Q’anil, el nahual de Demetrio

Hace una década este académico empezó a hablar de un concepto que sonaba extraño: la multiculturalidad

“Soy originario de Tecpán, soy kaqchikel”, así empieza por definirse Demetrio Cojtí Cuxil. Su nahual, en la cultura maya, es q’anil, el germen, la semilla, el aliento que da origen.

La creación de 18 escuelas bilingües y el apoyo a muchos proyectos educativos para niños indígenas se deben a su perseverancia.

El 25 junio —Día del Maestro— de este año, le fue otorgada la orden Francisco Marroquín.

Es el segundo de cuatro hermanos: dos hombres y dos mujeres. Creció entre las prácticas arraigadas de la espiritualidad maya fomentadas por sus abuelos y el catolicismo de sus padres, integrantes en la década de 1950, del Movimiento de Acción Católica.

La amistad de su progenitor con sacerdotes le permitió ser seleccionado para estudiar en el Instituto Indígena Santiago y, posteriormente, ganar una beca en la universidad católica de Lovaina, Bélgica.

Trabajó de estibador en una fábrica de gaseosas y lavó platos en un restaurante de los suburbios de Bélgica. Pero también en ese país obtuvo un doctorado en Ciencias de la Comunicación.

¿Qué recuerda de la práctica de la espiritualidad maya de sus primeros años?

Hay dos maneras de verlo, la primera es una forma deliberada, consciente. La otra como un automatismo que se trae. Yo viví esos primeros años de las dos formas. Con los abuelos era una práctica premeditada; mis papás, aunque eran católicos, llevaban una serie de creencias de la espiritualidad maya que siempre practicaron.


¿Cuál es su nahual?

Q’anil, que es la semilla, el origen de las cosas, de las plantas que germinan y crecen.

¿Fueron todos sus hermanos a la escuela?

En aquella época no existían las escuelas rurales, si mucho habían en los cascos urbanos. Mi padre se involucró con otros para que se construyera una, pero yo no la cursé en la comunidad porque, en ese entonces, no había.

¿Tuvo entonces que viajar al pueblo más cercano?

Gracias a mi papá, que era catequista, y tenía una estrecha relación con el cura párroco, gané una beca. En esa época 1957 o 58, el arzobispo metropolitano Mariano Rossell y Arellano fundó dos institutos indígenas, uno era el Santiago. En las parroquias solicitaron candidatos y mi papá decidió junto a mi madre, que me enviaban. Ellos siempre estuvieron dispuestos al estudio. Mi padre se daba cuenta de que en Tecpán los indígenas tenían tierras, pero no estaban en buenas condiciones económicas. En cambio los ladinos, no tenían tierras, la mayoría, pero materialmente estaban bien. ¿Cuál era la explicación? ¡Que tenían estudios! Mi padre no tenía terrenos para heredarnos, él era jornalero. Por eso se decantó a favor de los estudios como la única posibilidad con futuro para sus hijos. Decidieron aprovechar esas becas.

¿Estudió en un internado?

Sí, nueve años.

¿Se inclinó por ser maestro?

Luego de que terminé los estudios básicos, salí a ganarme la vida en la calle. Fui obrero en una fábrica de gaseosas y conserje en una de las universidades. Estudié magisterio en una escuela nocturna, en esa jornada son cuatro años. Luego me gradué de maestro. Siempre por la vinculación de mi papá con la Iglesia Católica, en ese entonces, llegó un sacerdote belga. Gracias a él conseguí una beca para estudiar en Bélgica. Era 1969 o 1970.

¿Cómo fueron esos primeros años en Bélgica?

Conmigo se empleó un método cruel de inmersión total. Me ubicaron en un lugar donde nadie hablaba mi idioma y ellos no sabían el mío. La ventaja es que todo lo que entra por los cinco sentidos es un idioma nuevo, y cuando te sueltas, pues te sueltas (risas). Estuve en un pequeño pueblo que se llama Mouscron, en la ciudad de Valonia, en Henao, Bélgica.

