Soy un cirujano de trauma en Israel y, en mi hospital, estamos juntos en esto

Al final de la tarde del martes, estaba trabajando en mi consultorio del Centro Médico Wolfson, hospital donde soy el director de cirugía de trauma. El sol se había puesto y de pronto las sirenas comenzaron a resonar desde todos los rincones de Tel Aviv, para advertir que unos cohetes se dirigían hacia nosotros.

Nuestro hospital está en el extremo sur de la ciudad, en un vecindario de clase trabajadora lleno de judíos, árabes e inmigrantes recién llegados de África subsahariana y los países de la antigua Unión Soviética. Del intercomunicador del hospital salió una voz programada que dijo con calma: “Alerta roja, por favor, aléjense de las ventanas y diríjanse a un área protegida lo más pronto posible”.

Bajé corriendo las escaleras internas de la sala de urgencias y esperé. Momentos más tarde, escuché los estallidos: algunos sonaron distantes, otros sonaron como si cayeran sobre nuestras cabezas, resultado del sistema antimisiles Domo de Hierro de Israel, que hace explotar los cohetes en el cielo.

Después de un rato, volvió a reinar el silencio. Salí por la puerta de entrada, donde están las ambulancias. El personal médico —en su mayoría voluntarios, algunos de apenas 15 años— corría a sus ambulancias para salir a toda velocidad, con cascos y chalecos antibalas puestos. Uno de ellos me dijo que le habían dado a un autobús en un vecindario cercano. Había habido bajas. El personal del hospital sabíamos que solo teníamos unos minutos para prepararnos para la afluencia de pacientes.

Doctores, enfermeros, técnicos radiólogos, técnicos de transporte, el banco de sangre y trabajadores sociales fueron convocados a la sala de urgencias. Se notificó a los quirófanos. En menos de una hora, habían llegado más de 40 pacientes. Cuatro estaban en condiciones críticas; tres necesitaban cirugía de emergencia. Durante las siguientes horas, todo el hospital trabajó para evaluar y tratar a los heridos. Se limpiaron heridas, se atendieron fracturas, se hizo lo que fuera necesario.

A las tres de la madrugada, salí del quirófano y regresé a la sala de urgencias. Todo había regresado más o menos a la normalidad. Cuando salió el sol, el equipo de trauma hizo la ronda de nuestros pacientes. Me llamaron de emergencia para que regresara al quirófano porque una de mis pacientes seguía sangrando. En cuanto terminé de atenderla, estaba listo para dormir unas horas en el sofá de mi consultorio. Hasta iba a poder afeitarme (un colega del departamento de ginecología me había conseguido una navaja para rasurar). Pero antes de que pudiera hacerlo, tuvo lugar una charla informativa: todo el personal se reunió para hablar sobre lo que podríamos haber hecho distinto y cómo mejorar nuestro desempeño la próxima vez que hubiera un incidente de bajas masivas.

Al ver a los colegas que tenía alrededor, quedó en evidencia la diversidad de nuestro equipo. Desde el centro de trauma hasta la sala de pacientes internados y los quirófanos, era un equipo de árabes, judíos, musulmanes, cristianos y drusos (y estoy seguro de que había otras religiones).

En paralelo con la escalada de la semana pasada en el conflicto con Gaza, la tensión aumentó entre los ciudadanos judíos y árabes de Israel. Ha habido disturbios violentos, en los que judíos extremistas han sacado a árabes de sus autos y ha habido árabes que han hecho lo mismo con sus vecinos judíos. Se han destruido negocios y casas. La policía ha usado más violencia para controlar la violencia.

También hemos atendido a la gente herida en esos choques. Los grupos que peleaban entre sí en las calles de pronto quedaron confinados dentro de los muros de nuestra sala de urgencias. Llegaba uno con la ropa interior religiosa judía y el siguiente era árabe. Una de nuestras enfermeras árabes atendió de manera minuciosa a una mujer judía que estaba herida; un residente judío examinó a un joven árabe que tenía una lesión en el pecho a causa de una bala de goma. Un especialista árabe revisó las heridas de un hombre judío que había sido golpeado y la señora judía que se encarga de la limpieza ayudó a un hombre árabe a ponerse la bata del hospital. Una enfermera judía limpió la sangre de la frente de un niño árabe.

Para ayudar con la afluencia de pacientes, uno de nuestros residentes árabes había llegado en auto al hospital desde Lod, una ciudad que ha visto una de las peores partes de la violencia comunal de días recientes, con edificios en llamas, ventanas destruidas y cientos de personas heridas. Ese residente había arriesgado su propia vida —lo pudieron haber atacado los extremistas mientras conducía por las calles— para ayudar a cualquier paciente que le pusieran enfrente. Al día siguiente, en Lod, incendiaron el auto de su esposa.

El Centro Médico Wolfson no es el hospital más grande de Israel. Le falta financiamiento y tal vez no le han pintado la fachada en 40 años. Pero para mí representa todo lo hermoso y posible de este lugar. Antes, durante y después del desastre actual, somos el hospital de una de las poblaciones más diversas, ancianas y desatendidas de Israel. Capacitamos a residentes de todo el mundo (en especial de África y Latinoamérica) y a residentes palestinos de Cisjordania y Gaza. Los conceptos de la medicina gratuita y accesible —medicina socializada— y de dar servicio a una comunidad necesitada con los más altos estándares de atención son tan esenciales para este lugar como sus muros de concreto.

En solo dos días y medio de la semana pasada, recibimos a más de 100 personas heridas por misiles, metralla caída del cielo o violencia en las calles. No tengo la menor idea de qué va a pasar después de esta semana, pero, sea lo que sea, no puedo estar más orgulloso de este equipo, pues siempre está listo para poner manos a la obra a cualquier hora, dispuesto a sacrificarse para ayudar, para hacer lo que sea necesario.

En los días, años y décadas por venir, espero que lo que está ocurriendo ahora bajo el techo de este hospital —el desinterés, la falta de ego, el trabajo en equipo, la diversidad y el respeto mutuo— pueda ser un modelo para todo el país, para toda nuestra región. Si los vecinos y las comunidades no pueden trabajar juntos, no pueden llevarse bien como lo veo todas las noches en nuestro hospital, me preocupa que estemos garantizando que el sufrimiento en todo este país solo empeore cada vez más. Si nos unimos, como lo hacemos dentro de nuestros muros, será algo hermoso.

En las primeras horas de la mañana del jueves, le pedí un cigarro a uno de nuestros mejores enfermeros, un hombre druso de un pueblo de los Altos del Golán. Me permito uno al año y ese momento me pareció el adecuado. Me lo lio y salimos al estacionamiento, juntos, para disfrutar un momento de tranquilidad y, sobre todo, paz.

Nota del editor:  Adam Lee Goldstein es el director de cirugía de trauma en el Centro Médico Wolfson en Holon, Israel.