Comunitario

La educación los hace libres

En Guatemala, unos 800 mil niños y adolescentes de entre 7 y 17 años están ocupados en alguna actividad laboral, y de ellos, unos 600 mil se dedican a la agricultura.

Por Brenda Martínez

Jóvenes ejemplares vencen día a día las adversidades de su entorno con su motivación y esfuerzo, apoyados por las becas de la Fundación Telefónica.
Jóvenes ejemplares vencen día a día las adversidades de su entorno con su motivación y esfuerzo, apoyados por las becas de la Fundación Telefónica.

La mayoría no asiste a la escuela o tiene rezago, lo que derivará, en muchos casos, en deserción escolar antes de que cumplan los 18 años.

Para reducir el trabajo infantil, el Programa Proniño, de la Fundación Telefónica, ha apoyado durante 10 años a 42 mil 500 niños y jóvenes de 13 departamentos para que continúen y concluyan su educación primaria, básica y diversificada, explica el director de esa entidad, José Antonio Fernández.

Como evidencia de los resultados de esa labor social en beneficio de la niñez y la adolescencia guatemaltecas, la Fundación editó el año pasado el libro ¡Vamos, muchá!, en el que se expone la inspiradora historia de 12 jóvenes que han sido becados desde hace varios años para que se conviertan, pese a sus vicisitudes, en arquitectos de un futuro mejor para ellos, sus familias y su comunidad, mediante la educación.

Las becas no solo consisten en darles útiles escolares, libros de texto, uniformes, mochilas y colegiaturas, sino también les imparten talleres motivacionales, de emprendimiento y salud.

Además, se involucra a los padres de familia, maestros y directores de las escuelas, para que el apoyo sea integral y los beneficios se propaguen.

Historias

Luis Aurelio Vicente, 19 años

El año pasado, Luis, originario de Santa Cruz Muluá, Retalhuleu, se graduó de maestro, gracias a la beca. Cuando comenzó a estudiar, su padre no estaba de acuerdo, porque quería que sus hijos trabajaran en picar piedras. Su madre lo alentaba a no dejar los estudios. “Quiero un futuro mejor para ellos”, recuerda Luis que dijo su mamá.

Cuando regresaba de estudiar, para ayudar a la economía familiar, recolectaba leña o picaba piedra. “Cuando había dinero, íbamos a estudiar; si no, trabajábamos”, dice. Pese a ello, siempre fue un estudiante dedicado.

“Mi mamá se puso contenta cuando nos graduamos con mi hermano, porque era una meta cumplida, para que nosotros ahora trabajemos y ayudemos a sacar adelante a nuestros hermanos pequeños”, afirma





Sonia Barrera, 16

Vive en Momostenango, Totonicapán, donde estudia Magisterio Infantil Bilingüe. Tiene nueve hermanos. Gracias a la oportunidad de estudio de la que se beneficia desde hace seis años y a los talleres que les impartieron a sus padres, ahora ellos comprenden la importancia de la educación.

“Cuando más lo necesitaba me dieron el regalo más grande, mis útiles escolares”, dice. Por las mañanas estudia y por las tardes ayuda a su padre a cultivar tomate, maíz y pimientos, y a alimentar a los animales de la granja.

“Hay personas que se avergüenzan de hablar en k’iche’, pero deberíamos estar orgullosos de este idioma y de la cultura maya”, dice Sonia, quien anhela ser oftalmóloga.

También le gustan los talleres de emprendimiento, donde aprende a hacer manualidades. “Tenemos que demostrar que sí podemos cumplir nuestros sueños. Ahora, mi papá me dice que me quiere ver convertida en profesional”, añade.





Reyna Tagual, 13 años

Vive en Novillero, Santa Lucía Utatlán, Sololá, donde cursa segundo básico. Antes de recibir la beca, en el 2009, trabajaba de niñera por las tardes. Ahora se dedica solo a sus estudios. Sus materias preferidas son Matemática e Idioma Español. Lo que más le gusta es leer cuentos y declamar.

“No mires al pasado, haz como el sol, recuerda que el sol nace como luz nueva...”, es uno de los versos de su poema favorito.

“Los padres deben cambiar su mentalidad de que solo los hombres deben estudiar. Con un título podemos trabajar y sostener a la familia”, comenta la adolescente, que sueña con ser médica. Además de estudiante sobresaliente, fue Niña de la Paz y representó a su escuela en el 2010.





Fausto Petet, 16 años

Es originario y reside en Santa María de Jesús, Sacatepéquez, con sus padres y cuatro hermanos. Cursa el cuarto grado de Perito Contador con Orientación en Computación, los sábados. Le gusta mucho Matemática y Fundamentos del Derecho.

Ayuda a su padre en las faenas agrícolas. “Me gustaría seguir en la universidad y ser abogado, para saber cuáles son mis derechos, y que los demás los conozcan, para que no los discriminen”, explica. “A mi papá no le alcanza el dinero, y este año se puso feliz al saber que me siguen ayudando con mis estudios”, añade. “La educación nos abrirá más puertas. Quienes no trabajan deben aprovechar sus estudios, para levantar a Guatemala”, insta. “Quiero ayudar a mi papá, para que su vida no se acabe en el campo”, expresa.





Luis Enriquez Méndez, 18 años

Vive en Chimaltenango, pero se muda con su familia cada vez que tienen problemas con el terreno donde se encuentra su precaria vivienda.

Estudia cuarto Perito en Administración de Empresas y ha sido un estudiante destacado.

“Lo que más me gusta de estudiar es que podré tener un buen trabajo y ayudar a mi familia”, afirma. Cuando cursó primero y segundo básico trabajaba en la recolección de leña, por las mañanas, y estudiaba por las tardes.

“Gracias a la Fundación Telefónica dejé de trabajar y pude dedicarme solo a mis estudios. Es muy cansado levantarse bien temprano para ir al trabajo, luego estudiar y en la noche hacer las tareas”, dice.

“Cuando sea grande y empresario quiero tener un alianza con Telefónica, para poder agradecerles lo que hacen por mí, al ayudar a otras personas de aldeas lejanas para que continúen sus estudios”, añade.





Norma Dalila Choc, 15 años

Entre semana, Norma, originaria de Patzicía, Chimaltenango, estudia cuarto grado de Magisterio Infantil como interna en un establecimiento educativo. El domingo ayuda a su padre a cultivar lechuga y arveja. “Si la Fundación no me hubiera ayudado con mis útiles, tal vez no estudiaría. Ellos me animaron a hacerlo”, cuenta Norma, que recibe este apoyo desde sexto grado primaria, y ahora con las colegiaturas de su carrera. “Hay personas que me dicen que por gusto estoy estudiando, que de todas maneras me voy a casar, pero mi meta es terminar mis estudios y, si Dios lo permite, quiero seguir en la universidad, para enseñar Comunicación y Lenguaje en varios idiomas mayas”, comparte. “Si las personas hubieran estudiado de pequeñas y si los padres las hubieran alentado a hacerlo, seguramente no habría tanta violencia”, dice.