Bicicultura: cómo es andar en bicicleta en la ciudad de Guatemala

Cada vez más personas usan la bicicleta como medio de transporte diario; unos por necesidad, otros porque en verdad lo disfrutan. Los expertos comentan cómo es viajar en bicicleta en la ciudad de Guatemala.

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Durante la pandemia, más personas se animaron a usar la bicicleta como medio de transporte para ir a trabajar. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González).
Durante la pandemia, más personas se animaron a usar la bicicleta como medio de transporte para ir a trabajar. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González).

La bicicleta ha cobrado auge en los últimos años. Cada vez son más las personas que optan por el ciclismo como medio de transporte, ya sea porque su trabajo lo requiere o han encontrado una forma de reencontrase consigo mismos. También lo interpretan como un concepto de libertad.

La pandemia ha provocado un estallido de ciclistas. El estudio Movilidad en bicicleta en la Ciudad de Guatemala, elaborado por la Municipalidad de Guatemala y Flacso en el 2020, en el que hizo una encuesta a mil 750 personas, detalla que, de estas, el 43 por ciento la utiliza como medio de transporte y recreación.

Durante la crisis sanitaria, el 33 por ciento la usa tres veces por semana y el 24 por ciento todos los días. Más de la mitad de los entrevistados indicó que antes de la pandemia utilizaba su automóvil, y el 28 por ciento se trasladaba en transporte público.

Muchos ciclistas consideran que el país no tiene la infraestructura adecuada para darles seguridad. Reforzar la educación vial; respetar al ciclista y al peatón, y que las ciclovías estén conectadas entre sí forman parte de sus demandas. Además, que no sean compartidas con los peatones, sino con los vehículos, con un sistema que los proteja de cualquier incidente.

El ciclismo es un amor a primera vista

Cansado de pasar entre cuatro y cinco horas diarias en el tráfico de Ciudad San Cristóbal y el Centro Histórico, René Girón, de 36 años, decidió mudarse a un lugar más céntrico, que le permitiera movilizarse con más tranquilidad y rapidez. “Estaba cansado de las colas, pero, aunque la bicicleta siempre me había parecido atractiva, no podía ir de mi casa a los lugares que frecuento, por mi trabajo, porque la mayoría están ubicados en las zona 1, 4, 10 y 15. Así que decidí mudarme al Centro Histórico”, relata.

Al cambiar de vivienda se dio cuenta de que el uso de la bicicleta, como medio de transporte, era factible porque las rutas son más planas y las distancias más cercanas. Así comenzó a probar, poco a poco. La utilizaba para ir a hacer un trámite, luego otro, hasta que “se enamoró” y su vida cambió por completo. “Descubrir las bondades que ofrece este vehículo fue mi amor a primera vista. Va mucho más allá del deporte o la salud y estoy convencido que no lo dejaré nunca” asegura.

Usar la bicicleta a diario, como su único medio de transporte, le ayudó a mejorar su salud física y mental, le disminuyó los niveles de ansiedad, dejó de fumar y mejoró sus ciclos de sueño. Además, del ahorro de tiempo y dinero.

“Me encantaría que más personas se sumen al uso de la bicicleta, pero para que eso suceda necesitamos más y mejor infraestructura, pensada primero para el transeúnte y luego para el ciclista. Una movilidad urbana sostenible comienza con un transporte público de calidad. Se trata de adecuar las ciudades a las personas, no a los automóviles. Es una cadena, quienes no puedan usar bicicletas usarán transporte público, pero si no son viables estas opciones, se verán obligadas a utilizar vehículos”, concluye.

Una manera de conocerse  y aplacar el dolor

Carmen Leiva comenzó su travesía en el ciclismo hace ocho años. En mayo del 2013 recibió su primera bicicleta, fue un regalo de sus hermanos. Con ella ha llegado a rincones de Guatemala que no hubiera imaginado conocer, y nunca pensó que al pedalear sanaría el dolor que dejó la partida de su hermano.

En diciembre de ese mismo año, junto a sus dos hermanos, se preparó para una travesía más como a la que estaban acostumbrados. “La idea era practicar el descenso del volcán de Pacaya, pero en ese viaje mi hermano falleció. Fue un golpe muy duro, fue como si me resetearan el cerebro, la vida. Dejé la bicicleta unos meses”, revela.

Antes del accidente Carmen no le temía a ningún camino. Subía y bajaba las montañas como si las conociera de memoria. Sin embargo, a los meses de vivir su duelo intentó retomar el ciclismo, pero fue más doloroso de lo que pensó. “No podía bajar ninguna montaña porque siempre lo hice con mi hermano adelante, así que en ese momento sentía que no tenía una guía. Olvidé cómo montar porque ya no sentía la seguridad que me daba él”, agrega.

