Árboles de jacaranda: Por qué son tan comunes en la época seca y cuáles son sus beneficios para el ambiente y la salud

Durante los últimos cinco años se han plantado cerca de 3 mil árboles de jacaranda en la ciudad capital. Conozca por qué son tan beneficiosos para nuestro ecosistema, y por qué suelen crecer a principios de año.

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Por qué las jacarandas crecen en época seca
Aunque se trata de una especie nativa del sur de América, el árbol de Jacaranda se ha expandido por todo el mundo. En Guatemala se encuentra la especie jacaranda mimosifolia. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

Inamovibles y calmados, abundantes y a la vez casi imperceptibles, así permanecen durante casi todo el año los árboles de jacaranda en el país. Su presencia tan mundana logra cambiar la percepción que tienen las personas sobre ellos cuando durante un par de meses brotan de sus ramas pequeñas y atractivas flores lilas y moradas.

Difíciles de ignorar durante las épocas más secas del año, los árboles de jacaranda son, entre tantas especies, una de las grandes muestras de seducción y delicadeza del reino vegetal, además de ser poseedores de una gran resistencia, lo cual ha permitido que logren plantarse en distintos puntos del mundo, más allá de su hábitat original sudamericano.

También conocida como Gualandayes o Tarcos, esta especie tiene un desarrollo fácil en regiones subtropicales, intertropicales y tropicales donde llueve constantemente, pero también donde predominan los climas templados y secos.

De acuerdo con el ingeniero agrónomo Mario Véliz —coordinador del Herbario de la Escuela de Biología de la Universidad de San Carlos—, el árbol de jacaranda pertenece a la familia de plantas Bignoniaceae, entre las cuales destacan ciertos arbustos y árboles como el matilisguate. Por lo general, esta familia de especies suele presentar sus flores en forma de trompetas, con colores atractivos y vibrantes.

En el mundo existen cerca de 50 especies de jacaranda. En Guatemala está más presente la variante Jacaranda mimosifolia, cuyo origen está basado en regiones de Brasil, al noreste de Argentina y Bolivia. Armando Cáceres, químico biólogo, catedrático universitario y encargado de investigaciones en el laboratio Farmaya, apunta que hay evidencia de árboles de jacaranda en América desde antes de la época colonizadora.

El árbol suele alcanzar de dos a 20 metros de altura, y su tronco puede llegar a tener un diámetro de 30 centímetros. Las hojas en sus ramas tienen un grosor doble, son bastante angostas y pequeñas. Por otro lado, se trata de una especie que también cuenta con un fruto plano y encapsulado en forma de círculo. Véliz explica que su función es proteger las semillas aladas que se desprenden y pueden brotar en cualquier sitio, siempre y cuando caigan en un terreno con tierra fértil.

Por qué las jacarandas crecen en época seca
Los árboles de jacaranda tienen gran capacidad de transformación del dióxido de carbono, razón por la cual son muy comunes en la ciudad. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

Otro factor definitivo en el ciclo del árbol de jacaranda se relaciona con el clima y el tiempo que le atañen. Según Véliz, los ciclos biológicos de la especie en Guatemala se encuentran desde agosto y septiembre, cuando llega la defoliación —caída de hojas—, lo que prepara al tronco y las ramas para que empiecen a florecer en la época seca y templada, entre febrero y principios de abril.

A partir de este último mes, y coincidiendo con la época de lluvia, los árboles de jacaranda empiezan a experimentar el crecimiento de sus hojas. Gracias a esa humedad se producen los frutos que contienen las semillas, que, al caer y distribuirse por los terrenos, tienen la posibilidad de iniciar un nuevo ciclo.

De acuerdo con Véliz, los árboles de jacaranda logran crecer en geografías altas con presencia de bastante humedad y donde llueve arriba de mil y dos mil 500 milímetros de agua al año. El agrónomo apunta que las especies pueden verse en el país alrededor de varios puntos como la ciudad de Guatemala, Sacatepéquez, Alta Verapaz, Huehuetenango o algunos lugares de Escuintla.

