de mis notas

Usando mal el pisto

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

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Las abejas trabajan con ahínco, las hormigas laboran como mulas, y nosotros, todos, metidos dentro de la colmena o deambulando dentro del hormiguero, no nos damos cuenta de nada. La atrofia de comprensión resulta de una falta de conciencia del cuadro grande y del detalle del cuadro pequeño. Las cifras están ahí, a la mano, guardadas dentro de los registros públicos del Ministerio de Finanzas, pero pocos las buscan, analizan y publican. Ese es el mayor desafío de la rendición de cuentas, vivir dentro de una sopa de letras y números que nadie lee o entiende, o, lo que es peor, nadie demanda para pedir cuentas con rigor y conocimiento.

Lo peor de esta realidad es que sus espinas nos pinchan con saña en los tiempos de las vacas flacas y las lipidias lapidarias. Ergo, cuando no tenemos pisto. O como dicen los entendidos, cuando estamos con un déficit tal, que solo se puede enfrentar pidiendo más prestado para pagar “lo prestado”. En vox populi, eso se llama estar quebrado. En jerga técnica, “peligrosamente cerca de nuestro límite de endeudamiento”.

Como para que no, si “el déficit fiscal previsto en el proyecto de presupuesto para 2016 es de Q10 millardos —10 mil millones—, equivalentes al 1.9% del PIB. Con un déficit que tendrá que cubrirse en un 93% con bonos del Tesoro, 3% con préstamos externos y 4% con recursos de caja.

O sea, viéndolo como se quiera ver, no hay más que amarrarse el cincho con medidas de austeridad que caerán mal a todos por parejo, trabajadores privados y del Estado y empresarios pequeños, medianos y grandes.

Vale la pena, entonces, tomar conciencia de una realidad que retrata de par en par lo que dice por ahí la Biblia: “En el surco del pobre hay mucho pan, pero se pierde por falta de juicio”. Eso es exactamente lo que está pasando con esa palabrita que los técnicos llaman “calidad de gasto”. Es decir, los indicadores de desempeño que miden los logros o resultados en términos de productos, ya sean bienes o servicios, generados por cada institución. Por ejemplo: número de días enseñados a estudiantes; número de pacientes atendidos en los hospitales; kilómetros de carreteras construidas. Etcétera. Todos estos indicadores de éxito abonan hacia una calidad de gasto. Pero yo me pregunto, por ejemplo, qué impacto cualitativo han tenido los casi Q1 mil 27 millones que han recibido las 15 municipalidades que están comprendidas en la Cuenca del Lago de Atitlán durante los últimos cuatro años?

¿Qué cantidad de sistemas de drenaje, agua potable y aguas servidas han construido? ¿Qué porcentaje han invertido en proyectos de medioambiente para detener, y eventualmente revertir, la degradación ambiental, cumpliendo así con el marco legal vigente, que demanda que se asigne un porcentaje —que debería ser no menor al 30% de los impuestos ciudadanos que reciben los municipios y Codede al saneamiento básico? Ciertamente, esta debería ser una política pública transtemporal y transgeneracional. O nos quedamos sin Lago de Atitlán, ícono de nuestra nacionalidad y sin el cual habrá un grave impacto económico a las poblaciones de la cuenca que viven del turismo si se degrada.

En los últimos ocho años, estos municipios han recibido la importante suma de mil 854 millones de quetzales.

Cabe preguntarse: ¿Qué han hecho estas hormiguitas y abejitas de los surcos vacíos con todo ese pisto?

alfredkalt@gmail.com