Opinión

liberal sin neo

El clima en París

Fritz Thomas

Fritz Thomas

Cerca de 150 líderes mundiales y más de 40 mil delegados de 195 países se han hecho presentes en la XXI Conferencia sobre el Cambio Climático, en París. Es curioso que la Conferencia no tenga nada de “verde”; movilizar y reunir a todos estos delegados en París, lanzará cientos de miles de toneladas de CO2 a la atmósfera. Estamos en el 2015, se podría haber organizado videoconferencias globales, con una mucha más modesta huella ecológica. Claro, no sería lo mismo que ir dos semanas a París.

Durante la Conferencia, Obama declaró que “combatir el cambio climático es un acto de desafío contra el terrorismo”, y la cadena CNN manifestó que el cambio climático “es otra forma de terrorismo”. Los manifestantes en París destruyeron un monumento conmemorativo en recuerdo a los muertos por terroristas y recogieron las candelas dedicadas a las víctimas, para lanzarlas a los policías antimotines. Portaban pancartas exigiendo “cero emisiones de carbono”, equiparando al mundo industrial con el diablo, mientras chateaban en sus smartphones, corrían con sus Nike y degustaban café vainilla light descafeinado con leche descremada y deslactosada.

Es muy riesgoso manifestar escepticismo sobre la parte prescriptiva o normativa del “diálogo” sobre el cambio climático. Equivale a gritar que se es ateo en alguna plaza de Madrid en plena Inquisición en el siglo XVI. Titulares como “El mundo se moviliza para salvar al planeta”, para referirse al Fest en París, pueden tomarse con un granito de sal. Es cierto que muchas personas se han movilizado a París para asistir al festival climático; afirmar que es para salvar al planeta o que los acuerdos allí entre representantes de gobiernos fuera a salvarlo, es otra cosa.

En medio de la “emergencia climática”, surge clamor por “limitar el incremento de la temperatura media mundial por debajo de 1.5 grados centígrados respecto a la era pre-industrial”. Esto significaría, según se dio a conocer en medios, que China, Estados Unidos y el resto de culpables industrializados “deben” cambiar sus modelos de desarrollo, producción y consumo, a otros con menores emisiones de gases de efecto invernadero. Es decir, políticas de gobierno van a reducir la temperatura mundial. Un fantástico corolario es que los países ricos deben pagar a los países pobres por provocar el calentamiento de los océanos, el desbordamiento de sus ríos y las tormentas tropicales; “financiar” el cambio climático para el desarrollo. Yo le tengo más miedo a lo que vayan a hacer los gobiernos con el supuesto imperativo moral de salvar al planeta, que al cambio climático. No hablo de las consecuencias intencionadas, sino de las no intencionadas ni previstas.

De no ser por el carbón mineral, el petróleo y el ingenio empresarial que les ha encontrado tanto uso y aplicación en beneficio de la humanidad, no quedaría un solo árbol o ballena en el planeta, ni se podría alimentar a miles de millones de personas. No se habría transformado la humanidad en poco más de dos siglos.

El cambio climático incluye tantas cosas dispares, que se hace difícil darle alguna precisión al término. Oponerse a la contaminación y estar a favor del cuidado del medioambiente, no necesariamente significaría creer en la emergencia climática o tragarse el anzuelo de que los gobiernos y los impuestos vayan a mejorar el clima. Pero, como dijo un funcionario que se fue a la ciudad luz: “A países como el nuestro, esta declaratoria le permite tener acceso a financiamiento y otros beneficios”. De eso se trata.