Agrega que también se ha podido ver en sitios de la región sur. De acuerdo con Armando Cáceres, la Jacaranda mimosifolia puede llegar a reproducirse en la costa, pero quizá no siempre florecerá. Generalmente, las flores pueden aparecer a los cinco u ocho años, o bien cuando los árboles alcanzan un aproximado de cinco metros de altura.

De forma indiscutible, y más allá del tamaño que puedan tener estas plantas, lo cierto es que su explosión floral coincide en Guatemala con la época de cuaresma y la Semana Santa, cuando es fácil encontrar una suerte de espectáculo natural que estimula al ojo desde pequeñas y acumuladas flores que pueden verse en banquetas, calles e incluso sobre alfombras de aserrín elaboradas por devotos católicos.

Color, forma y resistencia

Mario Véliz señala que la tonalidad en las flores del árbol de jacaranda depende también de las condiciones del suelo en el que está plantado y de una suficiente disponibilidad de nutrientes. Armando Cáceres indica que los colores morados o lilas se deben a la gran presencia de flavonoides —pigmentos naturales y vegetales—, como la apigenina.

El químico biólogo explica que, además de su composición colora, la estructura de las flores en el árbol de jacaranda, al ser parte de la familia Bignoniaceae, suelen ser frágiles, por lo que es común que caigan al momento de estar maduras.

Juzgar la importancia de la jacaranda apenas por su efímero color o su frágil complexión sería un error. Más allá de esas características apenas visibles para las personas, estas especies se distinguen por un valor resiliente respecto del medio ambiente.

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Una gran presencia de flavonoides permite que las jacarandas adquieran sus tonalidades púrpuras. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

Mario Véliz comenta que los árboles de jacaranda logran adaptarse y combatir ante factores como la presencia de patógenos, la gran exposición en zonas con mucha luz, e incluso las grandes cantidades de lluvia. “Un ejemplo de ello es que la gran mayoría de estas plantas se han distribuido por lugares de los que no son nativas”, expresa Véliz.

En 2007, El País dio a conocer que la jacaranda es una de las especies naturales que más logran absorber CO2 (dióxido de carbono) en espacios urbanos o ciudades, junto con el olmo o la melia.

El dato se tomó del estudio Los sumideros naturales de CO2 Una estrategia sostenible entre el Cambio Climático y el Protocolo de Kyoto desde las perspectivas urbana y territorial, elaborado desde la Universidad de Sevilla, en el cual también se revela que el árbol de jacaranda podría absorber el dióxido de carbono emitido por 1,405 vehículos situados en una calle de cien metros de largo.

Aunque todas las plantas pueden absorber el CO2 mediante la fotosíntesis —cuando se absorbe el gas y se libera oxígeno—, la capacidad de la jacaranda es superior a otras especies; por ejemplo, los ciruelos japoneses, que apenas lograrían absorber el dióxido de carbono de 26 automotores, según apunta el estudio de la Universidad de Sevilla.

Armando Cáceres destaca que otro detalle interesante en el proceso de absorción de la jacaranda radica en la pequeñez de sus hojas: “Esto permite una mayor capacidad de intercambio gaseoso comparado con hojas más grandes”, apunta.

En una entrevista a Marcelo R. Pace, doctor experto en plantas de la familia Bignoniaceae y profesor del Instituto de Biología de la Universidad Autónoma de México, en el medio Gatopardo, explica que esta especie de árboles gastan toda el agua que tienen, así como sus recursos para producir las flores, como previendo la finalización de ese ciclo.

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Los frutos de la jacaranda tienen forma circular. Son pequeñas cápsulas de madera que contienen las semillas del árbol. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

Pace cuenta que, por lo general, las especies vegetales deben ser domesticadas antes de plantarse, para sobrevivir a nuevas condiciones como la contaminación atmosférica, algo a lo que la jacaranda, responde muy bien. Agrega que entre los factores considerados contaminantes destaca el asfalto, que funciona como abono para estos árboles originalmente sudamericanos.

