Piedras de luz y tiempo

Lo místico y lo puro, la luz y la oscuridad se combinan en la historia de un país que está marcada por sus ancestros mayas. Guatemala desde una perspectiva blanco y negro evoca antigüedad, pero también hace alusión a sabiduría, identidad y búsqueda de claridad.

El Templo I de Tikal es llamado Gran Jaguar en alusión al gobernante Jasaw Chan K'awiil, quien ordenó su construcción en el año 734. La pirámide  tuvo originalmente una  colorida decoración pero hoy su característico blanco y negro es un ícono inconfundible de Guatemala. (Foto Prensa Libre: Sergio Montúfar Codoñer).
El Templo I de Tikal es llamado Gran Jaguar en alusión al gobernante Jasaw Chan K'awiil, quien ordenó su construcción en el año 734. La pirámide tuvo originalmente una colorida decoración pero hoy su característico blanco y negro es un ícono inconfundible de Guatemala. (Foto Prensa Libre: Sergio Montúfar Codoñer).

Rocas que evocan tiempos ancestrales, la luz del Corazón del Cielo frente a la oscuridad de Xibalbá; brillos de luna,  monja blanca y  cascadas claras de montaña se conjugan con la silueta de los volcanes y la arena oscura del Pacífico: blanco y negro se combinan en la historia de un país enraizada en la monumentalidad maya. Guatemala en claroscuro evoca antigüedad, pero también hace alusión a sabiduría, la identidad y búsqueda perenne de claridad. Esto último, sobre todo, por su contexto político y deseo de vivir una verdadera democracia.

Aunque sus matices pasen inadvertidos, son incontables tonalidades de blanco y negro las que codifican la historia de Guatemala, desde pirámides prehispánicas, arquitectura colonial hasta la  piedra de moler que hace germinar  el sabor de las tortillas de maíz. Es la ceniza que se coloca en la frente  en cada inicio de 40 días y noches de penitencia.

La alusión de pureza espiritual viene a la mente al contemplar la Basílica de Esquipulas, la Catedral de Antigua Guatemala y el templo de Chichicastenango.

Cosmovisión de luz

El pensamiento cosmogónico de los pueblos mayas explica los ángulos del universo, relacionándolos con colores específicos: rojo, amarillo, blanco y negro. Por ello es difícil separarlos, porque los cuatro son integrales y juntos tienen mayor significado, dice Julio Menchú, guía espiritual maya.

K’ak’ Tiliw Chan Yopaat llevó a su esplendor la ciudad maya de Quiriguá. Su rostro figura en varias estelas. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL).

Para los mayas, el negro hace alusión a la noche y al occidente, porque es en ese punto donde se esconde el Sol. La ausencia de color es sinónimo de descanso, ese tiempo destinado para reflexionar. “La noche, por muy oscura que sea, es importante para vivir. Durante ese tiempo se crece espiritual y físicamente. Por ejemplo, el cabello y las plantas crecen de noche. Además, en medicina se dice que cuando alguien está grave, si sobrevive la noche puede vivir, pues la oscuridad también es luz, guía y esperanza”.

El blanco es el norte, constituye el pilar del camino y de la sabiduría. Está relacionado con lo espiritual  porque hace referencia al lugar de reposo del nawal de los abuelos que ya fallecieron. Debido a que es un color que está en los huesos, se enlaza con la muerte y el frío. Además, se relaciona mucho con el amarillo y expresan la dualidad, porque según relata el Popol Vuh, el ser humano fue hecho de maíz blanco y amarillo.

Piedras milenarias

Más allá del significado de los colores, para los mayas el blanco y negro se visualiza en sus majestuosas construcciones. Templos y pirámides como Tikal, Yaxhá, El Mirador, Quiriguá, Nakum, Zaculeu, Topoxte, Uaxactún, Iximché, Gumarcaaj y tantas más. Además de compartir historia se caracterizan por tener tonalidades blancas y grisáceas, con ciertos tonos verduzcos por la humedad.

La arquitectura de la cultura maya está basada en la roca caliza, formada por sedimentos. Debido a que Petén y Huehuetenango son tierras ricas en esta roca, para sus poblaciones era el material de más fácil acceso para construir. Para dar detalles y retoques a las estructuras, crearon el “estuco”, hecho de piedra caliza cocida, mezclada con un pegamento orgánico extraído de un árbol llamado holol, también usaban mascarones, cresterías talladas en piedra o elementos iconográficos para tallar la piedra, que era recubierta de colores, pero por efecto del tiempo solo queda  el claroscuro.

