Sobre las antiguas boticas y sus sabios boticarios

El complejo arte de formular medicamentos que dio origen a las farmacéuticas.

Interior del Museo de la Farmacia de Guatemala, en Antigua (Foto Prensa Libre: Reproducción de Miguel López).
Interior del Museo de la Farmacia de Guatemala, en Antigua (Foto Prensa Libre: Reproducción de Miguel López).

“El arte de la Medicina consiste en entretener al paciente mientras la naturaleza cura la enfermedad”. Así lo decía Voltaire, célebre filósofo y escritor francés (1694-1778).

Aunque tal frase aún guarda vigencia hasta nuestros días —se desconoce la cura de una gran cantidad de padecimientos— en su época tenía más razón, ya que los conocimientos científicos eran escasos —las bacterias, por ejemplo, fueron vistas con un microscopio por Anton van Leeuwenhoek apenas en 1676—.

Pese a ello, el ser humano siempre ha buscado alivio para sus males. Así lo demostraron los nativos precolombinos, quienes alcanzaron grandes progresos en la medicina, según Francisco Asturias en su Historia de la medicina en Guatemala (1902). “Sabían qué ingredientes causaban efectos antiespasmódicos, estimulantes, balsámicos o expectorantes, así como eméticos, purgativos, abortivos, narcóticos o hemostáticos”, profundiza. “Todo esto lo aplicaban acompañados de misticismo, religión y magia”.

Éricka Wagner, en su trabajo Más de 500 años de legado americano al mundo, asegura que esta parte del planeta contribuyó con la terapéutica global con el aporte de la quina, la coca y otras plantas con quenopodio —empleado como antiparasitario—, zarzaparrilla —a la que se le atribuyeron virtudes contra la sífilis y que también ejercía una acción estimulante sobre la digestión y el metabolismo—, la ipecacuana —para tratar las diarreas—, y la copaiba —para curar heridas y enfermedades como la blenorragia, el catarro broncopulmonar y afecciones cutáneas—.

Tales eran sus avances que el conquistador Hernán Cortés (1485-1547) prefirió ser tratado de sus lesiones por curanderos tlaxcaltecas que por los mismos españoles.

“Así como sabían cómo lidiar con las heridas, también podían suturarlas con cabellos animales o humanos; en cuanto a las fracturas, las inmovilizaban con resinas y soportes, al igual que cualquier otro tipo de luxación”, refiere el libro El protomedicato, las boticas y las farmacias en Guatemala, cuatro siglos de historia (1526-1902), escrito por el médico e historiador Rodolfo Mac Donald Kanter y el también historiador Édgar Chután Alvarado. “Impresionados, los monarcas castellanos mandaron expediciones a América con el fin de conocer más sobre la medicina indígena”, agrega.

Botica Melgar a finales del siglo XIX (Foto Hemeroteca PL)

Primeras pócimas

Durante la Conquista, los boticarios españoles introdujeron a América los conocimientos que heredaron de los árabes, en particular aquellos que tenían que ver con productos químicos como alcohol, alcanfor y jarabes.

Estos medicamentos se empezaron a ofrecer en el Nuevo Mundo en “espacios abiertos ocupados por comerciantes, quienes, de manera improvisada, recomendaban y recetaban pócimas”, indica María del Carmen Reyna Pérez, autora de Boticas y boticarios. Siglos XVI al XIX.

En esos lugares, asimismo, se ofrecían plantas medicinales de uso corriente entre los indígenas.

Las primeras boticas “oficiales”, sin embargo, estuvieron dentro de los monasterios y conventos del siglo XVI. En esos lugares era “difícil establecer los límites entre lo científico, lo profano y lo mágico”, escribe Vicente E. González en el libro Las boticas en los cenobios. Los monjes boticarios, protagonistas en la Historia de la Ciencia.

Chután Alvarado coincide al mencionar que “la medicina de aquellos tiempos se ejercía de forma empírica dentro de los llamados hospitales, que simplemente eran asilos de enfermos y peregrinos, solo consolados por la religión, más que por la medicina curativa”.

Otra de las primeras boticas públicas de las que se tiene conocimiento data de 1539, la cual era administrada por el licenciado Carabajal.

