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El legado artístico de los hermanos Solís

Los hermanos Manuel y Huberto Solís brillaron en el ámbito artístico en dos ramas diferentes durante la segunda mitad del siglo XX.

Por Hemeroteca PL

Don Manuel Solís Soberanis trabaja en su taller. (Foto: Hemeroteca PL)
Don Manuel Solís Soberanis trabaja en su taller. (Foto: Hemeroteca PL)

En la 3a. calle de la zona 1, a media cuadra del templo La Recolección, los transeúntes caminan sin saber que la casa marcada con el número 21 era, durante la segunda mitad del siglo XX, el centro de convergencia de músicos y religiosos que buscaban los servicios de los hermanos Manuel y Huberto Solís Soberanis.

La romería a este inmueble se debía a que ahí tenían ellos su taller. Manuel se dedicaba a la elaboración y reparación de instrumentos musicales, y Huberto, a la imaginería.

Para efectuar su trabajo construyeron un entrepiso. La estructura era de madera, y precaria. “Había algunas tablas quebradas que reparaban con nuevas piezas del mismo material, y cuando no era madera, tapaban los agujeros con placas de automóviles”, recuerda el violinista Marcos Barrientos, quien en ese entonces era un adolescente que solía visitar el taller de los Solís.

La influencia de don Manuel, quien en su momento fue el único lutier —constructor y restaurador de instrumentos musicales— en Centroamérica, fue decisiva en el interés de Barrientos, para dedicarse a la reparación de violines antiguos.

La reputación de los hermanos trascendió la frontera. En un templo de Santa Ana, El Salvador, la escultura del Divino Salvador del Mundo fue tallada por Huberto. Músicos extranjeros también acudieron a Manuel para confiarle sus instrumentos.



Uno de los primeros violines de Manuel Solís. (Foto: Hemeroteca PL)
Uno de los primeros violines de Manuel Solís. (Foto: Hemeroteca PL)


Don Manuel

Patricia Dardón, nieta del lutier, recuerda que Andrés Archila (Guatemala 1913–Washington 2002), connotado violinista que trascendió las fronteras, utilizaba un instrumento construido por su abuelo, y que, debido a su calidad sonora, hubo interesados en comprárselo.

“Cuando terminaba un violín o una viola acudía al santoral para ponerle nombre a su creación. El violín de Archila se llamaba Manuel Andrés, y se decía que después del Stradivarius ese instrumento era el que mejor fidelidad sonora tenía”.

El 26 de marzo de 1965, en un reportaje publicado en el diario El Gráfico, titulado: “Un Stradivarius guatemalteco”, don Manuel menciona que en 1925 construyó su primer violín. “Fue uno mal hecho, pero encontró comprador”, dijo entonces el lutier a la prensa. Con los años, Solís perfeccionó su técnica. En la nota se especifica que en 1958 siete de sus instrumentos eran interpretados por integrantes de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Los músicos e historiadores Francisco Rodríguez Rouanet y su hijo Luis Antonio Rodríguez fueron vecinos y amigos de los hermanos Solís. El primero cuenta que en tiempos de la Segunda Guerra Mundial visitó el país el violinista Yehudi Menuhin, procedente de México. “Pero debido a la humedad, durante el viaje se le despegó un poco la tapa del violín, un Stradivarius”.

Francisco Rodríguez cuenta que don Manuel no solo reparó las partes despegadas, sino que ajustó una pieza llamada “el alma del violín”, uno de los soportes estructurales que ayuda a transmitir mejor los sonidos dentro de la caja de resonancia del instrumento. “Menuhin no se movió durante todo el tiempo que don Manuel trabajó. Al final quedó encantado y muy agradecido”, recuerda.



Don Huberto Solís Soberanis talla la réplica del Cristo de Velásquez. (Foto: Hemeroteca PL)
Don Huberto Solís Soberanis talla la réplica del Cristo de Velásquez. (Foto: Hemeroteca PL)


Don Huberto

“Mi tío abuelo fue pintor, escultor y músico. Por algún tiempo también formó parte de la Sinfónica y posteriormente se dedicó a tallar imágenes. Hizo muchos Niños Dios, y en la iglesia de la Recolección hay varias de sus obras: la Virgen de Dolores, María Magdalena y San Juan”, dice Dardón.

Francisco Rodríguez menciona que también trabajó la Magdalena y el San Juan de la iglesia de San Agustín, la Virgen de Concepción del templo de San Francisco y una Magdalena de la iglesia de Santo Domingo, y que retocó muchas otras, como los pasos del templo de El Calvario, e hizo muchas otras que actualmente se encuentran en manos de particulares.

Pero es en la iglesia de Santa Delfina de Signé, en la finca El Zapote, donde se encuentran dos de los trabajos emblemáticos de don Huberto. Estas imágenes las talló a partir de estampas. Se trata de una Virgen del Rosario y un Cristo crucificado. La primera es una reproducción de la conocida imagen del templo dominico y le demoró 14 años concluirla.

“Está en el altar mayor, y por la distancia no se aprecia, pero el manto que la cubre no es tela, está tallado”, explica Dardón, y agrega que otra obra que lo consagra es el Crucificado que creó a partir de la pintura del español Diego Velázquez (1599-1660). Tardó 20 años en esculpirla y se exhibe desde 1974 en el mismo templo.

Dardón confiesa sentirse orgullosa de ser descendiente de los hermanos Solís. “Fueron personas muy sencillas, y como suele suceder en nuestro país, como artistas se les dio poco apoyo, aunque hayan sido gloria para Guatemala. No tuvieron mayores posesiones; murieron en una pobreza terrible pero dejaron mucho a Guatemala en lo que respecta al arte”, asegura.

Artistas

Manuel Solís nació el 25 de enero de 1897 y falleció el 12 de mayo de 1977. Tocó el violín y además de construir varios de esos instrumentos fabricó violas y una guitarra. También afinó pianos.Huberto Solís nació en 1900 y falleció el 9 de agosto de 1983. También fue músico; tocó el chelo. Destacó como escultor y también fue pintor. Sin embargo, él mismo decía que era la música la que le daba de comer. Participó con la Sinfónica y tocó en misas.