Opinión

la buena noticia

Navegantes fatales

Víctor Hugo Palma Paul

Víctor Hugo Palma Paul

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Aborto

Sí: la muerte viaja en barco. Y llega hasta las playas guatemaltecas, como quien pasea por mundos subdesarrollados, indignos e incapaces de cuidar la vida de sus nuevas generaciones. Tal navegación fatal de la ONG Women on waves ha conmovido la ya poco pacífica sociedad de Puerto San José, en Escuintla, el segundo departamento más violento de Guatemala. No importa el disfraz de beneficencia a la mujer en su “derecho” al crimen del aborto, al final, la presencia de la “cultura de muerte” que ya condenara San Juan Pablo II sigue dándose con agresividad hacia las naciones que “no piensan y actúan” como lo quiere imponer el abortismo de los visitantes “civilizados y libres”.

En sus países, curiosamente se paga a las familias que tienen hijos, pues se están extinguiendo los “blanquitos” y tienen que importar a molestos migrantes de países del “tercer mundo”. Ellos pueden darse “vacaciones marítimas” matando acá y allá a los niños en el vientre materno. ¿El resultado?: sociedades que además de sus no pocas pobrezas —violencia delincuencial, crimen organizado, narcotráfico, migración forzada por la falta de medios y la inseguridad, etc.— ahora perderán la paz de conciencia que ya no existe en dichas “culturas extrañas”. Bien lo decía la reciente santa luchadora por la vida, Santa Teresa de Calcuta: “El aborto es el mayor enemigo de la paz”. Quien argumenta que la oposición al crimen del aborto es “religiosa” y por lo tanto no puede imponerse a todos, desconoce la ley natural —fundamento por cierto de la Constitución nacional—: aquella que en cualquier cultura y desde los tiempos antiguos a quien realizaba el aborto llamaba padre o madre “desnaturalizados”. Y más en el fondo, está el triste materialismo del que habla hoy con claridad la Buena Noticia: “Nadie puede servir a Dios y al dinero”. Es decir, aun fingiendo estar a favor de la Humanidad, realmente se idolatra un mundo “seguro” y confiado en la visión del hombre que omite a Dios y se confunde a sí mismo con algo solo material: el embrión no sería un ser humano, sino un montón de células o “embarazo no deseado”, del que se puede liberarse y vivir en paz. Uno piensa en aquella “regla de oro” que Jesús hace suya en el Evangelio de Mateo: “Haz a los demás lo que quieres que ellos te hagan a ti” (Mt 7,12), que en su enunciado inverso sería: “No hagas al otro lo que no quieres que te haga a ti”. Y pensar que los abortistas pasaron todos por un vientre, menos mal que no atacado en su momento. La expresión también la propuso el papa Francisco ante la ONU, pues “hacer guerras y masacres” a países pobres o infundir temor al vecino no es algo que uno quisiera para sí.

Murió hace poco Norma Mc Covey, la heroína del abortismo, que enterándose de que ya unos 900 mil abortos se daban en la “nación modelo, Estados Unidos”, trató de volver sobre sus pasos diciendo: “Fue el error más grande que cometí en mi vida”. Queda la reflexión de la próxima Cuaresma con el tema: “El otro es un don” aunque esté invisible en el seno materno. Queda educar a la juventud y a los no tan patojos en la adecuada vivencia de la sexualidad y paternidad responsable. Y vigilar las costas, de navegantes fatales con falsas banderas de libertad.