Revista D

La leyenda del ferrocarril

Una frase del ingeniero William Penney, escrita en 1894, resume las condiciones adversas que pasaron cientos de hombres para construir los rieles del tren: "La historia del total de 60 millas es una historia de enfermedad, miseria y muerte, siendo las principales causas de mortalidad la fiebre, la diarrea y el licor".

Estación del ferrocarril en Escuintla (aproximadamente de 1886). Álbum Arcain.

Estación del ferrocarril en Escuintla (aproximadamente de 1886). Álbum Arcain.

La Revolución Liberal, encabezada por los generales Miguel García Granados y Justo Rufino Barrios, provocó cambios estructurales e ideológicos favorables a la industria. Poco a poco, esta se dedicó a la producción de bienes de transformación y energía, generando además mejores comunicaciones.

Las líneas férreas empezaron a construirse en las décadas de 1870 y 1880. Las primeras fueron las que comunicaban el Puerto San José y Guatemala, y las de Champerico y Retalhuleu. En aquellos tiempos, el ferrocarril era símbolo de prosperidad. “La construcción de las vías férreas harán la felicidad del país”, dijo el presidente Barrios en alguna ocasión.

La línea siguió creciendo, con capital privado, de Champerico a San Felipe, de Ocós a Vado Ancho y de la capital a Mazatenango.

La entrada de la primera locomotora a la Ciudad de Guatemala, el 19 de julio de 1884, fue festejada por la población y el Gobierno. Llegó a la Estación Central, donde en la actualidad está el Museo del Ferrocarril, en la 9a. avenida y 18 calle de la zona 1.

Pero el gran sueño era construir el Ferrocarril del Norte, una vía al Atlántico para dar salida a la producción de café hacia Europa y la costa este de Estados Unidos.

Para financiar el proyecto, Barrios decretó, en 1883, que todos los guatemaltecos que ganaran más de ocho pesos al mes estaban obligados a comprar acciones por un valor de 40 pesos.

El Gobierno consiguió llevar la línea desde Puerto Barrios hasta el Rancho. En 1904, la carencia de dinero para terminar los 94 kilómetros que faltaban hasta la capital hizo que el entonces presidente Manuel Estrada Cabrera concesionara la línea, por 99 años, a la United Fruit Company. Sin embargo, lo hizo prácticamente sin negociar, los exoneró de impuestos, les entregó amplias fincas para cultivar su banano, les cedió el muelle de Puerto Barrios, y todo a cambio de que se terminara el tramo.

Estrada Cabrera consideró que el pacto era una “bendición” para el país. La conclusión de aquellos 94 kilómetros se festejó con 17 días de feriado y con la inauguración de un monumento.

Tras conseguir la concesión de la línea del Atlántico, la United Fruit Company adquirió las otras líneas privadas y, en 1912, nació la International Railways of Central America (Irca), hermana menor de la frutera.

Época dorada

Lejos quedan aquellos tiempos en que las estaciones del tren lucían repletas de personas. Eran principios del siglo XX y caminaban señores cargando pesados bultos con mercancías para venderlas a otros departamentos, o señoras que, a duras penas, podían con un bebé en brazos y al mismo tiempo jalar un saco con alimentos.

Pese a ello, aquellos viajes, para ese momento, resultaban más cómodos: ahora había un ferrocarril que permitía hacer larguísimas travesías. Antes de eso, solo era posible hacerlos caminando o encima del lomo de un caballo o de una mula. Así que, aunque en el tren había que ir apretado y a veces con excesivo calor, era un lujo.

Grandes filas se formaban para ir a Puerto Barrios, Zacapa o Quiriguá, zonas de gran intercambio comercial y de agricultura. En muchas ocasiones, el ferrocarril cargaba mil 200 personas, algunos sin pagar un solo centavo, pues su economía no les permitía costear el pasaje. Apelaban a la gentileza de los responsables del tren. Así lo cuenta Roberto Tally, quien trabajó en el ferrocarril por 25 años y que ahora es guía en el Museo del Ferrocarril.

Relojes de péndulo, en lo alto del edificio de las estaciones, marcaban la hora. El tren empezaba a hacer un estruendoso ruido. Todo estaba listo. Adelante, la chimenea de la locomotora echaba un espeso humo negro.

Empezaba el ferrocarril a hacer el recorrido, por ejemplo a Puerto Barrios. La travesía era de 12 días cuando se hacía a pie, pero con esa novedad tecnológica, eran seis horas.

Los comerciantes, por lo regular, descansaban en los hoteles cercanos. Una habitación de lujo, en la década de 1940, costaba 60 centavos. Incluía una cama Luis XV de bronce, con una mesa de noche, encima de la cual se colocaba un pichel con agua y, al lado, una palangana para lavarse la cara o los dientes. En tanto, bajo la cama había una bacinica, pues no existían los actuales servicios sanitarios.

El ferrocarril, por la noche, quedaba en la estación. Se descargaba el azúcar, el café o lo que fuera necesario. Al día siguiente se ponía en marcha otra vez.

Declive

¿Por qué dejó de funcionar el ferrocarril? “Mucho se debió a la construcción de la carretera al Atlántico, impulsada por el presidente Jacobo Árbenz, en la década de 1950”, refiere el historiador Miguel Álvarez, cronista de la ciudad. De esa forma, se rompió el monopolio del transporte y precipitó la decadencia del “caballo de acero”.

El ferrocarril de Guatemala fue un sueño de modernidad decimonónica. Ahora todo está en el abandono. A un costado del Museo del Ferrocarril está Ferrovías, empresa que adquirió el tren, pero que mantiene un litigio con el Gobierno. Allí, las locomotoras y sus vagones están abandonados, oxidándose.