Fotografía: Justin Kerr/Mayavase Database/Fotografía tomada con la técnica Rollout Vase
La oscuridad del inframundo maya es representado en este vaso cilíndrico del sitio Naranjo, conocido como El de los 7 dioses.
Fotografía Prensa Libre: Rollout Justin Kerr.

“Algunos sitios al norte de Petén están hechos de roca caliza más fuerte, por eso los templos no han tenido muchos daños. En cambio, en el sur, las estructuras están más dañadas porque la piedra de esa zona era más suave y de menor calidad”, dice Carlos Cruz, arqueólogo.

Sin herramientas de metal o animales de carga, los mayas, con un gran esfuerzo colectivo, construyeron grandes ciudades entre selva y montaña. Ya que el suelo de Petén es cálcico buscaron las zonas más fuertes para construir caleras y movilizar grandes bloques de piedra caliza, con andamios y poleas.  Con hornos, en donde se exponía la piedra a un intenso calor, desprendían sustancias volátiles y extraían la cal. Hoy sobreviven esas moles de roca, en medio de cantos de aves.

 Desde el cielo oscuro

Cuando el negro no se ve en la arquitectura, se puede apreciar durante la noche, cuando los cielos despejados permiten observar las estrellas. Esta práctica también radica en la cultura maya, que desarrolló la Astronomía con   una precisión que aún sorprende.

Por eso fueron capaces de crear dos calendarios, el Tzolk’in y el Haab.  Para Sergio Montúfar, astrofotógrafo, tener la oportunidad de observar el cielo, apreciar sus distintos tonos de negro y ver las estrellas en lugares alejados de las urbes es una experiencia que invita a reflexionar acerca sobre la vida. Las creencias, culturas, imposiciones sociales, incluso la situación actual del mundo quedan en segundo plano al observar los astros que, desde acá, se ven pequeños, pero en exactísimas órbitas cuya precisa combinación abarca miles de millones de años.

El fulgor del cielo oscuro. Paisaje nocturno de Sipacate, Escuintla, del astrofotógrafo Sergio Montúfar, que ganó el primer lugar del Photo Nightscape Awards 2020 en Francia. (Foto Prensa Libre: Sergio Montúfar).

Decir cielos nocturnos oscuros no es una redundancia, sino una cualidad: no tener contaminación lumínica, es decir luz artificial que obstruya la visibilidad de los cuerpos celestes. Tener la oportunidad de apreciarlos cada vez es más difícil, debido a que el 80% de la población a escala mundial vive bajo cielos contaminados. Sin embargo, en Guatemala, en la cima de los volcanes, en la Sierra de las Minas o Los Cuchumatanes, Huehuetenango, es posible visibilizar el cielo en un grado dos y tres, que son términos medios en   que todavía se disfruta de una observación estelar satisfactoria y en la cual se logran fotografías impactantes.

La pureza del agua

El blanco es protagonista en los desniveles bruscos del cauce del río, lo cual forma cataratas y cascadas, cuyo canto incesante al golpear las piedras es un escape incomparable.

Uno de los paisajes más atractivos de la naturaleza se encuentra a tan solo dos horas de la capital, en   Santa Rosa. Las cataratas de Los Amates. De 50 metros de ancho y hasta 30 de altura, están formadas por una gran pared de roca de la cual salen las seis cascadas que brindan una vista espectacular en medio del entorno agreste. Además de observarlas, se tiene la oportunidad de practicar rappel o acampar, al tiempo de apreciar la naturaleza que las rodea, según Édgar Rivera, de la agencia de turismo de aventura K’ashem.

Las cataratas de Los Amates, en Oratorio Santa Rosa constituyen un remanso refrescante enmedio de un ambiente rocoso y agreste. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL).

El Salto de Chilascó, en Baja Verapaz, es una caída de 130 metros de altura, por lo que es una de las cataratas más grandes de Centroamérica. Al estar rodeada de un característico bosque nuboso, invita a hacer un recorrido alrededor de ella. La gran cantidad de agua que circula en ellas, la altura desde la cual  caen y la fuerza con  que descienden es lo más impresionante. El agua es fuente de vida, no solo para los humanos, sino para la fauna y flora. Por ello es importante cuidarla, ya que, en el país, la mayoría de los cuerpos de agua está en riesgo, por contaminación y seguías, afirma la bióloga Rocío Silva.

La sequía se da principalmente por tala inmoderada de los bosques e irregularidad de lluvia. Pero también hay cascadas que mueren debido al desvío de ríos o por contaminación causada por la mala gestión de los desechos líquidos y sólidos. No obstante, todavía sobreviven en Guatemala esos torrentes blancos que conversan con la neblina, también blanca, después de una larga noche de montaña.