¿Por qué nos resistimos a aceptar el fracaso económico y a reconocer que llegó el momento de evitar más pérdidas?

Saliste para comprar leche en la tienda. A mitad de camino te acuerdas de que los domingos en la tarde está cerrada.

¿Sabes cuándo tienes que pasar la página? (GETTY IMAGES)
¿Sabes cuándo tienes que pasar la página? (GETTY IMAGES)

No se te ocurre que cerca haya otro lugar abierto. Pero ya pasaste 10 minutos caminando, así que, ¿por qué no terminar el recorrido?
 
A menos que realmente necesitaras estirar las piernas, es una manera de pensar un poco tonta. Sin embargo, es un patrón mental ilógico que se utiliza con frecuencia en la toma de decisiones. Y en muchas ocasiones, los riesgos que se corren son más altos.
 
Los economistas lo llaman “costo hundido”. Pero el concepto se encuentra en cualquier ámbito.
 
Todos lo hacemos. ¿Alguna vez fuiste al cine y te quedaste hasta el final aunque a los 10 minutos te diste cuenta de que la película no te iba a gustar?
 
Es la misma lógica que al pensar: “¿cómo voy a deshacerme de mi carro viejo si he invertido tanto dinero en él? Lo que debería hacer es cambiarle la caja de velocidades”.

Instinto animal

La conexión que existe entre los ejemplos anteriores es el fenómeno de seguir invirtiendo recursos (tiempo o dinero) después de que las cosas han salido mal, esperando que mejoren pese a que no hay razones para pensar que eso pasará.
 
Muchas personas son reacias a disminuir sus pérdidas. Es mucho más probable que se resistan antes de que decidan aceptar el golpe y pasar página. Las motivaciones son el optimismo y la aversión al fracaso.
 
Incluso los animales tienen una actitud similar.
 
Un estudio reciente de la Universidad de Minnesota, en Estados Unidos, descubrió que los ratones y las ratas tenían las mismas probabilidades de actuar como los humanos cuando los experimentos en los que participaban estaban relacionados con retrasos y recompensas.
 
En cada caso, mientas más tiempo pasaban esperando conseguir su “premio” (comida), eran más reticentes a abandonar su búsqueda.
 
Según algunos investigadores, este patrón podría sugerir que hay una razón evolutiva que explica esta actuación irracional.

Riesgos elevados

En el ambiente laboral, las consecuencias de insistir en recuperar costos pueden ser catastróficas.
 
Para empresas pequeñas puede ser la postergación de despedir a un empleado a quien se ha entrenado durante meses pese a que, desde el principio, estaba claro que no tenía las habilidades para desempañar el rol.
 
Es el mismo espíritu que hace que la gente realice cuantiosas inversiones ilógicamente. Pensar solo en la posibilidad de ganancias futuras quiere decir que no evalúan los recursos que ya han invertido y que no pueden recuperar.
 
Es fácil entender por qué.
 
Después de que invertiste US$13 millones en un proyecto que no ha funcionado, se puede justificar invertir US$5 millones más si sólo consideras las ganancias que generarán US$5 millones, no las que se habrían obtenido con US$18 millones.
 
En realidad, tampoco quieres quedar mal aceptando que el proyecto fracasó.
 
En su libro Thinking, Fast and Slow, el premio Nobel Daniel Kahneman refiere que esta manera de lidiar con ciertas situaciones explica por qué las compañías recurren a nuevos gerentes y contratan a asesores en la etapa en la que el proyecto está a punto de colapsar.
 
No cree que esto ocurra porque consideren que son más competentes que quienes estaban a cargo en un principio, sino porque los nuevos no arrastran la carga de los anteriores ni la reticencia a evitar más pérdidas y seguir adelante.
 
Como un apostador en una partida de póker, la gente se queda atrapada pretendiendo que tiene una mano ganadora.
 
El operador financiero Nick Leeson, quien ocasionó la caída del Banco Barings en 1995, utilizó un razonamiento similar tratando de recuperarse de una serie de transacciones desastrosas.

Elemento político

La toma de decisiones impulsada por el análisis del “costo hundido” lleva a que, eventualmente, las compañías inviertan elevadas sumas de dinero y hagan transacciones con las acciones de una empresa. Como consecuencia, llega un punto en el que no pueden seguir operando.
 
Por el contrario, hay menos fiscalización en torno a decisiones políticas. Tampoco ayuda que exista la percepción de que cambiar el rumbo en un proyecto sea un signo de debilidad, lo que hace que los políticos insistan en seguir adelante con decisiones equivocadas.
 
Hay muchos ejemplos de estos casos. Por ejemplo, las obras de infraestructura pública suelen excederse en el presupuesto calculado originalmente.
 
Es lo que ha ocurrido en el Reino Unido con el proyecto “High Speed Rail 2” que, hasta el momento, ha costado US$65.000 millones más de lo previsto. Y se estima que siga aumentando.
 
Japón también suele invertir en infraestructuras caras. Es una de las razones por las cuales el país tiene el nivel más elevado de deuda nacional en el mundo.
 
Muchos de estos proyectos ofrecen muy pocos estímulos fiscales, además, hay muchos “puentes que no conducen a ninguna parte”, en el sentido literal y metafórico.
 
La “guerra contra las drogas” en Estados Unidos aumentó el número de detenidos por narcotráfico, lo que dio origen a la mayor infraestructura de prisiones en el mundo.
 
Sin embargo, y aunque la evidencia apunta a que enfocarse en la distribución no ha ayudado a controlar el consumo de drogas, para los legisladores sería muy difícil desmantelar ese sistema.

Opciones

El “costo hundido” explica la mala inversión de millones y billones, pero también tiene un efecto en las finanzas personales. Hay quienes recurren a sus ahorros, por ejemplo, para reparar una propiedad que no adquiere valor.
 
El concepto tiene un gran impacto a nivel micro y macroeconómico, tanto para el individuo como para la toma de decisiones que afectan a muchos en distintas partes del mundo.
 
Estar consciente acerca de este razonamiento ilógico puede ayudarnos a evitar caer en la trampa, y también a lograr que líderes políticos y quienes toman decisiones económicas importantes, asuman su responsabilidad cuando lo hagan.
 
Entonces, ¿cómo controlar esta situación?
 
“Todos somos susceptibles a predisposiciones, pero podemos neutralizarlas hasta cierto punto si tomamos distancia y pensamos en las alternativas”, afirma Jim Everett, psicólogo social de la Universidad de Leiden, en Holanda.
 
Cuando se analice si se debe insistir en alguna acción en particular, Everett recomienda preguntarse: “¿Qué ganaría o perdería si sigo adelante? ¿Qué ganaría o perdería si hago algo diferente?”
 
En caso de dudas, sugiere evaluar las decisiones que se tomaron para llegar a ese punto y considerar qué es verdad y qué no lo es.
 
“Si tengo las mismas opciones en el futuro, ¿tomaría la misma decisión? Y si la respuesta es no, ¿por qué?”
 
Es una idea simple, pero con ramificaciones generales.
 
Finalmente, se trata de una de las primeras lecciones en las apuestas. Un buen jugador de póker sabe cuándo retirarse del juego.
 
(*) Gerente editorial del Instituto de Asuntos Económicos, un think tank británico.