Cable a tierra

La era de los caudillos electos

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

Estamos en la era en que el rechazo al establishment está propiciando la emergencia de políticos electos por el motor del desencanto acumulado de la gente. La victoria del señor Nayib Bukele en El Salvador parece encajar en esta descripción, solo que a él no se le puede calificar como un outsider de la política, y menos aún, como un deslucido como el que ganó las elecciones en Guatemala en el 2015, bajo esa misma condición de decepción social.

Bukele militó en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), actual partido de gobierno, y trae en su currículum dos victorias políticas previas y dos administraciones municipales exitosas. Al ser expulsado del partido por estar en desacuerdo abierto con la cúpula y su manera de tomar decisiones, crea su propio partido. Lo bloquearon para que este no se inscribiera. Por eso, se montó en un vehículo electoral disponible: el partido Gana, con el cual ganó las elecciones a pesar de ser un partido altamente cuestionado por ser propiedad de un exmandatario ahora encarcelado por sus desfalcos al Estado. Es decir, Bukele ganó por Bukele, superando los votos obtenidos por los dos partidos históricos de la posguerra salvadoreña: Arena y el FMLN, y muy al estilo de cómo se ganan acá en Guatemala —y seguramente en El Salvador— las alcaldías municipales, donde lo que importa es el personaje, no el color de la camiseta, mucho menos su propuesta ideológica o su plan de Gobierno.

Ergo, un caudillo electo democráticamente, pero caudillo al fin. Será lo que haga con ese carisma y el liderazgo que tiene lo que determine cómo se ubicará en los anales de la historia del caudillismo centroamericano. Esas cualidades ganan elecciones, pero son insuficientes para gobernar, menos aún, para dar los resultados que espera la población. Esperamos, por el bien de El Salvador y de la región, que arme un equipo de gobierno sólido, conocedor y capaz de enfrentar los enormes retos que señaló en su discurso y propuso solucionar con su oferta electoral. También, que tenga la capacidad de conservar aquellas iniciativas que impulsó el gobierno saliente y que deberían continuar porque van dando sus frutos. Arrasar con todo y comenzar de nuevo sería un grotesco error que Bukele no se puede dar el lujo de cometer si realmente quiere entregar el país mejor que lo recibió. Basta con ver como algunos indicadores de desarrollo sí mejoraron para identificar áreas donde debe pensar dos veces antes de desechar.

Su principal desafío político será gobernar con una Asamblea Legislativa totalmente adversa, dominada por los dos partidos perdedores de la contienda electoral, y que es vital para impulsar muchos —sino todos— los proyectos estratégicos con los que quiere desatar una dinámica económica que permita que los salvadoreños tengan oportunidades en el propio país. Su segundo ámbito de desafíos está en lo fiscal, pues necesita recursos adicionales y condiciones crediticias para impulsar todos estos emprendimientos. Esas hay que crearlas, y se requiere nuevamente de la Asamblea para ello.

Esa será la prueba de fuego para Arena y el FMLN: ¿hasta qué punto privilegiarán boicotear al enemigo político frente al bienestar económico que podrían obtener los y las salvadoreñas? Eso implica también que la base electoral de Bukele se configure como base social movilizada que acuerpe las iniciativas que le son de beneficio al país. Lo que está en juego, a fin de cuentas, no es solo si se aprueba un proyecto o un préstamo, sino si estos partidos permitirán que El Salvador renueve sus posibilidades de viabilidad económica en un escenario donde ninguna de las tres fuerzas principales tiene hegemonía.