Antonio Pichillá Urdidor de vientos

Artista maya tzutujil navega por el lago del arte conceptual sin perder la raíz de agricultor, las ramas de soñador ni los hilos de su identidad.

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Antonio Pichillá, urdidor de vientos
Los tradicionales espantapájaros hechos con plástico, telas y palos por los campesinos son una acción que inspiró al artista a reciclar algunos materiales del campo y combinarlos con textiles e hilos. Fotos cortesía Antonio Pichillá.

Fue el mejor consejo que maestro alguno pudo darle. Aunque al principio no lo entendió muy bien. El artista, investigador y maestro de arte Roberto Cabrera le dijo a Antonio Pichillá -entonces recién egresado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas -allá por 2004:

“Antonio, está bien que estudies artes, conceptos, técnicas, pero no te olvidés de dónde venís. Aquí, en tu pueblo, está todo lo que necesitás para crear”.

Encendemos la máquina del tiempo y llegamos al 2020, en que Pichillá usa hilos y tejidos tzutujiles, de la mano de su madre, tejedora. Él mismo emplea el urdidor -palo liso que sirve para enlazar hilos en el telar- de su abuela; a la vez, cultiva la tierra junto a su padre, campesino que aún utiliza su traje tradicional con dignidad y orgullo. Y con esas raíces de San Pedro La Laguna, Sololá, crea y cree en un pasado siempre presente.

Antonio Pichillá, urdidor de vientos
Antonio Pichillá Pop, campesino de 80 años y Clara Quiacaín, tejedora de 78, son los padres del artista, a quienes valora por su sabiduría, experiencia y trabajo. Fotos cortesía Antonio Pichillá

¿En qué proyecto trabaja?

Es obra textil. Mi mamá me asesora, es la experta. El lenguaje textil es muy amplio, pero a la vez en cada pueblo hay especificaciones. Aquí, en San Pedro la Laguna, el pantalón del hombre es de tela blanca con manchas negras. Es un patrón ancestral, pero viene un académico y un curador de arte, lo mira y dice: ¡guau!, esto es un minimalismo. Pero para mí es un código intercultural que lleva aquí muchas generaciones. El jaspeado lleva mucho trabajo; el hilo se anuda, se mete la tinta y se logra esta forma amarrando, dibujando, recordando.

Ha presentado piezas con variantes de color, pero con el jaspeado.

El acto del tejer es algo profundo; colocar las tramas es todo un ritual. Los tejedores utilizan una herramienta clave, el urdidor, una pieza de madera. Uno coloca los hilos alrededor, después va contando. Según el número de hilos será el ancho. Como artista he aprendido a usar el telar, pero a veces mi mamá ayuda a crear un diseño. A estas obras tejidas yo les llamo “el abuelo”, porque hay resistencia, memoria, sabiduría, autoridad. El urdidor que uso es de mi abuela y mi mamá aprendió con él.

Antonio Pichillá, urdidor de vientos
Manuel Antonio Pichillá nació en 1982 en San Pedro La Laguna, Sololá. Estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Es pintor, escultor y artista conceptual. Ha ganado varios premios y ha expuesto su obra dentro y fuera de Guatemala. Foto cortesía

¿Qué símbolo es recurrente?

En el pantalón del hombre hay una forma recurrente que parece una equis. Yo pregunto qué es y mi mamá contesta: es el viento. Yo aquí no veo viento, le respondo. El viento no se puede ver ni tocar, pero se siente, es algo inmaterial, que se cruza frente a mí. A partir de eso, yo empecé a dibujar el viento con ese diseño. He hecho piezas gigantes, de dos metros, con hilos flotando y la X utilizando los cuatro colores, rojo, amarillo, blanco y negro… los cuatro colores del maíz y del pueblo maya.

¿Ha oído hablar del Xocomil? No es un viento, son dos: el Xcomej, que viene del sur y el Ik, que viene del norte. El viento cambia. Ahora que viene noviembre, el tiempo de volar barriletes, el viento te indica a dónde va el tuyo. Así empecé a ver los cuatro elementos: el fuego, la tierra, el agua y el viento.

