Familias en paz

Lecciones de una crisis

Rolando De Paz Barrientos rolando.depazb@gmail.com

Acostumbrados a la rutina, al enfoque en los negocios y en nuestra acelerada forma de vivir, un virus llegó sin esperarlo, recordándonos cuán frágiles somos los seres humanos. El cierre de todos los establecimientos donde se suponía fortalecíamos los lazos de amistad nos hizo considerar una alternativa que habíamos olvidado: el placer de estar en casa.

Estar confinado en casa era algo extraño en nuestro ajetreado vivir. Volvimos a descubrir que lo más importante es estar en familia, con las personas que amamos. Nos hizo recordar que todo aquello que nos ocupa no tiene sentido sin la compañía de aquel que amamos. Los templos cerrados nos hicieron recordar que la iglesia somos nosotros, y que hacemos iglesia cuando tomamos de la mano a nuestro cónyuge e hijos para orar juntos, meditar en la Palabra de Dios, fortaleciendo nuestra fe.

Un pequeño virus sacó a luz todos nuestros miedos y nuestra impotencia. Sin respetar ideología, clase social o género, derribó todo aquello que nos dividía o que habíamos permitido que nos dividiera. Nos hizo reaccionar al hecho de que no son las posesiones lo que nos da valor, sino lo que somos: seres humanos.

Esta pandemia nos ha hecho replantearnos lo más importante en la vida, hizo secundarias las cosas materiales por las que tanto hemos trabajado. Hoy lo único por lo que rogamos es que el virus no nos alcance a nosotros y a nuestra familia porque hemos empezado a valorar la vida.

Tuvo también la capacidad de sacar a luz aquellas virtudes que nos hace humanos: la solidaridad, la compasión, la unidad. Se nos había olvidado pensar en el prójimo, ahora el virus nos obliga a ello. En lugar de sacar el egoísmo extremo del acaparamiento, hemos de cuidarnos los unos a los otros, principalmente a la población más vulnerable: nuestros ancianos.

El tiempo en familia volverá a ser el de antaño: largas charlas alrededor de la mesa, juegos, risas y llantos al descubrir que todos tenemos una historia con problemas y satisfacciones, y que cada uno es importante. El distanciamiento social para evitar la propagación hará que valoremos la compañía, comenzaremos a extrañar el saludo de manos, un abrazo sincero.

Y lo más relevante, hizo que toda la humanidad volviera sus ojos a Dios. Nos recordó que Él sigue teniendo el control de todo, y que solamente Él puede salvarnos. Nos motivó a orar y humillarnos ante Su soberanía. Algunos jefes de gobierno lo han comprendido y hacen llamados a la oración, y eso está bien, pero todos los cristianos estamos llamados a mostrar cómo se vive de forma coherente con la fe que profesamos: doblar rodillas para orar, pero también ser los primeros en obedecer las acciones preventivas, en apoyar al más necesitado, en evitar la especulación, ser los primeros en solidarizarnos con el más necesitado.

Cuando Martín Lutero enfrentó la peste negra, hace 500 años, escribió: “Le pediré a Dios misericordiosamente que nos proteja. Luego fumigaré, ayudaré a purificar el aire, administraré la medicina y la tomaré. Evitaré lugares y personas donde mi presencia no sea necesaria para no contaminarme y, por lo tanto, infligir y contaminar a otros y así causar su muerte como resultado de mi negligencia. Si Dios quisiera llevarme, seguramente me encontrará y he hecho lo que esperaba de mí, por lo que no soy responsable ni de mi propia muerte ni de la muerte de los demás. Sin embargo, si mi vecino me necesita, no evitaré el lugar o la persona, iré libremente como se indicó anteriormente. Mira, esta es una fe tan temerosa de Dios porque no es descarada ni imprudente y no tienta a Dios”. Que Dios les bendiga.