Opinión

encrucijada

Más allá de la coyuntura

Juan Alberto Fuentes Knight

Juan Alberto Fuentes Knight

La interrupción del transporte de carga ha tenido un impacto de corto plazo que es innegable y desigual. Los pequeños y medianos productores de bienes perecederos como la arveja china, la arveja dulce, los mini vegetales y la fruta están entre los más afectados. Lo ocurrido puede haber aumentado la pobreza. También es lamentable la interrupción de importaciones y de otras exportaciones que, sin ser perecederas o producidas por pequeños propietarios, implican pérdidas por costos de almacenaje, transporte postergado y condiciones de entrega no cumplidos.

Las pérdidas tan grandes demuestran lo importante que es nuestra relación comercial con el resto del mundo, así como la necesidad de realizar grandes obras de infraestructura para agilizar el transporte de carga y de personas, entre otras cosas. Pero también ilustra el potencial que esta actividad comercial y productiva, golpeada por la huelga del transporte, tiene para generar aún más empleo e ingresos.

En otras palabras, las pérdidas son grandes porque estas actividades ya generan beneficios (empleo e ingresos) grandes, pero estos beneficios podrían ser mucho mayores y con beneficios mejor distribuidos, que reducirían la pobreza. Ojalá pudiéramos tener muchos más (miles más) de pequeños productores de bienes perecederos, y de servicios que los acompañen, para venderlos en mercados como los de los Estados Unidos, Europa o Asia, o en nuestros mercados nacionales o centroamericanos.

El Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA) ha planteado, en su último informe de desarrollo rural (2016), la necesidad de darle atención prioritaria a la venta de los bienes producidos por micro y pequeños productores, los más pobres, en mercados domésticos de alimentos. Recomienda invertir en caminos rurales y en redes de electrificación y facilitar el acceso a celulares para contribuir a una mayor conectividad de estos pequeños productores, para que puedan vender sus productos con mayor facilidad. Se trata de atender a las familias campesinas más pobres, o de otras sin tierra, para contribuir a su participación en la producción o comercialización de alimentos. El transporte de sus productos a bajo costo sería fundamental.

El FIDA también sugiere una mayor inversión pública en la construcción de mercados locales con capacidad de vender estos alimentos al por mayor y al menudeo, con condiciones físicas, logísticas y operacionales adecuadas. Suma a lo anterior la recomendación de re-establecer sólidas redes de apoyo público para que estas familias pobres tengan acceso a insumos, crédito y servicios técnicos (extensión agrícola).

Implica darle atención a un enfoque territorial pero que no consiste en descentralizar servicios que en el centro no existen o que son inadecuados. Se trata, más bien, de fortalecer las capacidades locales para que estos productores pequeños planifiquen sus actividades, resuelvan conflictos y desarrollen agendas comunes.

Actualmente se están cumpliendo algunas de estas recomendaciones en distintas regiones de Guatemala, pero requiere un esfuerzo mucho más amplio, nacional y sostenido. Si así fuera, daría lugar a la multiplicación de pequeños productores, comerciantes y proveedores de servicios que poco a poco generarían más ingresos, primero con acceso de sus productos a mercados locales, quizás después a mercados centroamericanos y posteriormente a mercados mundiales. El problema de transporte de carga debiera hacernos reflexionar sobre una visión de desarrollo y de integración mundial de más largo plazo, integral e incluyente.