Opinión

PUNTO DE ENCUENTRO

Entre pobreza y doble moral

Marielos Monzón

Marielos Monzón

Los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2014, presentada por el Instituto Nacional de Estadística (INE), muestra lo que somos como país. Son datos duros que describen nuestra realidad, sin adornos, sin sesgos ideológicos.

Así, la encuesta determina que hay 9.4 millones de personas que viven en situación de pobreza, con un ingreso promedio de Q851.50 mensuales/Q28.39 diarios; y que están los pobres entre los pobres, 3.7 millones de guatemaltecos, que en un mes perciben Q479.17 mensuales/Q15.90 diarios. Si tomamos como base el precio de la canasta básica alimentaria de noviembre 2015, que fue de Q3,540.60, una persona en extrema pobreza necesitaría 12 meses de ingreso para cubrir un mes de alimentación básica para su familia.

Sigamos: el 68.2% de los menores de 18 años habita en hogares pobres y el 70.2% de los niños menores de 10 vive en situación de pobreza, lo que impide romper el círculo vicioso de la marginalidad y la exclusión. El 20% más rico de la población capta más de la mitad de los ingresos del país (57.3%) y el otro 80% (es decir la mayoría) tiene acceso a un 40% del beneficio que genera la producción nacional. El reportaje central de Prensa Libre del domingo explica que se requeriría sumar el ingreso de 17 personas (ubicadas en el quintil pobre) que ganan el salario mínimo para alcanzar lo que en un mes percibe un alto ejecutivo de una empresa (que se encuentra en el quintil rico) y eso se llama desigualdad. Y ojo porque la encuesta no mide otros factores como la propiedad de la tierra, los depósitos bancarios o las acciones de empresas, lo que dispararía el indicador.

La pobreza, la desigualdad y la concentración de la riqueza no surgen por generación espontánea. Son producto de un sistema económico y social impuesto para que un grupito (los cabales) acaparen la riqueza a costas de que un enorme grupo (la mayoría) no tenga ni para comer. Sus defensores utilizan argumentos tan falaces como que los pobres son pobres “porque no trabajan”, “porque no tienen cultura de ahorro” o porque “no saben cocinar”. Causa grima e indignación escucharles decir que la pobreza se combate con tecnología, que hay que repartir libros de cocina para que preparen recetas ricas o que con el excedente de los árboles frutales hagan jalea de guayaba y la vendan para generar ingresos, como repitió el presidente electo Jimmy Morales durante la campaña.

Quienes defienden el sistema, desacreditan los datos o utilizan algunas de las cifras a su conveniencia (como que la desigualdad pasó del 60% al 57%), y nada dicen de que en los últimos 8 años la extrema pobreza se disparó 8 puntos. Encima se atreven a pedir que a sus compañías se les siga exonerando el pago del impuesto sobre la renta porque “el nivel de negocio y crecimiento de las empresas ha ido disminuyendo”. Después, claro está, sus fundaciones organizan bingos, bazares, rifas y días “felices” para ayudar a los más necesitados. Doble moral que le dicen.

“La escandalosa concentración de la riqueza es posible a causa de la connivencia de los responsables de la cosa pública con los poderes fuertes”. Y no lo digo yo, lo dice el papa Francisco, que también sentencia: “La riqueza en pocas manos es corrupción globalizada”. Me parece que a la luz de estas reflexiones hay unos cuantos que no deberían haber firmado la “alfombra contra la corrupción”, aunque por ahora no haya causa penal en su contra. La concentración de la tierra, de la riqueza y del ingreso tiene detrás un cúmulo de violaciones e ilegalidades. A eso, ¿cuándo le entramos?