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El guardián del fin del mundo

Al final del mundo, donde el frío entumece y el viento sopla fuerte, el marino José Aguayo y su familia viven en medio de la nada. Decididos a pasar más tiempo juntos, aceptaron el desafío de dirigir uno de los faros más australes del mundo para guiar a los buques que cruzan el temido paso Drake.

Por Chile/AFP

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Considerada la más austral de las rutas de comunicación entre el océano Pacífico y el Atlántico, sus aguas, unas de las más tormentosas del planeta, se han convertido en cementerio de más de 10 mil marineros y 800 buques desde el siglo XVII.

De ahí la necesidad de velar el camino de los marineros que se arriesgan a cruzarlas, aunque el cambio climático y los instrumentos de navegación actuales hacen que las condiciones no sean las mismas que en el pasado.

¿Qué hace que alguien acepte resguardar esta ruta a costa de vivir en medio de la nada?

Riesgo

  • Según la Marina chilena, el Cabo de Hornos es la zona con mayor número de naufragios en el mundo, dando vida a increíbles historias de muerte y sobrevivencia que han inspirado a escritores, como el chileno Francisco Coloane, con su libro Cabo de Hornos.

“Los niños me motivaron un poco”, cuenta José Aguayo, un marino acostumbrado a pasar largos periodos separado de su familia y que desde noviembre está a cargo de la “Alcaldía del mar de Cabo de Hornos”, el último punto habitado que separa Sudamérica de la Antártida.

“Por mi función de marino uno navega mucho. Vicente (su hijo) tiene 11 años y llevo 10 años navegando. Así que ellos querían estar con el papá, y qué mejor forma que estar acá”, agrega Aguayo que se trasladó a este lugar junto a su esposa Natalia Rodríguez y sus dos hijos, Vicente, de 11 años, y Montserrat, de cinco.

Verdadero hombre de mar

El día en la isla Cabo de Hornos arranca temprano. Aguayo se levanta a las tres de la madrugada para hacer las mediciones meteorológicas y a las seis en época estival recibe a las embarcaciones de turistas que desembarcan en este remoto lugar, atraídos por conocer cómo es el fin del mundo.

“Es una alcaldía diferente en el sentido de que tiene mucho control de tráfico y tiene muchas visitas en el periodo estival, pero la hemos sabido llevar y hasta la fecha llevamos cuatro mil visitantes en la isla y todavía me preguntan cómo todavía puedo estar sonriendo”, relata.





Hasta antes de la construcción del Canal de Panamá, la ruta era obligatoria para cruzar entre el Atlántico y el Pacífico.

¿Cómo es el fin del mundo?

  • Aguayo se levanta de madrugada para hacer las mediciones meteorológicas y en época estival recibe a las embarcaciones de turistas que desembarcan en este remoto lugar, atraídos por conocer cómo es el fin del mundo.

Según la Marina chilena, el Cabo de Hornos es la zona con mayor número de naufragios en el mundo, dando vida a increíbles historias de muerte y sobrevivencia que han inspirado a escritores, como el chileno Francisco Coloane, con su libro Cabo de Hornos.

“En boca de los marinos, navegar este Cabo de Hornos entregaba tácitamente a los comandantes, capitanes y tripulantes el codiciado rango de verdadero hombre de mar y el indiscutible derecho de ser escuchado por doquier con admiración y respeto”, relató el comandante en jefe de la Tercera Zona Naval, Ivo Brito Sánchez, con motivo de la conmemoración de los 400 años del descubrimiento del Cabo de Hornos, a finales de enero.

Vida al final del mundo

La familia Aguayo vive desde hace dos meses en esta pequeña isla resguardando el Faro Monumental del Cabo de Hornos, construido por la Marina chilena en 1991.

No se divisa un solo árbol y solo una tupida estepa sobrevive a los vientos de hasta cien km por hora que la azotan día y noche, sin tregua.

El paso Drake

  • Considerada la más austral de las rutas de comunicación entre el océano Pacífico y el Atlántico, sus aguas, unas de las más tormentosas del planeta, se han convertido en cementerio de más de 10 mil marineros y 800 buques desde el siglo XVII.

Aparte de la casa familiar en el mismo faro hay solo una pequeña pista de aterrizaje y una capilla.

No hay mucho que hacer en este remoto lugar. El viento tampoco ayuda. “Los niños están muy bien. Los dos comparten mucho y, como en este periodo hemos tenido mucho tiempo, juegan Xbox en la casa”, relata el padre.

La casa en la que viven no se diferencia mucho de las viviendas que se pueden encontrar en las grandes ciudades. Cuenta con conexión satelital, teléfono e internet.

“No estamos desconectados del mundo”, afirma Aguayo desde uno de los lugares más remotos del planeta, donde el último lugar habitado está a más de cinco horas de navegación.