¿Cómo nace el deseo de ser artista?

Observando tejer a mi mamá, pero también viendo a mi papá trabajar en el campo y usar con orgullo su traje. Al terminar el ciclo básico me fui a la capital, a la Escuela de Artes Plásticas, aprendí semiótica, estilos artísticos, técnicas de pintura. Cuando me gradué regresé a mi pueblo y empecé a pintar. El maestro Cabrera investigaba mucho sobre el ritual -de Maximón- y por eso me decía que aquí estaba la riqueza de la cual se podía alimentar el arte que yo quisiera expresar. Después entendí su consejo y empecé a reivindicar, a valorar, a resistir, con nuestros textiles, nuestro idioma, con nuestras rocas.

En su obra hay muchas referencias a la cultura tzutujil…

Estamos diciendo cosas, que la piedra tiene vida, que los textiles expresan mucho de la vida, que estoy conectado a la tierra, porque sigo siendo agricultor. Cierto, en el entorno del pueblo hay problemas económicos, políticos, sociales, el artista no puede ser ajeno a su comunidad, pero la mejor forma de expresarlo es desde la propia cultura. Yo puedo pintar, aprendí a pintar, pero tuve que desaprender para obtener otros lenguajes.

Sus espantapájaros han ganado premios y reconocimientos.

Surgen del mismo trabajo del campo, son intervenciones que hacen los campesinos, una acción, que tiene una reacción en los pájaros, para que no causen daño a las siembras, Yo retomo ese gesto para crear un efecto social.

Con un espantapájaros gané Juannio en 2017 y han llegado muy lejos. Ahora tengo uno también en la Bienal de Berlín, expuesto junto a una obra de videoarte que tiene que ver con el tema del ritual y la sanación desde la óptica de nuestros guías espirituales mayas. Cuando nos enfermamos, a veces es por traumas, sentimientos, recuerdos que hay que solucionar. Para hacer los espantapájaros con hilos usé ramas y palos que estuvieron expuestos al sol, a la lluvia, al viento, a los elementos, porque son personajes.

¿Y qué le espanta a usted?

A mí, los humanos (ríe). Por la misma reflexión empecé una serie llamada Espantahumanos. Por ejemplo, tengo un contador de luz envuelto en textil, porque la factura de cada mes espanta. Es una reflexión sobre la modernidad, cómo vino a cortar tantas cosas, a interrumpir tradiciones.

¿Cómo le afectó la pandemia?

Se cortaron viajes que estaban previstos, pero fuera de eso seguí trabajando, en el arte y también en el campo. Al final, las dos cosas se ayudan entre sí, seguimos creando.

Antonio Pichillá
El paisaje y la cultura tradicional interactúan en las piezas conceptuales de Antonio Pichillá, que evocan la vida cotidiana y la herencia ancestral. Foto cortesía Antonio Pichillá

Expone en Berlín

Antonio Pichillá participa actualmente en la XI Bienal de Arte Contemporáneo de Berlín, con uno de sus espantapájaros, una pieza textil y una acción registrada en video. “Yo le llamo Ritual y Sanidad, porque de alguna manera la vida te golpea, de una u otra manera eso afecta la salud física o emocional. Muchos van al doctor o al psicólogo, pero en lo tzutujil también existe la sabiduría de los guías espirituales, que a menudo te aconsejan un ritual. En este caso golpeo con unos hilos la tierra, la piedra, el agua, el aire, para sacar esa energía negativa”.

“La pandemia, por ejemplo, ha sido lamentable, pero también ha mostrado que el pasado tiene cosas buenas. Mucha gente volvió a sembrar, a cultivar la tierra debido a la crisis y hoy tienen qué comer. La habían dejado por otros trabajos, pero al interrumpirse el turismo se perdieron muchos de esos trabajos. La tierra volvió a cobrar vida, volvió a germinar el maíz, las mazorcas ya están guardadas para la próxima siembra”, reflexiona Pichillá.