Vida

Terapias que hacen grandes diferencias

Los seres humanos tienen la habilidad de desenvolverse en su entorno gracias a la capacidad del sistema nervioso central para interpretar y organizar las informaciones captadas por los diversos órganos sensoriales.

Por POR ÁXEL VICENTE

Andrea de Carranza, durante El Consultorio.
Andrea de Carranza, durante El Consultorio.

Sin embargo, algunas personas, por diferentes motivos, afrontan dificultades para analizar y emplear la información que recibe el cerebro, lo cual las limita para comunicarse de manera gestual o verbal; socializar, caminar, concentrarse o entrar en contacto con el ambiente en forma adecuada. Esto se debe a un desorden en el procesamiento sensorial.

Si piensa que su hijo es demasiado activo, tiene problemas de inserción escolar, no habla o se comunica a la edad que debiera, corre de un lado a otro sin una orientación específica, se irrita al escuchar ciertos ruidos o hace berrinche por la comida o por la ropa, considere que puede tratarse de un problema derivado de su capacidad sensorial, señaló ayer la psicóloga Andrea Orellana de Carranza, del Centro de Terapia Infantil (CTI), durante El Consultorio, que se transmite por www.prensalibre.com

“El cerebro tiene la capacidad de percibir toda la información a través de los sentidos: la organiza, interpreta y emite una respuesta adaptativa, pero cuando hay una inhabilidad de procesar esta información, se habla de un desorden de procesamiento sensorial”, explicó De Carranza.

La experta afirmó que el ser humano decodifica todo lo que se encuentra a su alrededor a través de sistemas como el vestibular —encargado del movimiento y del equilibrio—, el propioceptivo —incluye los músculos, la piel, articulaciones y el tono muscular—, el táctil —para percibir diferentes texturas y temperaturas—, el visual —para enfocar de cerca y de lejos—, el gusto y el olfato.

Cuando hay un problema en alguno de estos sistemas, el niño tiene menos posibilidades de conectarse con el mundo porque algo está fallando, y lo manifestará con diferentes signos como dificultad en el aprendizaje, problemas en sus habilidades motoras, incapacidad de autocontrolarse, enojos, irritaciones o explosiones emocionales, además de un déficit en la comunicación gestual y verbal, según la experta.

¿Qué hacer?

Aunque no hay una causa específica relacionada con los problemas en el procesamiento sensorial, expertos consideran que puede ser un problema genético o que la madre o el padre estuvieron expuestos a sustancias químicas al momento de la concepción. Sin embargo, con una terapias idónea el niño puede lograr un desarrollo adecuado de sus habilidades.

Resulta difícil saber si un niño tiene un trastorno de este tipo desde su nacimiento, pero después del año los padres pueden notar algunos signos de que algo no marcha bien.

Es posible que el niño no siga con la vista a su madre, que no sonría o que no llore cuando hay mucho calor o frío, por ejemplo. Ante estas conductas, los padres deben consultar a profesionales para descubrir el motivo de este comportamiento y establecer el tratamiento personalidado.

El primer paso es crear, mediante la observación y una hoja de cotejo, un perfil sobre las actitudes del pequeño, para saber en qué sistema sensorial se encuentra el trastorno. La evaluación debe hacerla un especialista en terapia ocupacional, ya que ellos podrán recomendar las actividades adecuadas para el tratamiento.

“Las terapias están basadas en el juego, es decir en actividades lúdicas en las que el terapista especializado determina cuándo hacerlas y por cuánto tiempo. El terapeuta debe convertirse en amigo del niño, para que este se divierta”, afirmó De Carranza. Los juegos pueden ir desde columpiarse, levantar objetos, deslizarlos por resbaladeros, saltar constantemente y jugar con pelotas especiales, entre otras.

Los padres también juegan un papel muy importante en la terapia, ya que son quienes deben estimular al pequeño en casa, con las actividades asignadas por los expertos. Incluso, al tratarse de juegos, los hermanos y primos se pueden integrar en estas, para que el paciente desarrolle sus habilidades.

EN EL SUELO

Cuando hay un problema en el sistema propioceptivo y vestibular, los terapeutas pueden recurrir a juegos como enrollar al niño en colchonetas y hacer presión sobre él, para que esté en contacto con texturas y movimientos. Posteriormente se realizan actividades de lenguaje, para mejorar sus conexiones sensoriales.

BALANCEO

Si se trata de mejorar el equilibrio o tratar a niños hiposensibles, se puede recurrir a actividades como columpiarlos, en las cuales el terapeuta entra en contacto visual con el pequeño y lo mece con diferente fuerza, mientras pregunta si quiere que los movimientos sean más fuertes o más leves.

CON PESO

Poner al pequeño a deslizar pelotas de diferente peso sobre un resbaladero le ayuda a mejorar sus destrezas de razonamiento, ya que el infante debe calcular cómo lanzar el objeto. Este juego mejora los sistemas táctil, visual, propioceptivo y auditivo.

DATO

3 sesiones de integración sensorial se recomiendan a la semana.

Evaluación

Hay diferentes signos en los niños que podrían determinar si padecen de un problema sensorial.

Presentan cuadros de hostilidad, son retraídos o explotan en llanto sin razones aparentes.

Se muestran demasiado ansiosos, mantienen posturas decaídas, corren de un lado a otro y no dejan de moverse.

Pueden golpearse constantemente con el suelo y las paredes y no sienten mucho dolor; no soportan los ruidos y olores y lo demuestran con enojos; no le sienten sabor a la comida.

En comparación con otros niños, tienen problemas para retener información y de aprendizaje, por ejemplo al escribir o leer.

Les molesta vestirse con cierta ropa, pues se sienten incómodos por la textura de esta.

No les gusta cortarse las uñas o el pelo y se enfurecen por ello.

Presentan dificultades en sus habilidades motoras y en el razonamiento lógico.

Son descoordinados al momento de practicar algún deporte, ya que se tropiezan o lo hacen de manera alocada. No les gusta trepar, saltar, colgarse ni columpiarse.

Llegan a determinada edad y aún tienen dificultad para hablar correctamente.