Opinión

con otra mirada

Fin de año

José María Magaña

José María Magaña

Para quienes habitamos la franja tropical las estaciones pasan desapercibidas, como no sean la época seca y lluviosa. Aun así, son notorias y contrastantes con el calor y sequedad del ambiente, la floración de algunas plantas y la acogedora sombra de los árboles en la primera mitad del año, así como el frío hacia el final, cuando la naturaleza permanece verde.

Las estaciones determinan las cosechas, fuente de alimentos, razón por la que desde el principio de los tiempos la humanidad las celebró con ritos y festejos. La religión católica adaptó hechos históricos y tradicionales de su origen a aquellos rituales ancestrales, con el fin de diseminar e inculcar la nueva Fe. Los guatemaltecos reconocemos el paso del tiempo al conmemorar esos hechos y celebrar otros, que invariablemente están asociados a una variada y rica gastronomía, producto del mestizaje cultural con los pueblos mesoamericanos.

Por su parte el ciclo escolar es calendario, no estacional. Sin embargo, la Cuaresma y Semana Santa coinciden con nuestro ‘verano’, que vienen a ser las vacaciones de medio período, que termina en octubre, con los temidos exámenes finales. Una vez en vacaciones del colegio, sin apenas darnos cuenta aparece por todos lados una floración amarilla y de rancio olor, incluyendo los camposantos, son las flores de muerto. Llega el 1 de noviembre, Día de Muertos y con este el Fiambre, plato excepcional, en un día especial, cuando la razón de reunirse en familia es estrechar lazos consanguíneos y recordar a los ancestros.

Este año tuve la sensación que de niño me provocaba el fin de año, cuando desde esa celebración hasta enero, todo sería ‘dejar estar’. Tiempo de juego con los vecinos, desde muy temprano hasta el anochecer, lo mismo que las solitarias e intrépidas incursiones en el primitivo mundo de las lagunetas de Tívoli que daba la bienvenida, ¡ah maravilla!, a aves migratorias. Ahí había tepocates, sapos y ranas, y un denso bosque de cipreses centenarios que separaba mi universo con el del otro lado, conocido, porque había otros accesos, ¡pero jamás por haberlo atravesado!

Noviembre fluía con lentitud; diciembre, en cambio, parecía ir más de prisa. La música, otro factor no mencionado, anunciaba el ciclo navideño: Adviento, Navidad y Epifanía que para mi pandilla, en la práctica, se traducía a recolectar chiriviscos en tantos terrenos baldíos para quemar al Diablo el 7 de diciembre, a las 6 en punto de la tarde. Luego venían las ‘posadas’, con cánticos rogando dónde pernoctaran una embarazada María y José, su esposo. Los peregrinos éramos recibidos con rezos, novena, ponche y buñuelos; estrellitas y demás delicias y distractores.

Los regalos de Nochebuena, que creía merecer, sin duda fueron importantes y eran atribuidos al Niño Dios, pasadas las 12 de la noche. Juan, el apóstol, aclara el asunto y condensa así el primero de ellos: “Tanto amó Dios al mundo, que nos dio a su único hijo para que todos los que crean en Él tengan vida eterna”.

Según la cristiandad, ese es el mejor regalo de todos. ¡Atención! no está a la venta en ninguna tienda, centro comercial o mall de actualidad, ni puede ser empacado con vistoso papel y extraordinaria moña. ¡Feliz Navidad!