Sin embargo, al año se propuso ganar todas las competencias de ciclismo que lanzó la Asociación de Ciclomontañismo de Guatemala (ACG), con el fin de pedalear para rendir honor a su hermano y no olvidar las enseñanzas que compartieron juntos. Más que obtener un trofeo o una medalla, cada contienda fue una oportunidad para canalizar su duelo. Así, pedaleando y llorando, fue como aprendió a vivir con la ausencia de su hermano.

Ahora, la “rebelde en pedales”, como ella se describe, recorre todos los fines de semana distintos lugares, desde Huehuetenango, Jutiapa y Chiquimula hasta cualquier destino turístico que desee conocer. Sube su bicicleta al carro, y junto a otros amigos deja que el camino la sorprenda con sus obstáculos. Además, es la embajadora de la organización World Ride, que trata de empoderar a las mujeres en el ciclismo de montaña como medio recreativo.

Para Carmen el ciclismo de montaña la ha llevado a conocerse mejor y a entender su cuerpo y mente. “El ciclismo fue la única forma en la que pude reintegrarme y conocer a más personas, con quienes compartimos una pasión. El saber usar bicicleta es la mejor herencia que me han dejado”, afirma.

A pesar de las caídas en los barrancos, de los perros que salen a ladrar cuando la ven pasar y de los comentarios de quienes tratan de convencerla de que Guatemala es peligrosa para las mujeres ciclistas, la joven continúa dispuesta a demostrar que vale la pena pedalear para reencontrarse con uno mismo y así crear nuevos lazos sociales.

“El confinamiento me motivó a usar la bicicleta a diario”

La bicicleta, como medio de recreación, estuvo presente en Hugo Berreondo, coordinador académico, desde su infancia. Sin embargo, por la inseguridad del país y el inicio de su adolescencia, la dejó de usar.

La retomó después, por necesidad. Cuando estudiaba en la Universidad de San Carlos de Guatemala se mudó con su familia a la carretera a El Salvador. Debido al tráfico no llegaba a tiempo a clases si viajaba en carro, así que se fue a vivir a una zona más céntrica y la utilizó para ir a clases.

No fue sino hasta el 2020, durante el confinamiento por la pandemia, que su uso pasó a ser permanente. “Después de estar en casa, ver las calles vacías, sin transporte público que inunda de humo las calles y ver menos automóviles, me animé”, expone. Su meta era que al terminar el confinamiento regresaría a trabajar en bicicleta, así que poco a poco la comenzó a utilizar en su trayecto de 7 km. Primero una vez al mes, después una vez a la semana, y “ahora no imagino moverme de otra forma”, sostiene.

Una de las primeras veces que la usó llamó a sus amigos para consultar qué otra ruta podría tomar para ir a la zona 1 desde la zona 7, que fuera segura y sin cruzar el puente El Incienso. “Me dio miedo pasar por allí. Los carros en el Periférico aumentan la velocidad y no hay banquetas para los peatones, que solo tienen un bordillo. Entonces, si para ellos es reducido el espacio, para los ciclistas también es complicado, sobre todo porque vamos en el carril derecho”, señala.

Para el joven, pasar del uso diario del carro a la bicicleta implicó cambiar su rutina. Por ejemplo, dejar sus zapatos formales en una gaveta del escritorio de la oficina, ya que “por si llueve, al menos trabajaré con los pies secos”, bromea. Además, verifica que la mayoría del trayecto sea plano para no llegar transpirado. “Cuando comencé me puse a buscar en Google consejos para no sudar en el camino. Mi recomendación es viajar con tiempo, para ir despacio. De la zona 7 a la 4 hago 40 minutos”, dice.

“Usar la bicicleta como medio de transporte me trajo bienestar físico y mental. Antes llegaba tenso a trabajar, porque, como debía madrugar, me quedaba dormido en el estacionamiento y entraba a la oficina de mal humor. Ahora voy con mejor ánimo porque duermo más y hago ejercicio. Este bienestar se refleja en mi billetera, porque ahorro en gasolina y el mantenimiento es más económico. Con el tiempo se adquiere experiencia; ni siquiera me he mojado con la lluvia”, enfatiza.

Más que un pasatiempo, una disciplina

El deporte es, sin duda, una pasión para Stephanie Falla, quien desde hace más de 12 años practica el atletismo y desde hace seis el triatlón, que comprende la natación, ciclismo y carrera a pie. Su disciplina la ha llevado a competir a nivel nacional e internacional. “Durante mi infancia no practiqué ningún deporte, pero cuando compré mi primera bicicleta mi mundo cambió. Comencé haciendo travesías para conocer más lugares en Guatemala, pero la emoción me llevó a ver el ciclismo como una disciplina a dominar, así que me dediqué a entrenar”, comparte.

