“Lo que ocurrió aquí fue un desastre, una tragedia”: guatemaltecos en Misisipi están sin empleo con sus seres queridos en prisión y muchas cuentas que pagar

Connacionales en varias ciudades de Misisipi claman por un consulado que les facilite los documentos para enfrentar sus procesos en cortes de Inmigración y garantizarse de que no serán separados de sus hijos.

Una madre guatemalteca acude a la parroquia Santa  Ana en Carthage para pedir ayuda legal. Esa parroquia recibe a diario a decenas de guatemaltecos afectados tras las redadas del 7 de agosto. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)
Una madre guatemalteca acude a la parroquia Santa Ana en Carthage para pedir ayuda legal. Esa parroquia recibe a diario a decenas de guatemaltecos afectados tras las redadas del 7 de agosto. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Doce días habían transcurrido desde que el gobierno de Jimmy Morales firmó un acuerdo con EE. UU. para recibir a hondureños y salvadoreños solicitantes de asilo, y así aliviar la crisis en la frontera sur de aquel país, cuando ocurrió la redada más grande en la historia de Misisipi, en la que cerca de 400 migrantes guatemaltecos fueron detenidos y muchos de ellos aún esperan con angustia su deportación.

No en balde tanto los migrantes, como líderes religiosos y activistas humanitarios califican ese evento como una “tragedia” y un “desastre” para las familias hispanas, la mayoría guatemaltecas, aunque también hay mexicanas y hondureñas.

Al llegar a estas ciudades es imposible no conmoverse al escuchar los relatos de los connacionales quienes se preguntan qué pasará con sus seres queridos que están en prisión, muchos de los cuales ya tenían 10, 15 y hasta 20 años o más de vivir en EE. UU.

En algunas familias detuvieron al padre, en otras a la mamá, y los casos más dramáticos son aquellos en los que detuvieron a ambos, los cuales no son pocos, según los propios guatemaltecos.

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“¿Cuándo volverá mamá?”

Con su hijo de 4 años en brazos que lleva puesta una playera de Xelajú, M. C., a Elver T. se le quiebra la voz cuando cuenta que sus niños están muy dolidos con la partida de su madre y los más pequeños le preguntan a cada momento cuándo regresará.

Elver, quien lleva 20 años de vivir en EE. UU., es de Comitancillo, San Marcos, como muchos en Carthage, la ciudad donde reside. Cuenta que sus dos hijos pequeños aún son amamantados y que el mayor, de 10 años, aún no supera el trauma de que se llevaran a su mamá en “el día más triste de nuestras vidas”.

“Ellos están muy afectados porque necesitan a su mamá. Siempre me preguntan cuándo va a venir, los más pequeños me dicen ‘vamos a traerla papá’, porque siempre lo hacíamos en las tardes, y es muy difícil responderles simplemente que ya no está”, dice este migrante de 41 años, quien se salvó de ser detenido porque el día de la redada tenía el turno de noche.

Pero a Elver también le quita el sueño su hijo de 10 años que el día de la redada estaba en la escuela y cuando lo fue a traer y le dio la mala noticia se desmayó en medio de gritos e histeria.

“Él antes me había dicho, ‘papá el día que se lleven a alguno de ustedes yo me voy a matar’, porque así no podría vivir, era tanto su miedo que lo tuve que llevar con el psicólogo”, comenta Elver.

Una familia de guatemalrtecos cuyo padre fue detenido y sigue en prisión. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Las ciudades de Carthage, Morton, Canton y Forest, cuatro de las ciudades afectadas por las redadas, desde años se han poblado poco a poco de muchos guatemaltecos de San Marcos y Huehuetenango, atraídos, no solo por la prosperidad económica que representó la industria del pollo, sino también por su tranquilidad para vivir.

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Unidas por amplias carreteras regularmente transitadas (por no decir poco utilizadas), estas áreas semejan al occidente guatemalteco, por lo menos por sus bosques de pino y más en otoño e invierno en las que las temperaturas descienden hasta los 0 grados centígrados, aunque raras veces nieva.

Sus hijos están solos

El caso de Lucrecia es más dramático todavía. Es mamá soltera y el día de las redadas fue detenida.

