Opinión

“Almuerzos ejecutivos”

En la plaza de comida de un centro comercial de cuyo nombre no quiero acordarme, comí hace poco un pellejo de res con más chirmol que carne, algo menos duro que un caite, cercado por guarniciones de guacamol con sabor a refrigeradora y un suspiro de frijoles. En algunos lugares, el problema no es que la carne esté mal cocinada -todo lo contrario, los cocineros hacen lo humanamente posible con lo barato que compran los dueños-,  sino que se economizan gastos reduciendo la calidad de los alimentos. No hablo de sitios donde se come a fuego lento, sino de aquellos adonde acuden cientos de miles de oficinistas cada día durante su hora de almuerzo. Según mi experiencia en los restaurantes del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala, un día abren uno y se come bien;

Por JUAN CARLOS LEMUS

Juan Carlos Lemus
Juan Carlos Lemus

semanas o meses después, el pollo servido es enjuto, despiden a la cocinera, el mesero luce inconforme, sale a flote lo insalubre, el cajero acaba sirviendo la mesa; conviene ir a otro sitio.

Además, se tiene la idea de que los oficinistas y burócratas de corbata prefieren la comida gurmé. Entonces, les crean la ilusión de que almuerzan en un crucero y les sirven cuero adornado con algún monte, en platos espolvoreados de queso. Mucha presentación, poco sustento, ningún alimento.

Ofrecen “almuerzos ejecutivos”, es decir, “de alta dirección”. Se provoca así un mentiroso ascenso de estatus, un falso empoderamiento del empleado. Al hacerlo, se subestima su valor verdadero como consumidor real. Se le menosprecia porque no se le otorga un servicio auténtico, sino otro dirigido a una categoría ficticia. ¿Por qué no asumir su condición de por sí digna y merecedora de lo mejor?

A quienes tienen la oportunidad de abrir esos negocios no está de más sugerirles que inviertan más en la calidad de sus productos. No basta que exijan amabilidad y rapidez a los meseros. No sean ruines ni sean simples. En algunos lugares del centro venden churrascos soplados en las aceras que crean cámaras de humo en los locales. Allí están la cocinera sudando, el comensal ahumado y el transeúnte cubriéndose la nariz. El uniformado olerá a chorizo y tendrá los ojos rojos el resto de la tarde. Lo que debería ser un momento de placer que le haría olvidar el tormento de la oficina, es otra calamidad.

Y luego, el café. Lo peor de lo peor. Tenemos el mejor café del mundo y baristas que han ganado premios internacionales. Por qué, entonces, el buen café se sirve solo en lugares especializados. En los restaurantes comunes se suele vender agua de calcetín o café instantáneo, que es como comerse un asado de soya. El Mercado Central tiene excelente comida casera, pero mala oferta de café.

No al caite por liebre. No al arroz masudo. No a la verdura mal lavada y cocida solo con sal. No a los traficantes del fideo, al churrasco duro de perro; no las tortillas recalentadas. Hagan una revisión seria de su negocio; provoquen un cambio culinario que puede ser grandioso tanto en los centros comerciales como en el Centro Histórico. El comensal, la oficinista, el secretario merecen lo mejor. Ellos les dan de comer a ustedes. Nadie mal alimentado es feliz. También por eso estamos como estamos.

@juanlemus9