Opinión

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El réquiem musical de Felipe de Jesús Ortega

Paulo Alvarado

Paulo Alvarado

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Música

En su polifacética actividad personal, el maestro guatemalteco Felipe de Jesús Ortega ahora nos entrega una nueva muestra de sus afanes creativos, con el estreno, dentro de unos pocos días, de su Réquiem para cuatro solistas, coro mixto y orquesta. A menos de un año de haber concluido la composición (pues data de mediados del 2016), la pieza viene a desbordar el prolífero quehacer artístico que ha distinguido a su autor. Un paradigma que va bastante más allá de la música o de las artes en general, para extenderse a todas las disciplinas humanas, a las que –en muchos desafortunados casos– parecemos estarle huyendo, las guatemaltecas y los guatemaltecos.

Psiquiatra, por su grado facultativo, con especialidad en terapia musical, el doctor Ortega ha llevado a cabo una labor que incluye publicaciones (como miembro de la Asociación de Médicos Escritores ha editado ocho libros), así como numerosas conferencias, diversas iniciativas para tratamiento médico y el desarrollo de técnicas clínicas. Pero, y para lo que nos atañe en este momento, además se entregó a la música desde muy joven. Flautista, integrante titular de la Sinfónica Nacional durante largo trecho, pianista, organista, cantante, arreglista, director de orquesta e, importantemente para un ámbito que sigue yermo en nuestro país, autor de música académica.

El maestro Lipe (como nos atrevemos a tratarle, con mucha confianza) es un amante y exponente del “light jazz”, estilo en el que ha vertido la mayoría de su composición para muy diversas disposiciones instrumentales. Sin embargo, su verdadero terreno, fértil y abundante, es el mundo coral. En ese mundo, Ortega puede preciarse de más de 80 obras, entre las cuales se incluyen cuatro misas solemnes, emprendidas y presentadas en ocasión de diferentes celebraciones a las cuales el autor está ligado y con quienes ha colaborado de forma permanente. Por aparte, son incontables las múltiples canciones y trabajos vocales –con acompañamiento instrumental o sin él (lo que se denomina música “a capella”)– que, inclusive, le han merecido premios y galardones.

La obra que ahora nos ofrece el maestro Ortega es un Oficio de Muertos (como se le conoce propiamente), acaso una pieza de música que nos habla de nosotros, de nuestra latitud –y esto, como interpretación personal, porque el maestro ha aclarado que no hay motivaciones externas, a más de la estética–, para crear este réquiem (vocablo latino que significa descanso), y cuya alocución viene de la expresión inicial de la Missa pro defunctis (“El descanso eterno concédeles, Señor”). Sus modelos, confiesa el maestro, proceden de obras comparables que le impactaron en otro tiempo, como el réquiem de Mozart, o el de Verdi, o el de Fauré; no tanto el “Réquiem Alemán” de Brahms, u obras contemporáneas, como las de Duruflé, Britten o Penderecki, cuyo cuño está lejos de nuestra experiencia auditiva. En este sentido, podemos estar asegurados de la solidez de la obra, desde el punto de vista de estructura formal, y sabidos del lenguaje sonoro que maneja nuestro apreciado Lipe.

El estreno absoluto de este Réquiem tendrá lugar el miércoles 26 del mes en curso, a las 20 horas, en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario (templo de Santo Domingo, Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala) y es de una hora de duración, aproximadamente. Participarán, junto con los solistas, el Coro del Conservatorio e invitados, tanto en lo coral como en lo instrumental. Una segunda presentación se ha programado, aún sujeta a cambios, el día 9 de junio, posiblemente en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, zona 10. En cualquier caso, una exposición llamativa a la obra de “Lipe” Ortega, en su incansable faena en pro del arte de Guatemala.

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