Revista D

La sexta musa

Poetisa, intelectual, activista, esposa de un ícono de la Revolución de 1944 y amiga de infancia de Miguel Ángel Asturias.

Por Claudia Palma

Magdalena Spínola durante la década de 1930.
Magdalena Spínola durante la década de 1930.




En la mitolología griega Erato es la musa de la poesía, especialmente de la amorosa. Magdalena Spínola (1896-1991) es comparada con esta divinidad en Las nueve musas del parnaso guatemalense, de Horacio Figueroa Marroquín. Su vida estuvo marcada por las ausencias, la muerte, y el dolor que guardó en sus versos.

Niña de Candelaria

Con relación a la maestra, años después, la poetisa narró a Clara Meneses de Soto, autora de la Biografía de Magdalena Spínola lo siguiente: “Su proximidad se denunciaba por el fru-fru de la cola de su vestido al rozarse con el suelo. ‘El cortaplumas no se toma así requiere más soltura’, corregía a sus estudiantes mientras pasaba entre las filas durante los ejercicios de escritura”.

La pequeña Magdalena vivía con su abuela materna, en una solariega casa, rodeada de árboles, ubicada en la Avenida Central número 102. Perdió a su madre cuando tenía cuatro años, cinco meses después falleció su padre y Stella, la única hermana sobreviviente que tenía, fue entregada a sus abuelos paternos, en Estados Unidos.

“¿Qué ratificó mi corazón cuando al siguiente día, sin mediar explicaciones me vistieron de luto y trenzaron mis cabellos con listones negros? Yo por mi parte, también guardé silencio porque demasiado sabía lo que en vano trataban de ocultarme”, escribió en relación con esos sucesos en su poema Carta a la madre muerta. La pérdida de su progenitora sería la primera de muchas que experimentaría.

Su abuela Josefa Frías se hizo cargo de la custodia. Era una mujer conservadora que “no dejaba que tuviera amigas, aduciendo como único pretexto que tenían malas costumbres”, relató Spínola a Meneses, su biógrafa. Sus únicos compañeros eran una amiga invisible y su perro Harún que terminó por desesperar a su abuela, quien lo devolvió a los antiguos dueños. La lectura de los libros de cuentos ocupaba sus horas.

Compartía su gusto por las historias fantásticas con su vecino— el niño que vivía en la casa número 96— y que con los años ganaría el premio Nobel de Literatura: Miguel Ángel Asturias.

La amistad entre él y Spínola a quien llamaba ,“la muchachita de Candelaria”, se prolongó durante toda la vida, al punto que él escribió el prólogo de su primer libro Gabriela Mistral huéspeda de honor en su patria (1968).

Trágico amor

“No eran nuevos sus ojos: en mis noches de insomnio se me habían clavado; no era nueva su boca: en mis lóbregos días ya me había besado”, escribió en el poema Predestinados, de esos encuentros nocturnos con Efraín Aguilar Fuentes, con quien se casó y tuvo cuatro hijos de los que sobrevivieron dos; Rafael y Lilian Eugenia.

Aguilar era un intrépido abogado que al encontrar oposición en las familias a su matrimonio con Magdalena envió un telegrama al entonces presidente Manuel Estrada Cabrera. El Señor Presidente indicó en su respuesta el día y la hora de la boda. La fiesta que se celebró en el famoso salón de Las Palmas, situado en la 12 calle y 3ª. avenida de la zona 1, fue cortesía del mandatario.

Sin embargo, años después, el espíritu contestatario de Aguilar Fuentes lo llevó a pronunciar encendidos discursos contra Estrada Cabrera, lo que le costó el exilio, junto a su familia, en El Salvador, Honduras y Nicaragua.

Los vaivenes políticos no detuvieron la producción literaria de Spínola, quien redactaba casi a diario y enviaba sus textos a periódicos y revistas guatemaltecas. Conservó la costumbre de escribir, incluso hasta sus últimos años, de tres a cinco de la tarde, cuenta su nieto Álvaro Aguilar.

Cinco días después de que Jorge Ubico (1931-1944) tomó posesión, Aguilar Fuentes integró el gabinete. Tres años más tarde, en 1934, durante una cena de correligionarios, cuando Ubico anunció su intención de reelegirse, el joven abogado se puso de pie y arremetió en su contra. Participó en varias conspiraciones para derrocarlo hasta que fue apresado y condenado al paredón.

Cuando Spínola supo la decisión de Ubico tomó a sus pequeños hijos y fue a la casa del gobernante con la esperanza de hacerlo desistir, pero el mandatario respondió que estaba de descanso y no podría atenderla. El 18 de septiembre de 1934, Aguilar Fuentes fue fusilado.

“Todo tiene su fin. ¿Acaso no es la vida sino un germen de su muerte? Sucumben los rosales al cierzo inexorable; y cada luz henchida que envuelve el corazón presagia temporales”, escribió años después Spínola cuando su esposo se convirtió en un ícono de la Revolución de Octubre de 1944 y de la lucha “antiubiquista”.

Spínola no volvió a casarse. Casi dos décadas después, surgió el amor entre ella y Carlos Wyld Ospina, pero nunca se concretó, porque él falleció.

Herida pero no vencida

La muerte de sus más cercanos siempre la acechó. El 7 de abril de 1971, quedó devastada tras el deceso, a causa de la leucemia, de su hija mayor Lilian Eugenia. “Estoy sola, a merced de mi congoja. No, sola no. Conmigo está su gesto, su recuerdo de dulce primavera, su flexible y florido junco, la risueña manzana de su rostro, su cascabel dormido, conmigo toda ella”, escribió.

Se refugió dos años en Chile y volvió para criar a sus tres nietos: Vilma, Álvaro y Plubio, los dos últimos integrantes de Alux Nahual. En 1977 publicó su libro de poemas Tránsito Lírico.

Al final de su vida se reunió con su hermana Stella, quien padecía de demencia senil. La gripe y un herpes en la espalda complicaron el cuadro de salud de la poetisa.

Su partida del mundo fue como ella lo presagió en uno de sus poemas: “ondulante y ligera como una mariposa salida del capullo, iré por el espacio; en la brisa aromada de pensiles, en los rayos solares, en los claros de luna”. Murió mientras dormía.