Persistencia

Parménides

En la primera mitad del siglo V a. de C., aparece Parménides de Elea, quien, de acuerdo con Jaeger (Opus cit. Capítulo “La filosofía y el descubrimiento del cosmos”), surge al lado de la filosofía científica o natural de los jonios y de las especulaciones pitagóricas sobre los números, iniciándose con él “(…) una nueva forma fundamental del pensamiento griego, cuya importancia traspasa los límites de la filosofía para penetrar profundamente en la totalidad de la vida espiritual: la lógica (…)”. Totalmente contrario a la física de Heráclito, Parménides niega el movimiento, el cambio y la evolución de la “physis” y crea, con ello, una lógica de doble filo que conduce al llamado “pensamiento racional”, el cual se atreverá a negar la realidad ineludible de la naturaleza así como su constante cambio y evolución.

Con Parménides se inicia, en el heleno, una especie de enfermedad mental que, amparándose en juegos de palabras, ve en éstos únicamente el lado racional de escasa validez científica, no sólo de las cosas que nos rodean sino de la vida misma del humano inmerso en ellas. Porque la palabra, desde el punto de vista de la ciencia psicoanalítica, está lejos de reflejar la impecable lógica de índole filosófico-académica. Es por el contrario, según la define Freud: a) “un equivoco predestinado”; b) “punto de convergencia de múltiples significaciones”. Y esto, no sólo en los sueños y en la poesía, sino en la vigilia y lo cotidiano. A causa de la angustia que surge en Parménides, al no poder asirse a nada seguro en esta vida y en este mundo, entra en un estado de lo que yo me atrevería a llamar “psicosis filosófica” que niega la realidad cambiante de la “physis”, aferrándose única y exclusivamente a la palabra “ser” como algo absoluto, rígido, lejano del cambio y evolución, así como de todo movimiento físico. Para Parménides, el hecho de que una cosa “es” significa tan sólo que esa cosa “existe”, y nada más. Los científicos naturalistas jonios habían observado que una cosa que era podía convertirse en muchas cosas. Lo que más adelante el genio de Aristóteles llamará “potencialidad” del “ser”. Se llegó a pensar, luego, de acuerdo con Parménides, que el cambio, la evolución y el movimiento eran irreales, puesto que conducían a un error lógico: lo que “es” se convertía en lo que “no es”, lo cual devenía un contrasentido racional.

Nos encontramos, así, con el inicio de una nueva filosofía que ataca no sólo la ciencia en sí misma, sino la vida dentro de la “physis”. Porque todo lo que “es” ha de consistir en una masa inmutable e inmóvil, compuesta de una sola substancia que permanece idéntica, eterna y estática. Lo que el hombre ve, oye, siente, etc., acerca del Universo, es pura ilusión, ya que los sentidos nos engañan. Lo único que no nos engañaría sería la “mente” (anticientíficamente desligada de los sentidos). Sólo la “mente” (pero ¿qué es la “mente” y cuál es la “mente”?) puede alcanzar la verdad. La “realidad” será, luego, lo “no-sensible”, captada por la “mente” o “pensamiento”, sinónimo, más delante de “razón”, sin ningún contacto con lo sensible (=lo que captamos de la “physis” a través de los sentidos. A esta manera de filosofar se le llamará “espiritual”, sinónimo de no sensual, cuyas raíces, contradictoriamente, tendrían que estar en los sentidos que conducen al hombre a observar cómo las cosas que nos rodean están en constante cambio, movimiento y evolución.

El llamado “pensamiento puro” de Parménides no es sino la resultante de la creación de su “ser” que no sólo se contrapone a la actitud científica de los primeros filósofos jonios.