Jorge D’Incau y su cuento de terror sobre el personaje que pedía un alma en Antigua Guatemala

Jorge D’Incau recuerda que desde niño hubo personas que lo motivaron e inspiraron en la lectura y en escribir relatos, actualmente ha escrito 32 y afirma que su sueño es escribir un libro. A continuación, le contamos parte de su biografía y uno de sus escalofriantes relatos.

Guatemala se caracteriza por tener muchas historias de miedo y terror. (Ilustración Prensa Libre: Diego Sac)
Guatemala se caracteriza por tener muchas historias de miedo y terror. (Ilustración Prensa Libre: Diego Sac)

Este escritor de 28 años vive en la ciudad de Guatemala y afirmó que varios de sus relatos, los cuales publica en la red social Twitter, se los contó su abuela paterna y otros han sido inspirados en sus vivencias.

 

Jorge, además de escribir, es estudiante universitario y expresó que otra de sus metas es apoyar al pueblo de Guatemala.

Creció con su abuelita, quien era originaria de Antigua Guatemala, Sacatepéquez. “Crecí en medio de una familia que le gusta hablar de relatos y desde niño mi mamá me compraba libros de Héctor Gaitán -escritor guatemalteco-, quien también me inspiró”, resaltó Jorge.

Jorge D’Incau escribe uno de sus relatos. (Foto Prensa Libre: Cortesía).

Algunas historias de miedo que se cuentan en los alrededores de la iglesia de la Recolección, en la zona1 de la capital, también lo han inspirado a escribir.

“Me gustaría publicar algún día un libro de mis relatos”, destacó.

A continuación, le compartimos uno de los relatos de este joven escritor guatemalteco.

“Centro de espantos”

Su relato en Twitter comienza así: “Mi abuelita paterna nació y creció en Antigua Guatemala. Lugar al que bien se le podría llamar centro mundial de espantos y aparecidos. Vivió entre espectaculares ruinas y gigantescos volcanes y como a toda buena abuelita guatemalteca le encantaba hablar de esas leyendas…”.

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Continua: “El tema me encanta y desfrutaba mucho de sus historias, pero había una en especial que me helaba la sangre (por lo menos cuando era niño) al escuchar la seriedad y naturalidad con la que la relataba”. ¿Les cuento? Pregunta en Twitter, luego continúa.

Era común que en Antigua Guatemala se usaran caballos para varias tareas. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL).

Tinieblas en las calles

Jorge recordó que su abuela siempre le contaba que ella nació y creció en una Antigua muy diferente a la actual. Las tinieblas se apoderaban de las calles por la noche. Los pequeños faroles en la puerta de algunas casas no eran suficientes para iluminarlas, pero era seguro salir, no había delincuencia.

“Ella lo sabía bien, porque una vez al mes y de madrugada acompañaba a su papá y a un grupo de sus trabajadores a sacar arena de río. Salían de su casa a las 10 de la noche y llegaban al río casi a medianoche. Acompañados por los bueyes que jalaban las enormes carretas”, agrega Jorge.

Su abuela le decía que las carretas servían para acarrear la arena que sacaban del río, que por cierto quedaba a un lado de la carretera entre Antigua y Escuintla.

La arena la vendían en la ferretería de su bisabuelo para material de construcción. “No entiendo por qué la sacaban de noche”, dice Jorge. La abuela continúa y menciona lo impresionantes que se veían los volcanes, sobre todo las noches de luna llena.

Gran cantidad de estrellas se veían en las noches sin luna y sabían cuando podían entrar al río y cuando no, por las crecidas. También la abuela hablaba de las erupciones del Volcán de Fuego que parecía tan lejos y tan cerca por las noches y de las cosas extrañas que vio, “sobre todo esa que vio la última vez que acompañó a su papá al río, él murió unas semanas después.

Como todas las noches cuando iban al río, su mamá preparó panes con frijoles y una botella de café, los empacó y los metió al morralito que el bisabuelo llevaba colgado en el hombro. Mi abuelita se subió como siempre al lado de su papá y partieron.

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Fue en noviembre, había luna, pero el viento soplaba fuerte y enormes nubes la tapaban por largos momentos en los que apenas lograban ver el camino. Ellos iban al último de la larga fila de seis carretas, las ruedas y las patas de los bueyes era lo único que se escuchaba.

La Antigua Guatemala guarda varias leyendas y relato sobre espantos. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL).

¿Quién era el misterioso personaje?

