El Darién, la primera frontera hacia EE. UU.

Un espeso bosque en Panamá es el primer desafío de los cientos de migrantes que desde Sudamérica inician su travesía en busca del sueño americano.

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Un grupo de haitianos comienza a internarse en la selva del Darién, Panamá. Miles esperan en la frontera entre ese país y Colombia a que se les permita el paso. (Foto Prensa Libre: EFE)
Un grupo de haitianos comienza a internarse en la selva del Darién, Panamá. Miles esperan en la frontera entre ese país y Colombia a que se les permita el paso. (Foto Prensa Libre: EFE)

La crisis migratoria vigente ha acaparado la atención de la opinión pública y ha sido motivo de distintas reacciones sobre los riesgos a los que se enfrentan miles de migrantes que provienen de distintas partes del mundo y cuyo destino son los Estados Unidos, una travesía que primero converge en el istmo centroamericano.

Antes de pensar en llegar a la unión americana, las personas provenientes del Lejano Oriente, África, el Caribe y Suramérica deben pasar una gran barrera natural de decenas de kilómetros que puede ser tan paradisíaca como mortal: la Selva del Darién, en la República de Panamá.

No existe carretera ni camino que atraviese este segmento que actúa como frontera entre Panamá y Colombia, pero debido a la masiva movilidad humana de los últimos años, han sido los migrantes quienes han trazado, por medio de objetos en los árboles y señales en rocas, un camino improvisado para continuar ese rumbo por Centroamérica hasta llegar a México y Estados Unidos.

La región del Darién es considerada una de las selvas más inhóspitas e impenetrables de Latinoamérica, y a pesar de esa fama, centenares de migrantes provenientes de distintas partes del mundo la atraviesan a diario en su intento por alcanzar mejores condiciones de vida en Estados Unidos.

Muchos de los que han hecho esa travesía cuentan que este tramo es precisamente el que más resistencia demanda, aunque el largo camino que les avecina por Centroamérica y el sur de México es igual de exigente.

En la ciudad de David, cabecera de la provincia de Chiriquí, Panamá, se da el mismo fenómeno que en Tapachula, Chiapas, México.

En ambas ciudades se observa gran cantidad de migrantes en condición de calle, pues toman un descanso de días o semanas en estas localidades, mientras aprovechan para recolectar dinero, víveres o ropa, mediante donaciones, para continuar con su camino hacia el norte.

La primera frontera

José, migrante venezolano, relata su experiencia al cruzar esa impenetrable selva, además de los desafíos y riesgos que para él significó ese viaje que lo marcará para siempre. Este migrante partió de la comunidad colombiana de Necoclí, y su destino más próximo era llegar a territorio panameño.

“Cuando yo estuve en Necoclí —viernes— nos habían dicho que los boletos los iban a vender un día lunes, para salir día martes, miércoles y jueves, o sea tres días a la semana. Iban a ser por número, porque había muchas personas”, recuerda.

José refiere que antes de iniciar su travesía observó la llegada de un primer grupo de cien personas, entre las cuales predominaban haitianos, cubanos, venezolanos y colombianos, así como personas provenientes del continente africano.

“Le cobraban a cada uno como US$50 por poderlos pasar. Ellos lo pasan como por dos o tres días en camino, los dejan en cierto lugar y ahí ellos les indican qué deben hacer para poder pasar a Panamá, a las aldeas indígenas”, prosigue.

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“Se veían filas de tantas personas pasando por ese lugar; jóvenes, mujeres con niños, personas mayores. Ese era el primer día”, destaca.

Agrega que durante el trayecto cruzaron tres montañas, la segunda de ellas marca el límite fronterizo entre Colombia y Panamá; la tercera, de más altitud, tarda unas cuatro horas en ser escalada, para luego terminar atravesando un río que guía hacia una comunidad indígena, ya en territorio panameño.

En esta comunidad los indígenas ayudan a las personas a llegar hasta el campamento en la región del Darién. “Las marcas de ropa, de tela, colores, cosas que dejaban las personas, esos eran los caminos, la guía que debíamos seguir”, indica.

“La segunda noche es para dormir. Acampamos en cierto lugar, como una montañita. Ahí ya no estábamos completos los 200.

Éramos menos, como 20 o 30, porque los que se van dividiendo, unos caminan más rápido, otros caminan más lento. Entonces, llegamos hasta ese lugar y ahí descansamos…”, detalla.

La travesía de este migrante por el Tapón del Darién duró unos cuatro días desde su salida de Necoclí hasta su llegada al primer campamento migrante del lado panameño, en la comunidad darienita de Bajo Chiquito. Al día siguiente, el grupo con que viajaba el entrevistado fue víctima de robo, en medio de la densa selva.

“Todos seguimos, se juntaron más personas, nos hicimos como un grupo de 60. En cierto lugar nos salieron ladrones. Eran como seis o siete y todos estaban encapuchados. Empezaron a disparar, y de la tensión, los nervios, el temor, nos empezaron a arrodillar a todos los que íbamos, a poner el bolso en un lugar, a sentarnos en otro lugar, y a cada uno nos tenían apuntados, unos con escopetas y algunos con armas cortas”, recuerda.

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José asegura haber sido víctima de dos emboscadas en su travesía por el Tapón del Darién y en ambas salió ileso.

Además recuerda con detalle la gran cantidad de migrantes que abandonaron la travesía a lo largo del recorrido. Unos desertaban y regresaban a territorio colombiano, otros se quedaban en el camino, y a otros simplemente los arrastraba la corriente de un río o eran presa de un animal salvaje, por lo que perdían la vida de forma instantánea.

“Nosotros llegamos el sábado a las 8 de la noche. Salimos miércoles, a las 6 de la mañana. La verdad, no había uno que dijera ‘yo vengo bien’. El que no llegaba enfermo llegaba con los pies partidos, hinchados; todos llegaban mal, maltratados, casi moribundos, pero alegres porque había llegado”, manifiesta con una sonrisa.

*Nota con información y textos en colaboración con el periodista panameño Sander Hernández