SIN FRONTERAS

Prosopagnosia, y los clavos que uno pasa

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Quienes les rodean les llaman despistados. Quienes caen víctimas de su condición se sorprenden cuando su saludo no es correspondido. Seguido, vienen los reclamos. ¡Qué pesado!, dirán; ¿Quién se cree? La gente se toma de forma personal lo que en apariencia es un desplante. Pero sépalo usted hoy, y sépalo muy bien: hay gente que anda por la ciudad, con inhabilidad absoluta de reconocer el rostro de sus conocidos. Prosopagnósicos, se llaman estos que padecen de ceguera facial, y hoy me confieso abiertamente uno.

Hay un propósito para este artículo, y lo revelaré más tarde, pero permítame antes compartir que esta afección es verdaderamente curiosa. Debido a que en apariencia es inofensiva. Quien la padece en rara ocasión acudirá por ella a un consultorio. Pero, de que existe, existe, y estoy aquí para contarlo, seguramente no a título médico profesional, pero sí con una desafortunada cantidad de clavos que a lo largo de la vida he ido acumulando. Todas las semanas ignoro a alguien a quien debí reconocer con relativa facilidad.

A los prosopagnósicos nos cuesta convencer a nuestra gente de que no es un mero descuido. Ciertamente nos creemos incomprendidos, aunque probablemente es esa gente cercana, quien también sufre por los penosos desplantes. En una ocasión, recuerdo que con mi esposa fuimos invitados a una boda. A la hora del bufé me topé con un contemporáneo, a quien juraría nunca haber visto antes en la vida. Cuando él me vio, su saludo fue intenso y me dio un abrazo de viejos amigos. ¡Qué tiempo de no verte! Me dijo. Pero mi “Hola”, tímido e inseguro, no lo hizo captar que no tenía idea de quién era. En su emoción, nos acompañó a nuestra mesa a cenar. Mi esposa, a quien no podía presentar —porque no sabía quién era el sujeto— se sentó a la par nuestra, y escuchaba la tortura bochornosa mientras me preguntaba por mi familia, mi casa y otras intimidades que no dejaban duda de que el tipo era un amigo cercano en algún momento de la vida. Usé las técnicas de siempre para identificar al anónimo sujeto. Así, le pregunté: “¿A quién de los amigos has visto?”, pero el truco fracasó cuando me contestó que a ninguno. “¿Y seguís donde siempre?”, le pregunté, buscando alguna pista. “No vos”. Ahora estaba en otra parte. De hecho, a veces las triquiñuelas no funcionan y no queda más que confesar la penosa verdad.

Vienen estas líneas, pues hace unos días visité una cafetería a la hora del almuerzo. Mientras esperaba mi orden, vi que una pareja esperaba de pie en la puerta del recinto a que se desocupara una mesa. Con valentía no habitual, me acerqué a ellos y les ofrecí que compartiéramos la mía. Total, pensé, es bueno salir de las burbujas en que vivimos en la urbe. La pareja, amablemente aceptó. Pero luego de unos minutos recibí mensajes del inconsciente. A esta cara —no común— yo la había visto. Pregunté: “¿Creo conocer al caballero?”. La señora me respondió: “El caballero es don Edelberto Torres-Rivas”. La verdad, sentí que la tierra me tragaba de la vergüenza de no reconocer a tan eminentes figuras.

A veces la Prosopagnosia nos juega malas jugadas. Amistades no concretadas, oportunidades profesionales que se estancan. Pero en esta ocasión me permitió, de la manera más impredecible, conocer a dos ilustres guatemaltecos, que con sencillez ciudadana me compartieron sus esfuerzos por incorporar la plataforma política Semilla a un sistema electoral corrompido, y a permitirme recordar cómo el destino de este sufrido país depende de la inclusión de distintas visiones políticas y de la inclusión de ciudadanos de a pie que, desde sus propias ideologías y con sus amplios recorridos, tienen tanto que aportar. Don Edelberto y doña Ana María, les deseo fortuna en su camino.

ppsolares@gmail.com

ESCRITO POR:

Pedro Pablo Solares

Especialista en migración de guatemaltecos en Estados Unidos. Creador de redes de contacto con comunidades migrantes, asesor para proyectos de aplicación pública y privada. Abogado de formación.

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