Al llegar a la parte despoblada la noche se hizo más oscura. Las nubes cubrieron el cielo por completo y su papá le dijo “mire mija, allá adelante se va a subir un hombre a la carreta, usted lo único que va a hacer es taparse los oídos y ver para adelante, yo le aviso cuando pueda destapárselos y no vaya a voltear a ver, pero me hace caso ¿Oyó?”.

Mi abuelita no sabía qué hacer, pero confiaba en su papá, así que no tuvo miedo. Las carretas avanzaron un poco más y de pronto se detuvieron.

Las “bestias” como ellos llamaban a los bueyes se encabritaron. El bisabuelo tuvo que luchar para mantenerlos quietos y que no se llevaran la carreta porque querían salir huyendo. Adelante de la fila de carretas la luz de un farol apareció.

No se le veía la cara

Mi abuelita vio cómo esa tenue luz iluminaba la capucha de un hombre altísimo, no se le veía la cara, solo la capucha sobre la cabeza y avanzaba poco a poco entre las carretas. Mientras lo hacía parecía que el mundo se había detenido.

No soplaba más el viento, la luz de la luna no escapa por las nubes, todo estaba completamente oscuro y el frío calaba los huesos. Decía mi abuelita que recordaba ese momento con total claridad, la luz moviéndose entre la oscuridad, el frío de la noche sobre ellos y el silencio.

Como un sueño

Fue como estar en un sueño, estaba paralizada, se sentía como volando hasta que su papá le tocó el brazo y le dijo “no lo vaya a escuchar, ni lo voltee a ver. Y no se preocupe yo la estoy cuidando”.

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Continúa Jorge y recuerda que su abuelita le relató que se tapó los oídos con sus pequeñas manos, pero aún logró escuchar las botas que llegaron pesadamente hasta la carretas. Cerró los ojos y escuchó a su papá que dijo “atrás sentate y me decís qué querés ahora”.

Sonido de las botas

El sonido de las botas se dirigía ahora a la parte trasera de la carreta y el peso del hombre al sentarse sobre esta hizo que incluso los bueyes retrocedieran unos pasos. “Mi abuelita apretó sus manos contra sus oídos, sabía que no tenía que escucharlo”, dice Jorge según lo relatado por su pariente.

Pero fue imposible, lo escuchó con claridad y mientras más fuerte se tapaba los oídos más lo escuchaba y cuando nos contaba a nosotros lo que escuchó esa noche su mirada cambiaba.

Pedía un alma

“Escucharlo hablar era como escuchar a mil personas gritar de dolor”, dijo la abuela, quien añadió que no podía evitar llorar mientras lo escuchaba. Aquel hombre pedía el pago de una deuda, no una deuda cualquiera, exigía el alma de alguien, de alguien en específico.

La deuda no era de mi bisabuelo. Era de su papá, había prometido el alma de alguien a cambio de algo que mi abuelita nunca averiguó. Mi bisabuelo intentaba negociar “yo no te debo nada” repetía.

Los bueyes estaban cada vez más nerviosos, mi abuelita lloraba y seguía escuchando al hombre pedir el alma de Juan. Mi abuelita no sabía quién era Juan ni por qué se la pedía a su papá, parecía que aquello nunca iba a terminar y de pronto desapareció el peso de la carreta.

Es común que en varias ciudades de Guatemala se cuenten historias sobre fantasmas. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL).

El aire comenzó a soplar de nuevo y la luna salió de entre las nubes. El resto de los trabajadores se acercó a la carreta, uno de ellos le dio un trago de algo al bisabuelo “para el susto”.

Había que seguir el recorrido, tenían un pedido que cubrir y estaban a más de medio camino. Llegaron, llenaron de arena la carreta y esperaron a que amaneciera. El día amaneció despejado y lindo como todos los días de noviembre, mi abuelita durmió casi toda la noche del puro susto.

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Escuchaba voces

Cuando despertaba escuchaba en su mente la voz de aquel hombre. “Era como escuchar a mil personas gritando de dolor”, repetía la abuela cada vez que lo contaba.

Nunca volvió a ese río, su papá murió unas semanas después de aquella noche y ella se mudó a la capital cuando nació mi padre, recordó Jorge.

“Ella -su abuelita- vio a la llorona, al cadejo y tuvo un episodio bien turbio con el Sombrerón. Pero nunca (decía muy seriamente) iba a olvidar a esa cosa que se les apareció esa noche, allá en el camino entre Antigua y Escuintla”.

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