 

Su rutina de entrenamiento de triatlón, cuando se prepara para una competencia, consiste en doble jornada de natación, una por la mañana y otra por la tarde, y hacer bicicleta o atletismo. Los fines de semana dedica más tiempo, acostumbra a entrenar de dos a cuatro horas, en carretera o en diferentes travesías, en la que participa con amigos o en solitario. “Para mí el deporte fue como cursar una maestría. Terminé mi carrera universitaria y me propuse sacar una maestría dominando una disciplina deportiva, así que el tiempo que le dedicaría a las clases a diario, lo empleo en los entrenamientos. Esa es la diferencia entre un pasatiempo y practicarlo de forma profesional: la dedicación”, afirma.

En ocasiones, cuando sabe que no le alcanzará el tiempo para entrenar, correo o utiliza su bicicleta como medio de transporte para llegar a la Universidad Francisco Marroquín, ya que es la directora de la Escuela de Cine y Artes Visuales. Al practicar para competencias internacionales, como el medio Ironman, serie de carreras de triatlón de 70.3 y 140.4 millas, entrena con circuitos en circuitos de ruta al Atlántico, con el fin de acostumbrarse al clima y pedalear por varias horas.

“Cuando un automóvil va en carretera es importante que pase despacio al lado del ciclista, porque, debido a la velocidad, la fuerza del aire puede provocar una caída.

Durante un entrenamiento camino a Puerto San José iba con mi colero -el vehículo que va detrás con luces de emergencia- pero un camión que transportaba caña pasó a mi lado demasiado rápido y la fuerza del aire hizo que perdiera el equilibrio. Como ciclista, pido que cuando los conductores pasen a nuestro lado tomen su precaución, debido a que he perdido familiares y amigos en la ruta por falta de la consideración que los conductores deben tener para peatones y ciclistas”, manifiesta.

Convencido de que es el vehículo del futuro

La profesión de abogado, en algunos casos, requiere recorrer diferentes instituciones del Estado, la Torre de Tribunales, registros públicos y oficinas administrativas, entre otros. Con el tráfico de la ciudad hacer ese recorrido, casi a diario, es muy cansado y tormentoso. Sin embargo, Enio Alburez, de 60 años, encontró a su mejor aliada: una bicicleta eléctrica.

“Comencé a usarla desde hace años. Al inicio era una convencional que usaba para practicar ciclismo de montaña, pero después surgió la inquietud de que también fuera mi medio de transporte. Al principio siempre da miedo, porque se analizan los riesgos de ser ciclista en la ciudad. Sin embargo, fueron las satisfacciones las que me convencieron. Por ejemplo, es un vehículo más económico, más rápido, hago ejercicio y me da sensación de libertad y autonomía”, explica.

 

Todos los días Alburez se prepara para ir a trabajar. Su vestimenta, debido a su actividad profesional, debe ser formal, porque visitará a clientes e instituciones. La mayoría de las veces es de traje completo. No obstante, usa encima una chumpa verde fluorescente “para que me miren”, matiza.

“Pedalear con tacuche da calor y uno se fatiga. Eso afectada la buena presentación frente a mis clientes. Por eso decidí convertir mi bicicleta convencional en eléctrica. Compré el motor y la batería y me ha ayudado a desplazarme sin ningún problema”, afirma.

Las bicicletas eléctricas asisten al ciclista a pedalear. “Si usted no pedalea, la bicicleta no se mueve”, explica. Además, tienen un botón de asistencia que ayuda cuando la persona está por enfrentar una cuesta o salir en un semáforo, ya que el vehículo pesa más por el motor y la batería.

El trayecto del abogado es casi el mismo todos los días: zonas 1, 4, 9, 10, 13 y 14, las cuales tienen ciclovías. Si debe ir más lejos analiza si las calles son seguras, si están en buen estado, si su destino cuenta con estacionamiento y el clima. “Uno de los retos es el parqueo. Me ha tocado asegurar mi bicicleta en contenedores de basura, postes, árboles, arriates, o no me dejan entrar porque no saben qué hacer con ella, porque los parqueos para bicicletas son escasos”, comenta.

El clima “es cuestión de suerte”, bromea, porque a pesar de ir preparado con una capa y protectores para sus zapatos, alguna vez ha tenido que refugiarse en pestañas de casas o en centros comerciales. También ha llamado a un amigo para que lo recoja. “Es bonito cuando quienes no me conocen y ven que llego en bicicleta sonríen y dicen frases como ¡qué pilas!, aunque a veces uno venga con el tacuche desaliñado porque se resbaló en el trayecto”, refiere con una sonrisa.