¿Cuál era el idioma?

El francés fue mi tercer idioma, primero el kaqchikel, luego el español. Con ese método en cinco meses estuve listo para ganar el examen de admisión en la Universidad Católica de Lovaina.

¿Cómo fue el inicio de su estadía, ese choque cultural?

Mi primera percepción fue que no había pobreza aguda. Las necesidades básicas estaban satisfechas. La segunda, que casi todos eran de raza blanca, y la tercera, la libertad y el grado mínimo de discriminación que experimenté.

La universidad fue difícil, pues la diferencia entre la secundaria de aquí y la de allá era enorme y si a eso se agrega la diferencia de preparación entre una escuela pública nocturna aquí con una escuela diurna de allá, pues es aún más grande. Eso provocó que perdiera el primer semestre. Pero me recuperé en la primera retrasada. Reprobar fue una humillación, así que le puse más ahínco, más pasión. Empecé a conocer las reglas del juego. Allá no solo me pedían memorizar, me pedían que opinara.

Algo a lo que en Guatemala, sobre todo en la época que usted estudió, no se practicaba.

Así es, no se concebía. Aquí, el buen alumno es aquel que repite bien lo que dice el libro o el maestro, en cambio allá el buen alumno es aquel que tiene criterio propio.

¿Cuánto tiempo vivió en Bélgica?

Siete años, allá los estudios son de tiempo completo. Obtuve la licenciatura y el doctorado en Ciencias de la Comunicación.

¿Alguna vez pasó por su mente ser periodista o siempre lo vio como una disciplina?

Siempre como disciplina, como ciencia social.

¿Le ofrecieron trabajar allá?

Es normal que un joven tenga novias, pero aunque las tuve en mi caso, no cuajó. Observé estudiantes que buscaron matrimonio para ganar el derecho a quedarse y trabajar. Terminé mis estudios, vine a Guatemala a finales de 1975, por lo que estuve aquí para el terremoto de 1976. Hice mi tesis doctoral sobre la penetración de las radios en las comunidades indígenas. Volví a Bélgica, en 1978 y la presenté en 1980. Allá los controles son estrictos unos días antes me llegó la nota de la Policía recordándome que mi beca iba a terminar. Así que volví.

¿Encontró un país ligeramente diferente?

Las condiciones eran las mismas en algunos casos habían empeorado. Encontré a mis paisanos más empobrecidos. Percibí mejor otras situaciones, como la corrupción.

¿Diría que a su vuelta la discriminación estaba más enraizada?

Igual; el Estado no ha actuado en ese campo.

Su vida ha estado muy ligada a la educación y a la cultura en distintos gobiernos. ¿Cómo se dan esos primeros contactos? ¿Le llamó la atención la política?

Mi primer trabajo fue de profesor de francés en la Alianza Francesa. Mi primera relación con la docencia universitaria fue en la universidad Rafael Landívar y luego en la de San Carlos. Finalmente pasé a Unicef, como oficial de proyectos de educación, en la década de los 90. En el 2000, el ministro de Educación, Mario Torres, me invitó a formar parte de ese equipo. Nunca he sido afiliado a ningún partido político. Acepté el viceministerio y fue algo muy positivo. Tratar de mejorar las cosas desde el mundo de la docencia y la cooperación no es igual a estar adentro del aparato estatal; se pueden hacer mejores cambios desde el Gobierno.

¿De qué se siente satisfecho?

De la creación de 18 escuelas normales bilingües, para formar maestros en idiomas indígenas. Así como de la legislación indígena en materia educativa, aunque hay que reconocer que fue en actuación con la Academia de Lenguas Mayas y de congresistas indígenas, para lograr la Ley de Idiomas Nacionales, emitida en el 2003. Todavía logramos la emisión del acuerdo gubernativo acerca de la generalización de la educación bilingüe en el sistema educativo. Junto a los otros viceministros, incorporamos el concepto de Multiculturalidad en el Currículum Nacional Base. Además, de la creación del viceministerio de Educación Bilingüe. De eso me siento satisfecho.