Sus tres hijos, de 11, 7 y 3 años, están con un vecino que los cuida, pero todos los días preguntan por su mamá, el pequeño todavía era amamantado. Para sumar más drama a su caso, Lucrecia tuvo su primera audiencia el miércoles de la semana pasada en la Corte Federal de Jackson, en Misisipi, pero un juez no le concedió la libertad bajo fianza que solicitó su abogado, a pesar de que para conseguir la medida el hijo mayor testificó.

“Cuando tienes niños y están tan pequeños, ¿cómo les puedes explicar que ella está detenida y cuánto tiempo va a estar así? Esto impacta tremendamente a los niños todos los días”, explicó Dalila Reynosa, activista de la organización Justicia Para Nuestros Vecinos, que se dio a la tarea de apoyar legalmente a los migrantes afectados.

Otro caso. Lisa T. tiene tres hijos. Su esposo, que tiene 18 años de estar en EE. UU., está preso porque fue detenido en un retén de la policía local que de una vez remitió su caso a ICE (Inmigración y Control de Aduanas, en inglés).

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Es de San Lorenzo, San Marcos, y asegura que previo a que se llevaran a su esposo y antes de las redadas “todo estaba muy bien” en Morton, otra ciudad habitada por muchos guatemaltecos.

Con cierta tranquilidad dice que “menos mal” que el día de las redadas ella tenía turno de noche porque si se la hubieran llevado, sus hijas, de 13, 6, y 3 años, estarían solas y desamparadas.

La iglesia de Santa Ana en Carthage, Misisipi, se ha convertido en un refugio para los migrantes guatemaltecos. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

“Ahora no salgo, tengo mucho miedo de dejar a mis hijas sin papá ni mamá como le pasó a muchos aquí. Pienso buscar trabajo, pero tengo que saber primero qué va a pasar con mi esposo y cuando digan que él va a salir entonces veremos, si no trataremos de irnos a Guatemala si no conseguimos trabajo acá o nos moveremos a otro lado (estado)”, asegura con resignación, algo que no será sencillo, puesto que las tres niñas han vivido toda su vida en Misisipi.

Cuentas qué pagar

Para las familias las penas no se limitan a la incertidumbre de qué pasará con sus seres queridos detenidos durante las redadas. Los días siguen y al final del mes las facturas para el pago de la renta, energía eléctrica y el resto de los servicios seguirán llegando y en muchas familias en donde el padre de familia fue detenido, la madre tuvo que dejar de trabajar para cuidar a los niños, con lo cual no hay cómo sostener el hogar.

Aquellos que por alguna razón no fueron capturados ese día (porque estaban en el turno de noche o simplemente no llegaron ese 7 de agosto) los despidieron de las compañías “polleras”, como les llaman en esas ciudades, por no tener problemas, y a otros que aún laboran en ellas ya les advirtieron de que a fin de año se quedarán sin trabajo.

Lidia, por ejemplo, dice que aunque tiene planes de buscar empleo sabe que desde el  7 de agosto pasado las empresas no contratarán más a personas que no tengan un permiso legal para trabajar.

Mucho menos si fueron detenidos por ICE y luego liberados con grillete. Freddy López es uno de ellos.

Adán Jiguan y su familia frente a su vivienda en Canton, Misisipi. Los guatemaltecos que se libraron de ser detenidos ahora temen de salir de sus casas. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Con cinco hijos que mantener, todos estadounidenses, este migrante guatemalteco de Carthage dice que “estaba todo listo” para celebrarle su fiesta de 15 años a la mayor, que cumplirá esa edad el próximo 12 de septiembre. De la noche a la mañana su sueño se convirtió en pesadilla.

Siempre ha sido un luchador y desde hace 22 años que viajó desde Comitancillo trabajó en muchos oficios y de esa forma llegó a una de las polleras de Misisipi donde fue detenido. Aunque por razones humanitarias fue dejado en libertad con un grillete en uno de sus tobillos sabe que será muy difícil encontrar un empleo.

“Ahorita estamos sin empleo y muchas personas con grilletes en los pies no podemos trabajar ni llevar alimentos a la casa y no podremos pagar las cuentas y las rentas”, lamentó López, quien indica que la vida cambió para la comunidad guatemalteca en esa ciudad de Misisipi, puesto que ahora andan con miedo, tristeza e intranquilidad.

