Opinión

Tierra nuestra

Las niñas mártires iluminan el camino

Manuel Villacorta

Manuel Villacorta

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Etapa 2

El holocausto de las niñas mártires nos impactó demasiado. Decenas de sepulcros que hoy encierran también dieciséis millones de corazones que aún latiendo se asfixian en esa búsqueda de explicaciones que quizá nunca lleguen. Los niños y los jóvenes en conflicto con la ley no son el problema. Ellos son el resultado del problema. Si olvidamos a esas niñas mártires, nos convertiremos en un pueblo muerto en vida. Un suceso horrendo que golpeó el núcleo más sagrado de nuestra sociedad: las niñas de Guatemala. A la futura mujer guatemalteca, tierra fértil y sagrada fuente de vida.

Y sí, como muchos lo han expresado, hay diversos culpables. Padres enajenados por la pobreza y el sufrimiento, instituciones públicas de nefasta infuncionalidad y una sociedad cooptada por la banalidad convertida en rehén de la cultura del espectáculo. Niñas y niños desamparados engullidos por la marginalidad y la exclusión, que se han ido quedando solos, como lobitos abandonados en una madriguera fría y lúgubre. Son ya legión, que crece día a día, deambulando sin rumbo. ¿En qué momento perdimos la sensibilidad? ¿Cómo fue que lo civil lo trocamos por lo bárbaro sin importarnos el drama humano? Guatemala es un país plagado de ironías, hace pocas semanas el Congreso aprobó la Ley de Protección Animal —que nada malo hay en ello—, pero ignora cínicamente ese corrupto organismo del Estado, la grave situación de la niñez guatemalteca.

Ese crimen interinstitucional, ese crimen de Estado, ese crimen de lesa humanidad, no puede quedar impune. En nuestra memoria colectiva y en nuestras acciones como sociedad civil, debe permanecer latente ese reclamo por la justicia, pronta y cumplida. Ya lo expresó Marcel Schow: “Justicia en el momento preciso. Porque toda justicia que tarda es injusticia”. Y Guatemala está plagada de justicia tardía. Y no me refiero solamente a la justicia penal sobre todos los responsables de esa aberrante tragedia, me refiero además a la justicia estructural que se tiene que hacer con los millones de niños y jóvenes de nuestro país, que merecen crecer y vivir en medio del amor, la alegría, la educación y la realización humana.

Viene al caso la reflexión de Stefan Zweig: “A veces los pueblos necesitan transitar por la tragedia, para reencontrarse con lo que verdaderamente importa”. Por ello el mejor reconocimiento que podemos otorgar a las cuarenta y una niñas mártires es reivindicar los más sagrados derechos de nuestros niños y jóvenes guatemaltecos. Imposible es no recordar entonces las acuciantes palabras de Gabriela Mistral: “Muchas de las cosas que nosotros necesitamos pueden esperar, los niños no pueden, ahora es el momento, sus huesos están en formación, su sangre también lo está, y sus sentidos se están desarrollando, a ellos no podemos decirles mañana, su nombre es hoy”.

¿Cómo vamos a levantarnos y a unirnos para impulsar ese gran cambio nacional que tanto necesitamos? Muchas veces he sido interrogado con la misma pregunta. Meditando profundamente al respecto he llegado a la conclusión que necesitamos cumplir con tres requisitos ineludibles: 1. Organizarnos mejor y más comprometidamente como sociedad. 2. Participar más activa y decididamente en todo suceso que se refiera a la construcción de una nueva Guatemala. 3. Fomentar y alimentar un alto nivel de conciencia que mantenga viva la esperanza de lograr una Guatemala justa y promisoria para todos sin excepción. Organización, participación y conciencia, esa es la clave. El desafío inmediato ahora es enjuiciar y condenar a esa partidocracia corrupta, responsable directa de tanta tragedia.

manuelvillacorta@yahoo.com