Lo rudimentario de la medicina del siglo XVI se demuestra también con el caso de Maese Francisco —posiblemente de Utiel—, quien tenía poca preparación para ejercer tan importante oficio de salud. De hecho, el historiador Antonio de Remesal (ca. 1560-1619), aunque un poco exagerado, apuntó que Maese Francisco “enterró más españoles que las propias guerras en Nueva España”.

“Su mala reputación hizo que el cabildo lo mandara a llamar en 1535 para prohibirle emitir recetas o efectuar cualquier tipo de curación”, indica Mac Donald Kanter.

Maese Francisco, sin embargo, hizo caso omiso y ejerció la medicina por varios años hasta que, por fin, se le puso un freno y se le amenazó con penas monetarias, con pérdida de bienes e incluso, con el destierro perpetuo.

Ese mismo año, las autoridades coloniales anunciaron una serie de disposiciones para regular las actividades de médicos, cirujanos y boticarios.

La noche del 10 al 11 de septiembre de 1541, un fuerte terremoto destruyó el Valle de Almolonga, una situación que obligó a las autoridades a trasladar la capital hacia el Valle de Panchoy —actual Antigua Guatemala—.

Aquellos acontecimientos fueron tan desesperantes que, en 1543, el cabildo terminó autorizando a Maese Francisco “curar de Medicina”, encomendándole que lo hiciera como buen cristiano, a su leal saber y entender.

“La pureza de raza”

No cualquiera podía ser boticario durante la época colonial. Para ello se debía llenar una serie de requisitos, entre ellos, mostrar títulos y constancias de haber estudiado cursos básicos y prácticos, presentar la partida de bautismo, la constancia de ser hijo legítimo y la certificación de ser “español puro y limpio de mala raza de moros, judíos, mulatos o penitenciados”.

También debía demostrar habilidad y conocimiento de las medicinas, la manera de elaborar los preparados, cocimientos, filtraciones y preparaciones, así como conocer los diversos polvos, ungüentos y raíces; manejar rápido la Farmacopea Latina Matritense, tener al menos 25 años, saber latín y tener la certificación de práctica por cuatro años con un boticario reconocido, “en calidad de alumno o discípulo y/o aprendiz y no como ayudante”.

Por último, el nuevo boticario debía juramentar su servicio en defensa del “misterio” de la pura y limpia concepción de Nuestra Señora la Virgen María.

¿Dedicarse a ese oficio era bien remunerado? Mac Donald Kanter asegura que sí. “Además, brindaba prestigio social”, añade. “Caso contrario era el de los cirujanos, quienes, durante el siglo XVII, estaban en el más bajo peldaño jerárquico de aquellos que ejercían alguna actividad relacionada con la medicina o farmacia. En 1730, por ejemplo, el encargado del huerto del Hospital de Nuestra Señora de Belén ganaba 36 pesos anuales, mientras que el mayordomo, 100. El cirujano solo 30.

Mostrador de la farmacia La Moderna, en Huehuetenango, hacia 1885 (Foto Prensa Libre: Farmacia La Moderna).

Aquellas boticas

Documentos coloniales describen que esos establecimientos, por lo regular, “se encontraban en las ciudades y villas, en lugares ventilados”. Para su funcionamiento contaban con un área de despacho con mostradores de madera. Asimismo, estaban a la vista grandes anaqueles donde se guardaban decenas de frascos.

Se vendían sustancias orgánicas y naturales que se clasificaban en medicamentos simples, preparados y compuestos.

Los primeros se distribuían sin mayores regulaciones. “Eran elementos naturales con escasa o ninguna transformación técnica, administrados para la cura de enfermedades generales”, escribe Paula Ronderos en El arte de boticario durante la primera mitad del siglo XVII en el Nuevo Reino de Granada (2007).

Los preparados, en cambio, eran “sustancias simples que habían pasado por algún proceso leve de transformación, como los polvos, las rasuras y la elixación”, continúa el documento de Ronderos.

Por último, los compuestos se formulaban dentro de un cuarto llamado obrador —una especie de laboratorio—, donde los boticarios tenían diversos aparatos e instrumentos para fabricar pastillas o para mezclar jarabes o ungüentos. Todo esto lo hacían basados en las regulaciones de las farmacopeas y “según su arte”.