A lo largo de la línea, que llegó a tener hasta 800 kilómetros de trazado interoceánico, solo queda polvo y lodo. Es como si se repitiera la frase que escribió Penney hace más de un siglo, pues paralela a ella vuelve a existir la enfermedad y la miseria. Es una dura y muda verdad. Ahí, según un censo efectuado en el 2011, viven alrededor de 70 mil familias.

Su recuperación —si sucede— dependerá de su rentabilidad.

Hoy, los fuertes durmientes se pudren en la vía, mientras vándalos aprovechan para arrancar los clavos, los rieles y las placas para venderlos como chatarra.

El ferrocarril de Los Altos

El 30 de marzo de 1930 comenzó la historia del Ferrocarril Eléctrico Nacional de Los Altos. Hoy, después de haber dejado de funcionar por órdenes del gobierno de Jorge Ubico (1931-1944), el país solo tiene el recuerdo en una melodía en marimba del compositor Domingo Bethancourt Mazariegos y por los documentos que guarda el Museo del Ferrocarril de Quetzaltenango, en la antigua estación que lleva el nombre de Octavio Ciani.

Los periódicos El Tiempo y El Imparcial informaron en su momento que “el eléctrico” funcionó del 30 de marzo de 1930 al 19 septiembre de 1933, con ingeniería alemana.

Esto representó desarrollo económico y un imán para futuros acuerdos políticos en la región.

Allgemeine Elektricitäts-Gesellschaft fue la empresa que en septiembre de 1924 firmó contrato para construirlo, cuyo recorrido sería de 45 kilómetros, entre Quetzaltenango y San Felipe Retalhuleu, Retalhuleu.

En ese punto costero se uniría con la terminal del Irca.

En un documental filmado en 1930 se describen aspectos de la construcción de la hidroeléctrica de Santa María de Jesús. Las turbinas impulsadas por el río Samalá producirían seis megavatios de energía eléctrica para alimentar aquel transporte.

En la construcción de la línea férrea trabajaron cientos de pobladores de Quetzaltenango, Cantel, Santa María de Jesús y San Felipe Retalhuleu. A lo largo de la vía se abrió una brecha para el paso del ferrocarril y el túnel de Zunil, el cual tiene 250 metros de longitud.

El tranvía ascendía en su punto más alto a mil 723 metros, a una velocidad de 44 kilómetros. Había pasajes de primera, segunda y tercera clases. Los 14 vagones fueron comprados a la empresa belga Familleureux de La Louviére, y cada uno tenía motor independiente.

Según el Álvarez, el tren quedó inservible debido a las fuertes lluvias, las cuales destruyeron su infraestructura.

Integración

Hace poco, El Salvador anunció que planea renovar su sistema ferroviario, el cual data de 1890 y se encuentra en desuso desde hace 40 años, cuando las empresas ferroviarias dejaron el negocio por falta de rentabilidad.

Para eso, con la empresa española Tramrail firmó el convenio para iniciar un estudio de factibilidad, lo cual incluiría servicio de pasajeros y de carga. Las primeras pruebas se efectuarán entre Nejapa y Apopa, y de La Unión hasta la frontera con Honduras.

De concretarse, se construiría un total de 650 kilómetros de vías.

El proyecto se enmarca en la política de logística, transporte y puertos que impulsa el Gobierno de ese país, el cual pretende incrementar el comercio en la región centroamericana.

Actualidad

En Guatemala, cuando el Estado recupere los derechos sobre la vía férrea, se pretende licitar un proyecto de tren urbano de pasajeros. A este plan se le conoce como sistema de transporte ferroviario Tren-Tram.

Este consistiría en habilitar el primer tramo de Centra Norte, zona 17, a la Estación Central, y el segundo eje hacia el sur, a la colonia Justo Rufino Barrios zona 21, pero se busca ampliarlo hasta el municipio de Villa Canales, indica Miguel Ángel Samayoa, jefe del departamento de Ingeniería de Fegua.

Se calcula que por ese sector se concentra el 40 por ciento de la población que habita en las zonas densamente habitadas. Además, conectaría las terminales de viajeros del sur con el norte para darle una potencialidad y desarrollo al proyecto.

La operación supone la reforma integral de unos 25 kilómetros de línea férrea con nuevo trazado. La obra incluirá la reubicación de las familias que residen y que han construido sus casas sobre la línea.

“Cuando las acciones sean entregadas a Guatemala, se impulsará el proyecto a los inversionistas”, agrega Samayoa. Para ello, se solicitará la intervención de Invest In Guatemala, para que oferte el proyecto a escala internacional. La inversión calculada, según Fegua, va de US$65 millones a US$125 millones.

Pasado, presente y futuro

En 1968, la International Railways of Central America (Irca) ofreció el ferrocarril al Estado de Guatemala para cancelar una deuda. Así nació Ferrocarriles de Guatemala (Fegua), cuya gestión hundió el negocio, en la década de 1990. Tras dos años sin prestar servicio, Ferrovías, única empresa que se presentó a la licitación pública, resucitó el servicio de carga.  Hoy se espera la resolución definitiva el conflicto que mantienen el Gobierno y Ferrovías. Mientras, algunas empresas aguardan por una posible inversión para crear un canal seco entre el Pacífico y el Atlántico. El departamento de Ingeniería de Fegua, a la vez, avanza en la planificación de proyectos para abrir vías de comunicación para pasajeros en el área metropolitana.

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