Opinión

Sin fronteras

Un Nocturno, un bálsamo para el ethos

Pedro Pablo Solares

Pedro Pablo Solares

Una taza de café, puesta sobre el escritorio. Ahí, sentado estoy, pantalla enfrente, cursor intermitente, viendo al frente, la mente un tanto perdida. Está colgada sobre alguna visión de antaño. Hoy duele escribir. Ni un trago aún del café. Sube su humo y se esfuma en el ambiente. Se esfuma como aquel recuerdo de cuando visité al funcionario de gobierno, con argumentos en mano, con ilusión de aportar, y de servir en lo que mejor sé hacer, en mi oficio, en mi labor. Mi mente divaga desde ayer en la mañana, desde que me rebalsaron las noticias. Nuevos robos develados. Más porquería, más codicia y ambición. Guardar cordura en este ambiente es un desafío. El duelo que sigue al timo, a la desilusión, no se puede evitar. Y en esto no estoy solo, este duelo es nacional. Invade a quien se mantiene atento a su entorno. Mi silencio hoy es triste. Pero de repente, se rompe con la música de un piano. Es mi hija. Practica en la sala las notas de un Nocturno. El Nocturno 55-1 de Chopin. Sus notas son melancolía y esperanza pura, como hoy es puro el bálsamo que acompaña mi aflicción.

Con justa pena, van ya dos años desde que los guatemaltecos vivimos sometidos a las noticias que desentierran interminables escándalos de corrupción. Y frecuentemente, la atención luego gira hacia las víctimas que sufren sus efectos visibles: los enfermos en hospitales, los transeúntes de las carreteras, los niños en las escuelas; o los residentes de un cantón, transado bajo la mesa para convertirlo en una mina. Pero además de esas víctimas, hay otras, un tanto menos visibles. Son los profesionales que crecieron educándose con el fin de servir una vocación de servicio público. Los técnicos, a quienes el sistema relega a segundo plano, o a tercero, o a cuarto; o simplemente los destierra en el olvido, pues no funcionan para el aparato y quienes de él se aprovechan. Día a día, mientras los sitiales de gobierno se ocupan por personas visiblemente inadecuadas, la moral de los profesionales legítimos se lastima, y se va perdiendo su esencia, su ethos. Esto, en perjuicio de la colectividad.

En días como hoy, no puedo evitar pensar en la frustración de gente íntegra y capaz, para quienes no hay espacio en los equipos públicos, puesto que estos son reservados para personajes que llegan al gobierno a enriquecerse. Entonces, la gente idónea es obligada a llevar otras actividades para subsistir, mientras sus talentos se desperdician. Estos técnicos y profesionales con frecuencia son los calificados como incómodos por el sistema. Y más vale que más temprano que tarde sean estos incómodos los que sean ungidos por el pueblo para llegar al poder, para deshacer el aparato tejido por truhanes y cínicos pícaros.

Hoy escribo este artículo un tanto afectado. En especial, me afectó ver revelado el papel del embajador Ligorría en el esquema de corrupción. Desde 2014 llevé muchos esfuerzos por convencer con argumentos a nuestra Cancillería de la situación de los migrantes. Y entiendo más ahora cómo los asuntos humanos no son de interés genuino de los funcionarios que sirven a un esquema corrupto. Y luego pienso en las víctimas que han sufrido por culpa de tanto miserable. No solo los migrantes en el exterior. También aquí, algún enfermo que no se pudo curar; algún hijo que no se pudo educar, o una ilusión de vida que no se pudo concretar. Si alguna de esas víctimas lee hoy estas líneas, le comparto el Nocturno que me acompaña. Escúchelo. Porque Chopin, en su magia, logra que sus notas puedan transformar en alegría lo que también es dolor. Así, como Guatemala.

@pepsol