Las boticas, sin embargo, no contaban con servicio de consultas, salvo para casos de emergencia. “Los médicos y los boticarios ejercían actividades completamente diferentes”, comenta Chután Alvarado.

Aquellos establecimientos, además, solo podían despachar recetas que contaran con el aval y la firma de los curas de las respectivas parroquias que regían en los distintos barrios. Por el contrario, tenían prohibido venderle a los brujos o charlatanes.

Se sabe que durante el siglo XVIII las boticas no tenían nombres comerciales; solo se identificaban con el apellido del propietario. En 1762 existían cuatro en la ciudad: Bardales y Esquivel, y dos más que pertenecían a Joseph Esteban Pérez.

Para darse una idea de cómo eran esos establecimientos durante la Colonia, don Joaquín de Mora escribió este poema en sus Leyendas españolas: “Yerbas secas, infinitas, / espíritus, gomas, untos, / raíces, piedras, pepitas, / y cabellos de difuntos. / De polvos, varias cajitas, / de ungüentos vastos conjuntos, / y un cocodrilo en el techo, / lleno lo anterior de afrecho.

La Farmacia Lanquetín en una fotografía que data de 1879 (Foto Prensa Libre: Reproducción de Miguel López).

Evolución

Durante el siglo XIX, después de la firma de la Independencia en 1821, se identifica un nuevo concepto, pues pasaron a ser droguerías, es decir, expendios surtidores de medicamentos para farmacias.

En esos años, asimismo, se perfiló la figura del regente de farmacias, quien era el responsable del establecimiento ante las autoridades. Debía, además, velar por la calidad de los medicamentos y de las recetas que formulaban.

Con el tiempo, muchos de ellos abrieron sus propias farmacias. Está el caso de Rodrigo Asturias, quien, siendo regente de la Farmacia Americana, obtuvo en 1885 la licencia para establecer la suya en la 9ª avenida Norte, No. 1 —la inauguró hasta 1887—.

También se empezó la concesión de licencias para abrir boticas en la provincia. A la vez, se permitió que personas con cierto adiestramiento, experiencia o conocimientos médicos pudieran surtir medicinas en lugares donde eran muy necesarias.

De ahí en adelante, las farmacias se convirtieron en un negocio bastante extendido.

Hoy solo sobreviven unas cuantas que datan de principios del siglo XX, como la Madrid, ubicada en la 9 calle, entre 8 y 9 avenidas de la zona 1. Ahí se conservan varios objetos dignos colección. Incluso, es de las escasas que aún formulan ciertos medicamentos recomendados por unos pocos médicos, lo cual rememora las antiguas costumbres y procedimientos de las boticas y sus boticarios.

Otra farmacia de larga tradición es La Moderna, de Huehuetenango, que ya operaba en 1885.

La condena de los antiguos boticarios vino a mediados del siglo XX, cuando los medicamentos se industrializaron. A finales de ese siglo y principios del XXI, a su vez, aparecieron las cadenas de farmacias, las cuales emplean a dependientes que poco o nada saben salud.

Por eso, de cierta forma, se añoran los tiempos en que la gente podía llegar a una botica y preguntar sobre la fórmula que mejor podría combatir su enfermedad. El boticario, el de gran preparación y conocimientos, de seguro le entregaría la receta adecuada. Ahora, a uno le entregan la marca de medicina que más beneficios deja a la farmacia.

Compuestos con coca

– El papa León XIII bebía Vino Mariani, que contenía cocaína. Este compuesto estimulaba el sistema nervioso central.

– Otro con coca era el Vino Maltine, que se fabricó hasta principios del siglo XX. La dosis recomendada era “una copa llena antes o después de las relaciones sexuales”. Este tipo de preparados también se recomendaban para tratar neuralgias, insomnio y desaliento.

Hace más de una centuria

– National Vaporizer producía su fórmula No. 6 con 45% de alcohol y 5 gramos de opio por onza. Se indicada para tratar el asma y otras afecciones bronco-espasmódicas.

– Una farmacéutica francesa, en 1900, producía tabletas de cocaína —contenían borato de sodio y DHL de cocaína y mentol—. Aseguraba que calmaba el dolor de garganta y que, además, “tenía un efecto reanimador”.