Sobre montañas y lodo: la emotiva acción de la parroquia Santiago de Esquipulas de llevar víveres a personas afectadas por la crisis del coronavirus

Los nombres de las comunidades suenan distantes pero son sitios de dificultades cotidianas. Son aldeas enclavadas en las montañas circundantes al casco urbano de Esquipulas.

Entrega de víveres en comunidades remotas por parte de la pastoral de la parroquia Santiago Esquipulas. (Foto Prensa Libre: Cortesía)
Entrega de víveres en comunidades remotas por parte de la pastoral de la parroquia Santiago Esquipulas. (Foto Prensa Libre: Cortesía)

Muchos de sus pobladores vivían de la actividad económica generada por el turismo en el pueblo, pero desde la suspensión de actividades y el cierre de la Basílica, a causa del covid-19, se han quedado con pocos o ningún ingreso.

Tontoles, El Mirador, Valle Dolores, Belén, Chiramay, Curruche, Cruz Alta, Montesinas, Tizaquín, Ciracil, La Ruda, El Zapote, Valle de Jesús, Chanmagua, El Barrial, Toreras, El Portezuelo, Guayabito, Chaguitón, La Cuestona, El Limón, San Nicolás y la lista sigue.

Abundan las familias de escasos recursos. Algunas viven de la agricultura, pero otras dependían del trabajo como pilotos, cargadores, vendedores, tenderos o en puestos en el mercado de dulces y artesanías.

La Pastoral Social de la Parroquia Santiago Esquipulas ha entregado cientos de bolsas de víveres a las familias más necesitadas. Lo hacen en silencio, sin mayor publicidad, pues el objetivo no es anunciarlo. Sin embargo, cualquier apoyo se agradece y a veces vienen de formas inimaginables.

“Bolsas hemos repartido dos mil 532. Se supone que una cada familia, aunque algunas veces ya les hemos dado dos veces a algunas porque es necesario”, explica Hugo López, sacerdote benedictino que no puede evitar sentirse conmovido cuando ve llorar de alegría a quienes le cuentan que ya no tenían nada que comer.

Cada bolsa contiene cuatro libras de maseca, dos de frijol, una de arroz, una de incaparina, una de sal, dos de azúcar, una botella de aceite y seis sopas instantáneas.

“Nos ha tocado llegar bajo el agua, con lodo, por malos caminos. A veces terminamos a las 9 de la noche de repartir porque fuimos de casa en casa. A veces hemos salido durante el toque de queda, gracias a los permisos de la Municipalidad. Hemos visto mucho dolor y angustia, desesperación. Un día fuimos a una comunidad y atendimos a una señora que a los pocos días se quitó la vida, posiblemente por deudas. Hemos atendido creyentes y no creyentes porque el hambre no distingue, y la caridad tampoco”, explica el religioso.

(Foto Prensa Libre: Cortesía)

La confianza en la Providencia Divina es lo que sostiene esta obra. “No tenemos nada, solo confiamos en la Divina Providencia. Los canastos están llenos; seguimos repartiendo lo que Dios nos da”, expresa López, quien hace varios meses viajó a la capital para dar los últimos sacramentos a una señora, que días después falleció. Pasados varios meses, cuando no tenía cómo sufragar la ayuda, le llegó una donación que la fallecida dejó estipulada como última voluntad.

El equipo de la pastoral toma las debidas precauciones en el contexto de la pandemia, pero advierte de que el miedo nunca es pretexto para no ayudar. “No queremos quedarnos paralizados por el miedo, sin hacer nada”.

Para llegar a las comunidades se requieren vehículos todoterreno, pero tras el duro viaje siempre les sorprende la inocencia de los niños y la alegría de la gente.

(Foto Prensa Libre: Cortesía)

Les llevan algunos medicamentos básicos como analgésicos, antihistamínicos y sueros vitaminados. En todo caso, a muchos pobladores les afecta más la diabetes y la hipertensión, y a los pequeños, la desnutrición. Sin embargo, el principal motivo de alegría para los niños no fueron los víveres, sino las galletas de chocolate y jugos de frutas que se repartieron.

“La necesidad es tanta que una golosina les da una alegría inmensa”, refiere López.

Si usted desea colaborar con Bolsas de la Providencia de Dios, puede llamar al 4022 1991 o escribir al correo: 

phdlopez@gmail.com