Opinión

PERSISTENCIA

Obra de Borges

Margarita Carrera

Margarita Carrera

Casi todos los críticos que se han ocupado de la obra de Borges concuerdan con la afirmación de Guillermo Sucre: “Pero de lo que está más distante Borges es de la novela realista y psicológica”.

Trataré de rebatir tal argumento, que de tanto repetirse ha adquirido cierta validez y autoridad.

Lo primero a deslindar: Borges es un escritor realista; entendiendo que hay dos clases de realismo: el interno y el externo. En la obra borgiana el realismo externo no solo es eliminado en gran parte, sino convertido en un polvo de caricatura maniatada.

“La creación —nos afirma— tiene que realizarse como soñando”. Y el sueño es para él no solo algo “inocente”, sino la única realidad que conoce y que, por cierto, se impone sobre la otra realidad, la externa, a tal punto que esta llega a ser un simple espejo o reflejo de aquella.

Los sueños de Borges encierran símbolos y estos símbolos son concretas realidades imperantes. En Borges y más allá de Borges. Y aunque él confiese: “Vida y muerte le han faltado a mi vida”, tanto una como otra han sido intensas. Él ha vivido y ha muerto infinitud de veces a través de sus lecturas y sueños (que llegan a confundirse); de allí surgen sus creaciones, auténticas realidades íntimas que pasan de lo individual a lo universal.

Más que idealismo, prefiero la palabra realismo interno, porque la realidad tiene dos desembocaduras. La externa, quizá menos veraz e impactante; menos demoníaca.

Borges ha declarado que “el mundo entero era un juego de símbolos y que cada cosa significa otra cosa”. Esto es, intuitivamente, como poeta establece que detrás de una realidad, la simbólica, se llega a otra realidad. Realidad que abarca la razón y la sinrazón, lo abstracto y lo concreto.

Es más, por medio de los símbolos, Borges crea un sistema que, sin salirse de lo poético, cae en lo filosófico. Un poco a lo Huxley, en cuanto en “Tlön Uqbar, orbis tertius” crea un fantástico mundo utópico, en donde priva “una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de (algebristas), de moralistas, de pintores, de geómetras… dirigidos por un oscuro hombre de genio”; “se conjetura, que es un Brave New World; esto es, Borges lo conjetura, lo que nos lleva a la conclusión de que, por primera vez en la Historia de la Literatura Hispanoamericana, se combina la ciencia-ficción con la filosofía y la poesía, acercándonos a una asombrosa realidad, creada o vislumbrada por el genio del hombre.

“Las naciones de este planeta son —congénitamente— idealistas…”, nos afirma Borges. Pero su idealismo es tan matemáticamente real, tan lógico dentro del inmenso absurdo, tan sistemático, que yo me atrevo a llamarle “realismo interno” o “segundo realismo”, siendo el primero el aristotélico.

En cuanto a lo psicológico en Borges, nos encontramos con un caso similar al de Edgar Allan Poe. Para Baudelaire, las obras de Poe “no contienen un solo pasaje que pueda considerarse licencioso, o siquiera sensual”. Este mismo criterio ha sido aplicado a la obra de Borges, la cual se ha calificado de “muy intelectual” y ha habido quienes en su ceguera —no la de Borges—, la de ellos, la llamen “fría”.

Y como ya ha sido demostrado por la psicología, que a través de los sueños se llega a una realidad humana más profunda, al acercarnos a los sueños de Borges, no solo nos acercamos a su obra, sino a su vida misma, y penetramos su íntima y obcecada realidad, inconscientemente oculta por un lenguaje simbólico, en el que la metáfora cobra todo su poder de verdad y belleza.

En este caso las alusiones, símbolos o sueños de Borges, revelan su pasional mundo erótico escondido. Al analizarlo se llega, pues, a la conclusión de que lo psicológico aparece en toda su obra. El casto Borges simula artísticamente su psiquis atormentada por “el complejo de Edipo”.