Opinión

LIBERAL SIN NEO

El nuevo peligro de Vargas Llosa

Fritz Thomas

Fritz Thomas

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Donald Trump

Tuve oportunidad de conocer a Mario Vargas Llosa cuando estuvo en Guatemala, el siglo pasado. Por azares del destino disfruté de un almuerzo donde éramos solo tres; él, Eduardo Suger y yo. Qué lujo. Yo era no solo el más patojo de los tres, sino el más ignorante.

En un artículo titulado El nuevo enemigo, Vargas Llosa afirma que “el comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal —de la libertad—, sino el populismo”, agregando que “el comunismo es ahora una ideología residual y sus seguidores, grupos y grupúsculos, están en los márgenes de la vida política de las naciones”. En efecto, es una ideología residual, como él le llama, en el sentido de que un Lenin, Stalin, Mao o Pol Pot probablemente no reencarne pronto, pero no me atrevería a decir que nunca más. En cambio un Fidel o Chávez podrían reaparecer allí no más. Pero la ideología comunista también es residual en otro sentido; su método de análisis y forma de entender el mundo ha dejado profundamente infectado el pensamiento político; la educación, la forma de entender la sociedad, el quehacer del gobierno, lo que es justo e injusto y hasta los derechos y obligaciones de cada ser humano. Hoy día, cuando supuestamente ha muerto el comunismo, la lucha de clases, la teoría de la explotación, la redistribución y la persecución de la “igualdad” como ideal social son mantras firmemente incrustados en el paradigma social moderno, en países ricos y pobres. La otrora izquierda es hoy la “derecha moderada”.

Para Vargas Llosa, el nuevo enemigo es el populismo, que él aclara, no es una ideología, pero que define de una manera tan amplia, que cabe todo lo que le cae mal. En su bolsón populista entran no solo Correa, Ortega y Evo, sino, además, Nigel Farrage, Boris Johnson y el Brexit, Donald Trump, Geert Wilders y Marine Le Pen, que son, a decir de Mario, xenófobos, racistas, chauvinistas y tóxicos. “Nunca ha estado tan clara la línea divisoria de un lado”, dice Vargas Llosa, “entre toda la América” —y supongo, la Europa— “culta, cosmopolita, educada, moderna; del otro, la más primitiva, aislada, provinciana, que ve con desconfianza o miedo pánico la apertura de fronteras, la revolución de las comunicaciones, la globalización”.

Ante esto planteo una pregunta: ¿Tiene una sociedad el derecho a su cultura, sus valores, principios, costumbres, ideales, idioma, educación y modo de vida? ¿Una sociedad tiene obligación de sacrificar todo lo que le es sagrado en el altar de la cosmopolita y educada relatividad cultural y justicia social global? ¿Debe Holanda, Francia, Gran Bretaña y Alemania diluir y hasta perder su rica cultura y dejar que entre cuanto migrante quiera de Medio Oriente y África, sin intención o deseo de asimilarse? ¿Es racista y xenófobo que una sociedad quiera preservar su cultura y modo de vida? No hablo de una cultura reaccionaria y congelada en el tiempo, sino evolucionando de acuerdo a su esencia. ¿Tiene cualquiera el derecho de entrar a mi casa a exigir que mi familia se adapte a sus exigencias y costumbres, que lo eduque y mantenga hasta que se “adapte”? ¿Y de oponerme, soy xenófobo y racista? No intento persuadir de nada, sino plantear algunas preguntas que, creo, vale la pena explorar. Efectivamente, Trump, Marine le Pen, Wilders y el Brexit son una reacción, pero como fenómeno, no pueden ser simplemente descalificados como racistas y xenófobos.

Su elitismo, cosmopolita, educado y moderno, es tan fatalmente arrogante como la ideología que Vargas Llosa dice ha muerto.

fritzmthomas@gmail.com