En la ciudad

La ciudad de Guatemala se ha convertido en hábitat de los árboles de jacaranda. Información proporcionada por la Municipalidad de Guatemala apunta que en la capital se han plantado más de tres mil árboles de jacaranda durante los últimos cinco años.

La decisión edil responde a que esta es “una especie que se adapta a las condiciones edafoclimáticas de la ciudad y su desarrollo es aceptable, resiste la época seca (…) y además es un árbol eficiente en la absorción del CO2 emitido en la ciudad”, según los datos municipales.

La presencia de jacarandas en la capital guarda un foco importante en zonas como la 1, 4, 5, 9 y 10, donde, según censos efectuados por la comuna, se encuentran 1,562 jacarandas plantadas en áreas públicas y distintos “puntos específicos”.

Pero no todo es perfección alrededor de la jacaranda. Al ser una especie viva, también enfrenta amenazas. En el casco urbano persiste una plaga de muérdago que consiste en una planta parásita que se alimenta de los nutrientes de varios árboles hasta causarles la muerte. Afecta muchas especies, y entre ellas, la jacaranda es de sus principales víctimas.

En la medida que se propaga la afección, la Municipalidad interviene al ordenar que se corten todas las ramas del árbol que tengan el muérdago, esperando que crezcan nuevamente.

La existencia de estos árboles ha permitido que muchos artistas se sientan atraídos a la hora de la creación. El historiador Guillermo Monsanto refiere que la presencia de las jacarandas en varios cuadros de pintores guatemaltecos se relaciona también con el valor artístico del paisajismo.

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Imagen del cuadro “Armonía Violeta” del pintor Antonio Tejeda Fonseca, propiedad de la Colección Funba. (Foto Prensa Libre: Cortesía Guillermo Monsanto)

“Durante los primeros años del mandato de Manuel Estrada Cabrera salieron a Europa —España, París y Roma— varios artistas emergentes guatemaltecos que se ven obligados a regresar, por el inicio de la I Guerra Mundial, y es de la mano de ellos, la ya fundada Academia de Bellas Artes en 1920 y los aportes a la pintura regionalista de Carlos Mérida que se inicia el regionalismo académico y con este la corriente paisajista”, señala.

Además, Monsanto afirma que una vez se inició la nueva ola de creaciones, también hubo un “autodescubrimiento de las maravillas que había en el país”.

Monsanto señala que en esa misma época hubo una explosión de realizadores que supieron retratar las jacarandas. Entre ellos destaca a Salvador Saravia, Antonio Tejeda Fonseca, José Luis Álvarez, Ana María de Rademann, Isabel Timeus y Lauro Salas.

“Creo que el arte comenzó a abrir las mentes a la diversidad que conformaba la geografía chapina. La expresión, no importa el cómo, siempre está vinculada a un sentimiento de embeleso por determinados temas. El que sabe ver al horizonte siempre se sobrecoge ante la magnitud de la naturaleza”, comparte el historiador.

Beneficios para la salud

Los beneficios de esta especie son muchos para los humanos, pues no solo aportan al embellecimiento del mundo o la posibilidad de transformar el dióxido de carbono.

Sus flores también tienen beneficios medicinales, uno de ellos es en el tratamiento de amebiasis, una enfermedad intestinal causada por parásitos que afectan el intestino grueso y que invaden la pared del colon, causando colitis, disentería aguda o diarreas.

Sus componentes también apoyan en la protección y prevención de las amebas, además de aliviar el espasmo que deja la infección.

De acuerdo con el químico biólogo Armando Cáceres, en Guatemala estas soluciones son empleadas desde infusiones calientes de las flores, pero tradicionalmente se han utilizado la corteza y las hojas del árbol para preparar las bebidas.