Preocupan las deudas y los hijos, y a aquellos que no tenían ni un año de haber llegado también el pago para el coyote que los llevó hasta EE. UU.

Fue una tragedia

El sacerdote Roberto Mena, párroco de la iglesia San Miguel, de Forest, considera que lo ocurrido el pasado 7 de agosto fue “una tragedia” que ha causado mucho sufrimiento en las familias guatemaltecas.

Waldemar, es un migrante guatemalteco que se ha movilizado para ayudar a los connacionales que más lo necesitan. Dice que muchos se quedaron sin el sostén del hogar y con muchas deudas por pagar. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Asegura que lo que más preocupa es la inestabilidad de las personas ya que muchos que se libraron de ser detenidos y ahora están desempleados se han comenzado a ir a otros estados como Alabama, Florida y Georgia; además, “los niños están sufriendo enfermedades nerviosas, traumas, falta de concentración en la escuela, ansiedad y depresión”.

También el hecho de que las familias no encuentran cómo pagar sus deudas, ya que, aunque grupos humanitarios y las iglesias se han organizado para apoyarlos, Mena reconoce que la ayuda no puede ser “para siempre”, de hecho, dio a conocer que para se gasta un promedio de US$2 mil semanales en cada familia para ayudarles a mantener sus hogares.

A eso se suma que las personas no pueden buscar trabajo en ciudades distantes puesto que, sin permiso para conducir, se arriesgan a ser arrestados por la policía local y ser enviados a ICE, además, a aquellos que liberaron y tienen grillete en uno de sus pies no pueden salir de Misisipi.

Urgen de un consulado

Ahora más que nunca, los guatemaltecos en ese estado necesitan contar con sus documentos de identificación en orden por dos asuntos puntuales: por sus citaciones en las cortes de Inmigración, y para que los padres puedan inscribir a sus hijos como guatemaltecos y así garantizarse de que, si son deportados, EE. UU. también envíe a los menores, de los contrario podrían quedarse dentro del sistema legal estadounidense y en el peor de los casos se perderían y podrían ser dados en adopción.

El sacerdote guatemalteco Roberto Mena, párroco de la iglesia San Miguel, en Forest, Misisipi, otra de las ciudades fuertemente golpeadas por las redadas de migrantes. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

El clamor por un consulado móvil es unánime dentro de la comunidad de guatemaltecos en esas ciudades de Misisipi, el sacerdote Mena pidió que este no cobre por los trámites puesto que las familias no tienen dinero; además los migrantes, dicen que les es imposible viajar a Miami, la jurisdicción que debe atenderlos, puesto que el miedo de circular en carreteras es enorme y tendrían que gastar entre US$500 y US$600 en un viaje, dinero que hoy en día no tienen.

Al respecto, Marta Larra, portavoz de la Cancillería guatemalteca, respondió que un consulado móvil llegará a Forest el próximo 7 de septiembre —un mes después de las redadas— y aunque dijo que no cobrarán por los trámites civiles no se puede hacer lo mismo con el trámite de pasaporte y la tarjeta consular porque “son tasas del estado”.

Los guatemaltecos se quejan de la tardanza para la extensión de los documentos, por ejemplo, de hasta un año para obtener un pasaporte; no obstante, Larra aseguró que por tratarse las redadas de un evento extraordinario “se solicitará a la Dirección General de Migración y al Registro Nacional de las Personas que agilicen los trámites”.

Corte federal de Jackson, Misisipi, a donde serán llevados una buena cantidad de migrantes que enfrentan proceso legal por uso de documentos falsos. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Expuso que “nada más” que con la certificación de nacimiento de ambos padres se puede tramitar la inscripción como guatemaltecos sus hijos nacidos en EE. UU., esto con el objetivo de que tengan doble nacionalidad y los puedan reclamar en caso de que un juez los sentencie a su deportación.

Por el momento, los guatemaltecos en Misisipi tendrán que esperar algunos días en lo que llega el consulado móvil. Ellos reconocen que entraron, residían y trabajaron sin permiso en EE. UU., pero todos coinciden en que no tenían alternativa, en que su aspiración fue la misma de cualquiera vivir, trabajar, ser feliz…

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Eduardo Ros Hace 7 meses

¡Lejos bien, pero en casa mejor!