Opinión

Cabildo abierto Hegemonía racista

En Guatemala pervive un racismo recalcitrante, que MINUGUA recién denunció como un apartheid de hecho.

Por POR: VÍCTOR FERRIGNO

Cuando los terroristas consumaron sus criminales atentados en Nueva York y Washington, no sólo asesinaron gente inocente y provocaron a la potencia más grande del mundo, sino que le brindaron la excusa perfecta a los guerreristas, a los racistas y a los enemigos de los Derechos Humanos para poder dar rienda suelta a todas sus fobias.

La violencia irracional de minúsculos grupos terroristas no derrumbará al poderío económico y militar, aunque golpea brutalmente a los civiles y, sobre todo, debilita la acción y las justas demandas de oprimidos, discriminados y excluidos, exponiéndolos a las represalias indiscriminadas de los poderosos. Afganos y palestinos inocentes serán las primeras víctimas expiatorias de la guerra que se avecina; ellos encarnarán lo que los militares llaman daños colaterales.

A partir del 11 de septiembre, el color de la piel, el origen étnico, la religión, el idioma y la cultura, pasaron a ser posibles causas de sospecha para las fuerzas antiterroristas. La caracterización del terrorista, por ahora, es piel oscura, religión islámica y origen árabe.

Después, tal arquetipo se extenderá a todo ciudadano del Tercer Mundo, y a todo sector social que cuestione el poder hegemónico, para felicidad de los racistas de Guatemala y el mundo.

Pocos recordarán que, en 1995, EE.UU. sufrió un ataque terrorista de las milicias blancas, perpetrado por el ex soldado norteamericano Timothy McVeigh, contra un edificio federal en Oklahoma, en el que funcionaba una guardería, dejando un saldo de 168 muertos.

Más escasos aún, serán quienes quieran enterarse de que el fundamentalismo nació en EE.UU., impulsado por una corriente conservadora del protestantismo evangélico, plasmando su credo en doce libros publicados en 1910, que fueron conocidos como The Fundamentals. Contenían lo fundamental de una verdad revelada, incuestionable e innegociable, que debería ser defendida a toda costa y divulgada mediante una acción misionera neotestamental, por encima de la acción cívica.

Ese fundamentalismo religioso está presente en la ideología de los Bush; el padre, durante la guerra contra Saddam Hussein, emprendió la madre de todas las batallas contra el Engendro del Mal; ahora, el hijo desatará la primera guerra del siglo, nombrándola Operación Justicia Infinita.

El gran capital puso a funcionar su maquinaria mediática para reforzar la idea de que el islamismo, una cultura religiosa milenaria, era el gran enemigo de Occidente, a fin de reforzar los intereses sionistas en Medio Oriente. Así, la agencia noticiosa CNN mostró hasta la náusea a un grupo de jóvenes palestinos que celebraban, supuestamente, los actos terroristas contra EE.UU.

La televisión alemana, en el programa “Reporter”, transmitió el jueves pasado las entrevistas de los mismos jóvenes, quienes declararon que el camarógrafo de CNN realizó un montaje, les entregó las banderas palestinas y los instó a mostrarse eufóricos, sin aclararles el propósito de las tomas. Como resultado, en EE.UU. se ha desatado una escalada xenofóbica contra los árabes y los afganos de proporciones tales que el mismo presidente Bush ha tenido que llamar a la cordura.

Desarticulada la URSS y la amenaza comunista, los fundamentalistas de occidente han encontrado en la obra de Samuel P. Huntington el basamento para su afán xenófobo de dominación. El autor, un ideólogo del establishment, quien se desempeñó como Coordinador de Planificación del Consejo de Seguridad Nacional de EE.UU., postula que las nuevas guerras serán entre culturas, no entre Estados.

Independientemente de la validez de los postulados de Huntington, es una monumental estupidez plantear que Osama Bin Laden representa a la cultura islámica y que, en contrapartida, los custodios de la cultura occidental son el Pentágono y la OTAN. Intelectuales estadounidenses de la talla de Noam Chomsky, James Petras, y Norman Mailler han llamado a su gobierno a la mesura.

En Guatemala, donde pervive un racismo recalcitrante, que el jefe de MINUGUA recién denunció como un apartheid de hecho, los militares se le adelantaron a Huntington. Desde la década de los 80, vienen postulando que la nueva guerra que les tocará librar es contra los indígenas; curiosamente fue un oficial kaqchikel, el general Otzoy Colaj, el primero que lo pregonó.

Estos tenebrosos postulados, que se verán reforzados con las nuevas corrientes bélicas mundiales, presagian una nueva guerra de exterminio contra los indígenas cuando crezcan sus demandas y sus luchas. Son muchos los racistas que siguen postulando que “indio, culebra y zanate, manda la ley que se mate”.