórica ciudad, de vocación habitacional, cultural y turística, requería el esfuerzo de todos para recuperar esos espacios indispensables. El edificio se restauró y los museos preexistentes se recuperaron al tiempo que la Extensión Universitaria generó el Centro Cultural, nombrando a Roberto Díaz Castillo como su director, quien de inmediato y de manera permanente estableció un programa de actividades. Incluyó exposiciones, conciertos, mesas redondas, conferencias y espacio para foros de discusión cultural.

Dentro de las personalidades que participaron en esa febril actividad, fuera como ponentes u observadores, junto al particular público que la atiende, estuvo la generación de intelectuales forjada a la luz de la Revolución de octubre de 1944: José Barnoya, Antonio Móbil, Jorge Sarmientos, Amerigo Giracca. Roberto Aycinena, Jorge Montes y Carlos Haeussler. Luz Méndez de la Vega, Margarita Carrera, Ana María Rodas; Roberto Cabrera, Efraín Recinos, Marco Augusto Quiroa, Luis Díaz y tantas otras luminarias que sería largo asentar.

Edelberto fue parte de ese grupo y por su vínculo con Antigua Guatemala estuvo presente en otros escenarios, como el centro cultural El Sitio y el Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (Cirma), en donde nos identificamos como cómplices del devenir cultural de nuestro país.
El vínculo familiar con el nombre de su padre fue por el sonado caso de defensa legal, que en 1958 presentaron los licenciados Juan Manuel Jiménez Pinto, primo de mi padre, y Óscar Nájera Farfán en contra de la línea aérea Pan American. El hecho fue que Edelberto padre, exiliado en Guatemala, viajaría a Brasil para atender un congreso, por lo que preguntó a la línea aérea si el vuelo haría escala en Nicaragua. La respuesta fue NO, pero el avión bajó en Managua, en donde fue arrestado.

La demanda incluyó los daños y perjuicios sufridos al hacer una parada no programada dentro del itinerario previsto. El juicio tomó su tiempo, pero finalmente PanAm debió pagar su sumisión y complacencia al gobierno de EE. UU., reconociendo en dinero, los daños y perjuicios causados al académico.

Los hechos retratan el influjo del gobierno de los EE. UU. en todo lo que sucedía en su traspatio. Era la época bananera, y pese a la Reforma Agraria del segundo gobierno de la Revolución del 44, la Ufco seguía actuando como dueña de la finca; criterio que poco ha cambiado, aunque los actores ya no sean el secretario de Estado y su hermano, el director de la United Fruit Company, y el sistema sea otro.
Con su existencia, Edelberto confirmó la máxima de Ortega y Gasset sobre el hombre y su circunstancia.