Opinión

Persistencia

Platón y la primera quema de libros

Margarita Carrera

Margarita Carrera

A pesar de la extraordinaria obra de Werner Jaeger sobre el mundo heleno, intitulada Paideia, observo que tan eximio autor no se percata de las dos clases de griegos que se dan en el transcurso de su historia. Dos clases totalmente opuestas, contradictorias, adversas, al punto de que cada una de ellas señalan “aretai” antagónicas, en las cuales no cabe evolución alguna, sino rechazo contundente. De tal modo que frente a las “aretai” artísticas que se sustentan en Homero, se alzan las “aretai” de los sofistas que culminan con Sócrates y Platón. En el “Libro tercero” de La República o El Estado, Platón critica y condena el espíritu de Homero, propiciador del arte heleno. Leamos algunos pensamientos de este primer inquisidor del mundo occidental:

“–Un hombre que está persuadido de que el otro mundo es horrible, ¿podrá dejar de temer la muerte? ¿Podrá preferirla en los combates a una derrota y a la esclavitud?

–Eso es imposible.

–Luego, nuestro deber es estar muy en guardia respecto a los discursos que tengan esta tendencia, y recomendar a los poetas que conviertan en elogios todo lo malo que dicen ordinariamente de los infiernos, con tanto más motivo cuanto que lo que refieren ni es verdadero ni propio para inspirar confianza a los guerreros.

–Sin duda.

–Borremos, pues, de sus obras (las de Homero) todos los versos que siguen, comenzando por los siguientes:

‘Yo preferiría la condición de labrador al servicio de un hombre pobre, que viva del trabajo de sus manos, a reinar sobre la multitud toda de los muertos’.

Y también:

‘El sólo piensa; los demás son sombras errantes’.

Y estos:

‘Su alma, al salir del cuerpo, desciende a los infiernos, llorando su destino y echando de menos su fuerza y su juventud’.

Y también:

‘Su alma, como el humo, se sume bajo la tierra dando gemidos’.

Y, en fin:

‘Como los murciélagos, que en el fondo de un antro sagrado revolotean dando chillidos, cuando uno de ellos ha caído de la roca, y se enganchan los unos a los otros, así las almas se ligan y enlazan dando gemidos’.

Conjuremos a Homero y a los demás poetas a que no lleven a mal que borremos de sus obras estos pasajes y otros semejantes (…)”. Esta cita de Platón (como muchísimas otras) es suficiente prueba de la diferente “paideia” (=educación) que ha de existir entre el hombre homérico y el socrático-platónico, respecto de la muerte. Diferente “paideia” que nos conduce a una diferente y opuesta “arete”. La “sangrada inquisición tiene cabida, por primera vez en esta obra platónica, dogmática, intolerante y enemiga de la libertad de pensamiento, cuando este expresa su mundo instintivo, pleno de pasión pero, también, de belleza y de verdad.

Con La República o El Estado, de Platón, se inicia, pues, la “quema de libros”, que será repetida a través de las épocas más oscuras de la historia del mundo occidental, fundamentada en la filosofía religiosa socrático-platónica-cristiana, ajena, totalmente, al hermoso y tolerante espíritu homérico que asienta sus raíces en la grandeza no divina, sino humana. No es, luego cierto, como dice Jaeger en el capítulo “Los Sofistas”, de su Paideia, que “(…) en el desenvolvimiento histórico, el ideal de la areté humana experimentó los cambios de la evolución del todo social e influyó también en ellos (…)”, cuando lo que se da, desde la época de los sofistas, es, no la evolución, sino la muerte y desaparición de la grandiosa “areté” homérica, que centra su máximo ideal en la “valentía” y audacia del héroe, que no en la equívoca “razón” que exalta la filosofía socrática y platónica.

margaritacarrera1@gmail.com