100 años de Metamorfosis

Aunque sus restos fueron empujados con una escoba y su familia respiró aliviada con su muerte, Gregorio Samsa, el hombre-insecto, sigue vivo.

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100 años de Metamorfosis
100 años de Metamorfosis

Una de las novelas más famosas de la literatura universal, La Metamorfósis, de Franz Kafka, cumple un siglo (15 de octubre 1915). Conocer la historia de su autor ayuda a comprender todo el dolor, el aislamiento y la profunda soledad que experimentó. Valiéndose de su protagonista Gregorio Samsa, el escritor checo, talvez, quiso contar al mundo su tragedia interior.

Samsa es un comerciante que despierta transformado en insecto. Cree que es un sueño pero luego se da cuenta de que no. Empieza una nueva vida como tal, adentro de su alcoba. Grete, su hermana, es la única que entra para dejarle desperdicios de comida. Los padres retiran los muebles de la habitación para que pueda circular libremente. Este espacio con el tiempo se destinó a guardar los trebejos.

Una noche Gregorio aparece frente a tres huéspedes que al verlo se asustan y deciden irse de la casa sin pagar. Escucha a su familia opinar que sería mejor que abandonara la residencia; se deprime. Al día siguiente la sirvienta lo encuentra muerto.

El conflicto existencial

En la obra de Kafka está presente el existencialismo de Arthur Schopenhauer, explica Eduardo Blandón, director del departamento de Letras y Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad Rafael Landívar.

“Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor”, así razonaba Schopenhauer. Esa influencia, como la de Soren Kierkegaard, otro existencialista, se refleja en los relatos de Kafka, comenta Blandón.

La soledad, el aislamiento y la melancolía de alguna manera plasman el carácter del escritor, agrega Blandón.

Franz Kafka nació en 1883 en Praga, en el seno de una familia judía. El carácter autoritario de su padre, un próspero comerciante, hizo crecer en él la inseguridad ante el deseo de no poder satisfacerlo completamente.

Tuvo seis hermanos y fue el único que sobrevivió a la temprana muerte de tres varones. Algunos de los estudiosos de su obra resumen que siempre se culpó por esta circunstancia.

En 1919 le pidió a su madre entregarle a Hermann, su progenitor, un manuscrito de 103 hojas, algo a lo que ella nunca accedió. En Carta a mi padre se encuentran estas demoledoras líneas:

“Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas, y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo“.

En La Metamorfósis, Kafka narra el encuentro entre el protagonista y su padre en las escaleras de la casa cuando lo ve convertido en un bicho: “Agarró con la mano derecha el bastón del apoderado, que aquel había dejado sobre la silla junto con el sombrero y el gabán; tomó con la mano izquierda un gran periódico que había sobre la mesa y, dando patadas en el suelo, comenzó a hacer retroceder a Gregorio a su habitación blandiendo el bastón y el periódico. De nada sirvieron los ruegos de Gregorio, tampoco fueron entendidos, y por mucho que girase humildemente la cabeza, el padre pateaba aún con más fuerza”.

El joven Kafka tuvo innumerables trabajos. Se graduó como abogado de la universidad de Praga, porque así lo quiso su padre. Intentó comprometerse tres veces y falló.

Quizás el amor más profundo de su vida fue la periodista y traductora Milena Jesenská, casada con el escritor Ernst Pollak.

En Cartas a Milena la inseguridad y el temor al futuro también están presentes.

“Algo tenemos en común, Milena, según creo; somos tan tímidos y tan temerosos que cada carta es distinta, casi todas las cartas se asustan de la anterior y aún más de la respuesta. Usted no es así por naturaleza, eso se ve fácilmente, y yo, hasta es posible que tampoco yo sea así por naturaleza, pero ya se ha convertido casi en mi propia naturaleza, solo cuando estoy desesperado… cuando tengo miedo”.

En otra de sus misivas a Milena habla de sí mismo: “Tienes treinta y ocho años y estás tan cansado que probablemente ninguna vejez podría haberte cansado tanto. O mejor dicho: no estás en realidad cansado sino inquieto, temes dar un solo paso sobre esta tierra pletórica de trampas”.

En la intensa correspondencia le cuenta de sus frecuentes episodios de insominio —los que también sufría Gregorio— y de los altibajos provocados por la tuberculósis que lo aquejaba.

Incluso, el miedo al sexo se revela en otra de esas cartas: “¿Qué has hecho con el don del sexo? Lo has desperdiciado, eso es lo que dirán finalmente. Pero habría sido fácil aprovecharlo” y finalmente le da la razón a Milena: “El temor es la desdicha”.

Gustavo Sánchez, profesor de Literatura en la Universidad Rafael Landívar, reconoce en La Metamorfósis, además del elemento filosófico, el autobiográfico.

“Kafka no se vio como literato. Escribió por sí mismo y para sí mismo. Estuvo influido por el expresionismo, su escritura es críptica, es decir, tiene sus propios códigos”, concluye.