Opinión

La buena noticia

Adviento

Mario Alberto Molina

Mario Alberto Molina

Mañana comienza en la Iglesia la preparación para la Navidad.  Se llama tiempo de “adviento”.  La palabra deriva del participio del verbo latino “advenire”, que significa “venir para hacerse presente”.  Quien viene para hacerse presente es Jesucristo.  La Iglesia celebra la memoria del nacimiento del Señor, acontecimiento ya pasado, despertando el deseo de su próxima venida, acontecimiento todavía futuro.

La salvación de la humanidad está incompleta. Le falta la plenitud de su realización. Jesucristo venció el pecado y nos perdona los que cometemos, pero seguimos siendo pecadores. Jesucristo resucitó de entre los muertos y prometió la resurrección a quienes creen en él, pero los creyentes mueren sin que sea patente su resurrección. Jesucristo estableció el Reino de Dios en la historia humana, pero es evidente que la historia del mundo está marcada por el dominio del Maligno. Como dice san Pablo en la Carta a los Romanos: “ya estamos salvados, aunque solo en esperanza” (8.24). Para los creyentes, sin embargo, esa esperanza da sentido y orientación al tiempo histórico. Los creyentes, firmemente anclados en la salvación ya iniciada y experimentada, miramos hacia el futuro con el deseo y el anhelo de la plenitud que todavía debe realizarse en nosotros. Esa plenitud se representa en el Nuevo Testamento por medio de la figura de la segunda venida de Jesús. El vendrá como rey glorioso, que juzga la humanidad y otorga la entrada al Reino de Dios plenamente realizado a los que han perseverado como discípulos suyos durante su vida en este mundo. La conmemoración del nacimiento de Jesucristo, un acontecimiento del pasado, se convierte en el símbolo de su segunda venida, un acontecimiento futuro.

La comprensión del tiempo implícita en esta cosmovisión contrasta fuertemente con la que se maneja en la historiografía o incluso la cosmología secular. En la cosmovisión de la física contemporánea también se habla de una meta hacia la que tiende el universo. Tiende al agotamiento de toda la energía cósmica en un proceso de entropía que conducirá al frío absoluto, al cese de todo movimiento y a la oscuridad total. No es una meta de plenitud, sino de agotamiento. En la visión historiográfica, el tiempo no tiene rumbo ni sentido, la historia no conduce a ninguna meta prefijada. El marxismo fue posiblemente la última ideología que, heredera a través de Hegel de la cosmovisión cristiana, apuntaba hacia la sociedad sin clases como el término de la historia. Pero la historiografía, capaz de explicar la concatenación y sentido de los hechos pasados como causa del presente, no tiene modo ni fundamento ni método para prever hacia dónde conducen finalmente los acontecimientos del mundo. Las proyecciones estadísticas son el mejor esfuerzo que podemos hacer para establecer una visión de futuro, pero comprobamos su valor incierto, por ejemplo, en cada evento electoral que no se ajusta a los cálculos.

Hay en toda persona el deseo de superar el presente. Los padres desean y trabajan para que sus hijos tengan mejor futuro que el propio suyo. El progreso es el objetivo de las políticas nacionales. Ese deseo implica una insatisfacción con el presente junto con la certeza de que las cosas no solo pueden ser distintas sino mejores. A ese deseo responde la promesa de Dios, que ofrece a quien tiene fe en Él un futuro de plenitud y felicidad que ningún proyecto humano puede realizar. No es una promesa engañosa, porque se sostiene sobre los actos salvadores que Dios ya ha realizado y que experimentamos como sentido de vida y fuente de alegría interior, como son su resurrección, el don de su Espíritu y para comenzar su nacimiento en Belén.